Obra de @moya.cuba y @cabra_mirando_al_sudeste
Teoría

M a l e s t a r s o c i a l

“Algo sobre el silencio me enferma, porque el silencio puede ser violento, como una autoflagelación en las muñecas (…). Algunos hablan los sonidos, pero lo hacen en voz baja. Como la radio es silenciosa y llena el aire de ruidos, sus transmisiones traen sumisión, así te moldeas a lo irreal, y el chico enojado toma el micrófono con un puño lleno de acero”.

Ratm, Fistful of steel

“No es síntoma de buena salud estar adaptado a una sociedad profundamente enferma”

J. Krishnamurti

Por: Rolando Jaime Malhue
Uno de los grandes problemas que acarrea nuestras sociedades actuales, ha sido el creciente sentimiento de malestar que las acompaña. Casi desde el mismo momento en que surge la modernidad, emerge la sociología como ciencia para estudiar precisamente el gran descontento de las masas, expresado en el gran revuelo e incertidumbre que significaron los procesos revolucionarios en Francia. Pensadores positivistas, como Auguste Comte y Saint-Simon, proponen contrarrestar el malestar mediante la creación de un sistema social orgánico y armónico, en el cual trabajador y empresario se dan la mano, colaborando juntos para lograr el preciado “estado de civilización”.
En tales sociedades, los tecnócratas, en tanto elite gobernante, deben reforzar constantemente el “espíritu de conjunto”, recordando —en una serie de rituales seculares— la importancia que cada individuo, sin importar su rol al interior del cuerpo social, cumple para el funcionamiento del todo. En estos rituales, las elites tecnocráticas deben autoplocamarse como “las más capaces” de gobernar, creando aquellos mitos fundadores de nuestras sociedades liberales actuales; la meritocracia como discurso justificativo de las jerarquías sociales y la tecnocracia como discurso legitimador basado en la eficacia y neutralidad de la ciencia para regir nuestros destinos. Pero poco duró el discurso; el malestar se fue expandiendo desde Francia en 1789 al resto de Europa en 1848. El positivismo comienza a perder terreno frente a la capacidad crítica de los ilustrados franceses. Las grandes masas empobrecidas exigen a las elites el cumplimiento de las proclamas ilustradas. Comenzó a gestarse entonces una brecha entre las expectativas sociales y lo que las recientes cúpulas gobernantes estaban efectivamente dispuestas a otorgar al resto de la sociedad.
A medida que la burguesía se establecía como nueva clase dirigente, las expectativas fueron apaciguadas de a poco por lo nuevos intelectuales liberales y su discurso del consumo como elemento integrador, junto a la ideología de “sumisión a la realidad dada” (resabio positivista). Pero desde ese momento fundador, ha quedado rugiendo bajo la civilización aquella utopía arrebata, la cual emerge cada tanto como fuerza social que desbarata el falso universalismo ahistórico oculto en los fundamentos de nuestras sociedades modernas; es el malestar social que aparece como fantasma que recorre el mundo, luego de cada crisis global del sistema económico.
Cada vez que la economía cruje, se hacen visibles las fisuras en los discursos oficialistas que apuestan por la integración social y la reconciliación entre las diversas clases, apareciendo ese monstruo tan temido por las elites como innombrable; la perturbadora y hórrida “lucha de clases”…

La teorización sobre los conjuntos de representaciones y símbolos que van a la par con las prácticas que se llevan a cabo en una sociedad no es nuevo. Una de las grandes investigaciones de la sociología es “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, en la cual su autor —Max Weber— intenta demostrar que la génesis del capitalismo tuvo lugar en la combinación de factores que actuaron conjuntamente en las subjetividades de los individuos, predisponiéndolos a un actuar acorde con la racionalidad económica que propició la aparición del capitalismo industrial durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Si bien existen ciertas discrepancias entre escuelas por determinar si el capitalismo fue originado por una “afinidad electiva” entre el “espíritu” del capital en conjunto a una ética del ascetismo intramundano —presente en la doctrina calvinista de la predestinación— o si bien, la organización de individuos en torno al proceso de producción hizo las bases para una superestructura de representaciones ideológicas, que afianzaron el modo de producción (por lo menos, en ciertos periodos de estabilidad); lo cierto es que —y este es para mí el gran aporte de Weber— existe un conjunto de disposiciones culturales que son correlato inseparable de nuestras sociedades modernas occidentales y capitalistas; estas se replican como una especie de saber “pre-consciente” en la cotidianeidad, que legitiman o justifican un sistema.
El gran ejemplo es el “ethos del trabajo” bajo el capitalismo. Un sistema económico basado en la acumulación desigual por la apropiación del excedente del producto del trabajo, necesitó de un aparataje discursivo que incentivara la actividad del trabajo, exaltando sus virtudes (famosos son los lemas “a quien madruga Dios le ayuda” o “el trabajo dignifica”, entre muchos otros) a su vez que soltaba las riendas culturales de la acumulación desigual, convirtiendo lo inmoral y pecaminoso en moral e incluso deseable (para la implantación del sistema actual, tuvo que desaparecer la condena social que existía contra la ambición desmedida y la usura, entre otras).
Las reflexiones de Weber nos ayudan a comprender las condiciones inter-subjetivas que alientan la conformación y sostenimiento de nuestras sociedades, pero no nos sirven para dar cuenta del malestar social creciente que nos afecta.
Los procesos de racionalización en la modernidad descritos por Weber, solo nos advierten acerca del “desencantamiento del mundo”, la pérdida del sentido de la vida junto a la ascensión de discursos incapaces de responder a grandes preguntas que aquejan al ser humano (el sentido de la vida, la existencia de lo divino, el correcto actuar en el mundo, etc.). En este sentido, la perspectiva de Weber respecto a la modernidad es claramente pesimista.

Sabemos de la necesidad del sistema económico por generar necesidades culturales artificiales para controlar a los sujetos mediante una sociedad de consumidores. La promoción de bienes suntuarios genera una contradicción con la creciente precarización del mercado de trabajo, alimentando en las mayorías expectativas de consumo que se verán frustradas por las necesidades de acumulación extrema inherentes a las lógicas actuales del capital.
El ethos capitalista weberiano, que prometía en un principio la salvación mediante el trabajo, luego el goce de bienes materiales, finalmente sucumbe para dejarnos la pesada herencia del trabajo alienado sin ningún tipo de satisfacción; pareciera ser que la dimensión hedonista del consumo ya no puede suplir el peso que implica la explotación en el ámbito del trabajo, generando un malestar creciente en las sociedades modernas.

Para abordar de mejor manera la temática del malestar social, podemos remitirnos a teóricos que han desarrollado el tema. Sigmund Freud plantea una relación entre el malestar social y la cultura engendrada al alero de la civilización. En El Malestar en la Cultura desarrolla una explicación filogenética (cultural) del proceso psicológico de represión presente en el organismo conductual, creando un puente entre la teoría psicológica y una meta-psicología.
El pacto social que da inicio a la civilización, demanda la renuncia al principio del placer en los involucrados (en un estado pre-civilizatorio, los sujetos tienden a la satisfacción irrestricta de los deseos instintivos), ya que la construcción de la cultura demanda la desviación o restricción de poderosas energías, las cuales son re-encausadas para ser utilizadas en la creación de la civilización.
Por ello, todos los productos de la civilización, principalmente el conocimiento humano y nuestro mundo de sentido (especialmente evidente en el Derecho, que da inicio a las regulaciones en sociedad) son productos de energías libidinales del Eros reprimidas y transformadas. Al utilizar las energías de la “pulsión de vida” para dedicarlas a la cultura, comienzan a elevarse las energías agresivas de la “pulsión de muerte”. Cuando estas últimas llegan a niveles insostenibles, se vuelve necesario liberarlas al exterior, lo que se traduciría en ciclos de violencia social y guerras que cada tanto impactarían a la humanidad.

Mientras que Freud ancla el malestar social a un esencialismo biologicista (transformando de paso la guerra en un designio inevitable), autores como Durkheim plantean una explicación más ligada a los procesos sociales de la modernidad. En su tesis de doctorado “La División del Trabajo Social”, explica que el creciente desenvolvimiento de los procesos de la división del trabajo en nuestras sociedades no solo cumplieron una función productiva, también conllevan una función moral; engendrar la solidaridad social necesaria para mantener cohesionada la sociedad. En la división del trabajo —en tanto que cada individuo tenga asignado un rol dentro de la estructura productiva, y que este se encuentre en conformidad con su sistema de expectativas— es posible hallar el fundamento que da estabilidad a la sociedad, a través de un orden moral que vuelve a los individuos interdependientes entre sí. El elemento diferenciador complementa a los sujetos en las sociedades modernas.
A través de las manifestaciones externas que emanan del derecho, el autor observa los diferentes tipos de solidaridad que se dan en las diversas clases de sociedades. En las sociedades primigenias observa la predominancia del derecho represivo, donde se ejerce el castigo como una reacción pasional del cuerpo constituido hacia el individuo infractor. La magnitud de la reacción es solo posible por el nivel de cohesión social o fuerza colectiva. A través del rito punitivo, la sociedad aumenta sus niveles de conciencia. Es por eso que, en esta clase de sociedades, se da la llamada “solidaridad mecánica”; si la sociedad da poco espacio a la personalidad de los sujetos, se genera una fuerza centrípeta que mueve a individuos (semejantes) bajo el influjo de un centro social.
Por el contrario, en las sociedades modernas, podemos observar como avanza el derecho restitutivo por sobre el derecho penal. En esta clase de derecho lo central no radica en la pena, sino en devolver las cosas al estado anterior a la infracción. Así se liga las personas con las cosas, generando la propiedad privada. La solidaridad observada, es definida como “orgánica”, ya que contribuye a aumentar la individualidad entre los sujetos, generando una mayor autonomía entre las partes y el todo social. El problema de la solidaridad orgánica es que no puede engendrar el lazo social de manera espontánea. De hecho, Durkheim asume que el soporte que da vida a la negatividad del Laisez-affaire radica en la positividad del contrato social (la aceptación social de la propiedad privada).

El aumento de la división del trabajo durante la modernidad, provocó que los segmentos sociales se separaran a la vez que aproximaran los unos a otros. Individuos autónomos y especializados en una labor puntual dentro sistema productivo deben cooperar unos con otros, para mantener el conjunto social en funcionamiento. Esta concentración de sujetos o “densidad dinámica” debe ir a la par de la “densidad material”. En condiciones normales, el despliegue de la división del trabajo debe producir, junto al progreso material, la solidaridad social necesaria para el sostenimiento de las sociedades. Pero en la modernidad surgen “formas anómicas” que impiden la solidaridad social: las crisis económicas develan una falencia del sistema económico; una revolución industrial que se desarrolló demasiado rápido no permitió que la densidad material fuese a la par con la densidad moral necesaria. Es por eso que, para Durkheim, deben reconstruirse las normas morales para restablecer la acción recíproca entre funciones.
Otra fuente de anomia proviene del desacoplamiento entre roles y expectativas; los sujetos no están conformes con el trabajo (o las condiciones de este) al interior de la división del trabajo. Durkheim propone la instauración de una sociedad verdaderamente meritocrática a través de la abolición de la herencia, el reconocimiento del valor del trabajo mediante contratos justos (que expresen la verdadera equivalencia formal entre sujetos), etc. Dicho en términos generales, Durkheim intenta salvaguardar el lazo social frente al avance del lazo económico.
Esta posición “organicista”, debate con las perspectivas del utilitarismo económico, que pretende atribuir exclusivamente al intercambio económico las funciones de solidaridad social. El resultado de las políticas económicas pro-mercado han decantado en aquella “sociedad de mercado” (anómica por definición) que fagocita constantemente el lazo social; el resultado son niveles cada vez más grandes de malestar social que explotan de tanto en tanto, preferentemente en ciclos de recesión o crisis económica.

Desde la consagración del capitalismo como sistema económico global, se ha privilegiado el intercambio económico como forma de relación social por excelencia. Así es como el utilitarismo economicista presente en el liberalismo actual, promulgó un incesante laize affaire que dejaba la tarea de construcción social al mercado. Este, en su incapacidad para generar integración social dada la precariedad inherente a la transacción económica —ya que privilegia los términos de eficiencia y racionalidad bajo el paradigma del homo economicus, por sobre la interacción social— fue degenerando de forma progresiva los lazos sociales que nos conectaban a todos. El resultado; una creciente pérdida de legitimidad y el derrumbe de nuestras instituciones. Las instituciones se sostienen en la creencia social de su utilidad y en la costumbre de individuos interactuando a través de ellas, produciendo y reproduciendo el “pegamento” necesario que mantiene en pie tales instituciones.
La sociedad de mercado actual ha reemplazado todas nuestras relaciones, instalando la figura del “cliente” o “consumidor” —incapaces de engendrar legitimidad o sentido alguno— por sobre otras figuras que sí gozaban de cierto prestigio social; el “ciudadano” y las instituciones públicas fueron socavadas de sus cimientos sin proponer un reemplazo capaz de mantener en pie nuestra sociedad. Es así como, desde la institución del “profesor” —bombardeada hasta ser reducida a una especie de niñera por una educación que se plantea como “bien de consumo” y que privilegia al estudiante como “cliente”— hasta las instituciones políticas y jurídicas —evidencia más clara de cómo el poder económico puede fagocitar los otros poderes, a través de la corrupción, el clientelismo y otros mecanismos— todas se encuentran actualmente en un proceso de degradación constante; el ascenso del malestar social es concretado en el derrumbamiento institucional, rompiendo los acuerdos mínimos para establecer sociedad.
La desigualdad es otro factor predominante en la gestación del malestar ya que, al desintegrar las relaciones sociales en un escenario de desigualdad, produce proyectos de sociedad diferenciados al interior de una misma sociedad, por el distanciamiento radical entre clases. Para decirlo en términos sencillos, el país se parte en dos, desintegrando el consenso mínimo requerido para el funcionamiento orgánico de una sociedad.

Edición de La Trinchera. Versión original publicada en Materia Oscura

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