Trinchera Abierta

Marxismo y religión

Colaboración especial desde la distancia con el espacio Trinchera Abierta

Por: Iván Rodrigo

Hasta este desolado y heróico paraje de nuestra Isla me ha llegado la información de que la próxima Trinchera Abierta tratará el tema “Marxismo y religión”, polémico y antiguo tema en este,  nuestro negocio del fin del Capitalismo en particular, y de todas las formas sociales enajenadas que impiden la realización plena de los seres humanos en general.

 Voy a participar en el debate del único modo que puedo: a distancia y como indirectamente. 

En cualquier caso, poner sobre líneas mis consideraciones sobre el tema siempre será un buen ejercicio de pensamiento, y si sirve de algo, mejor.

La temática de la religión en el mundo del marxismo ha provocado siempre poderosos apasionamientos y desencuentros, ya en el plano teórico, ya en el práctico-político. Incluso, todavía en Cuba pueden perros lamer llagas de lenta curación producto de estos choques. Entonces creo que lo primero que debe hacerse al enfrentar el análisis del fenómeno de la religión, y de sus relaciones con la tradición marxista, es poner a un lado intolerancias y rencores que levantarían tal nube de pasiones que poco dejarían sacar en claro y útil de la reflexión. Y lo digo porque últimamente en ciertas regiones de la izquierda nacional esto comienza a parecer una enfermedad que hace que se nublen los juicios, y la gente no logre ni llegar al fondo de los asuntos,  ni dejar que otros lleguen. 

Esperemos que en la Trinchera nos vaya mejor

 y no se convierta en otra de las tantas rendiciones de cuentas “contrainquisitoriales” en las que la gente va a quejarse de lo que ha sufrido o visto sufrir, en vez de a pensar o hacer pensar a otros. En virtud precisamente de no hacer la quejosa historia de las relaciones entre marxismo y religión, centraré mi comentario en dos direcciones fundamentalmente: el problema de la religión como forma específica de la producción espiritual, y la complejidad del problema de la religión en Cuba en particular, y en el proceso de la construcción de una nueva sociedad en general.

Mucho se ha hablado del tratamiento que hacen de la dialéctica los manuales soviéticos (o de alma soviética). No obstante, poca crítica e investigación ha merecido el tratamiento que hace la tradición manualera de la llamada conciencia social y sus formas. Suele enseñarse aún hoy en nuestras universidades cubanas que sobre la base económico-material de la sociedad se levantan y se pierden en las nubes la conciencia social y sus formas, las cuales se fijan en un número discreto mayor que seis y menor que diez a elección del profesor o la edición del texto. Estas formas no se tratan sino como “las formas” de la conciencia social, dadas de una vez por todas en la sociedad humana. 

Vacuas reflexiones acompañan el supuesto estudio de estos fenómenos

Así podemos encontrar que “la conciencia jurídica refleja las relaciones jurídicas” o que “la moral refleja las relaciones morales, y así un delicadísimo trabajo de “revelación” de sus naturalezas.

 La religión goza del privilegio de haber sido escogida como una de estas formas eternas. Esta percepción abstracta y ahistórica de las formas ideológicas nada tienen que ver con el tratamiento que a ellas les dan los clásicos del marxismo, quienes en sus análisis siempre las consideraron momentos orgánicos de la totalidad que representa un modo histórico de producción social antagónico; es decir: un modo de producción social fundamentado sobre la explotación del hombre por el hombre, donde estos momentos funcionan como -en palabras de Rubén Zardoya- “formas de expresión y consolidación de determinadas relaciones de dominación y subordinación entre los hombres, inherentes a la historia que se despliega bajo el signo de la división del trabajo y la propiedad privada sobre los medios de producción”. 

La comprensión de una forma de la producción espiritual en particular o del sistema de la producción espiritual en general, que le son propios a una formación social antagónica concreta, solo puede lograrse si se revelan las condiciones en cuyos marcos su forma específica de producción material genera, reproduce y modifica las configuraciones ideológicas que le son necesarias, en pos de asegurar la reproducción de todo el sistema y de su fundamento: la dominación. 

La forma de producción espiritual en que del modo más inmediato se manifiesta -se traduce- el sistema de la producción material, es la política. 

No en balde Lenin la describió como “expresión concentrada de la economía”. Al mismo tiempo, por ser la manifestación más importante y directa del fundamento de la formación social antagónica, se erige eje universal de realización de las relaciones humanas y, por tanto, de la producción y el consumo de ideas. Esto hace que el resto de las configuraciones ideales existentes en la sociedad concreta se fundamenten de un modo u otro como sus propias modalidades de existencia. No puede ser de otro modo, en tanto el modo de producción espiritual antagónico es esencialmente político, pues constituye una forma de fundamentación de las relaciones de explotación en el ser social de los hombres.

Podría parecer que me he alejado considerablemente del tema, pero no: esta digresión era imprescindible para arribar a varios presupuestos metodológicos que deben tenerse en cuenta al enfrentarse al problema de la religión, al menos de manera marxista. Primero: no puede estudiarse el fenómeno religioso fuera de la consideración del mismo, como parte integrante de un modo de producción espiritual antagónico y en estrecha relación con la política, es decir, con las relaciones de dominación y el afianzamiento o subversión del sistema todo. Segundo: 

que no existe tal cosa como “las” formas de la conciencia social, comunes a todas las formaciones económico-sociales. 

Cada modo concreto de producción genera, o lo que es igual, en cada uno funcionan determinadas configuraciones ideales que le son propias. 

Y tercero: que estas configuraciones, aún teniendo nexos genéticos con otras anteriores o contemporáneas, son diferentes y únicas pues, aunque se presentan en apariencia como similares, en esencia funcionan en modos de producción diferentes o en el mismo de maneras diferentes. Por ejemplo, el arte medieval y el arte vanguardista, aún poseyendo un nexo histórico-genético son a los efectos dos configuraciones ideales diferentes, generadas por modos de producción material distintos; del mismo modo la ciencia social burguesa y la ciencia social marxista: una funciona como sostén ideológico del modo de producción capitalista mientras la otra, al mostrarlo en su esencia, lo subvierte.

Partiendo de estos presupuestos se arriba también uno extra:

 nada aporta a la comprensión del fenómeno religioso enfrentar a la religión con las ciencias naturales. 

Ambas poseen objetivos y funciones sociales diferentes. A nadie se le ocurriría intentar combatir la religión con el arte expresionista, o a la moral con poesía. Las religiones aún cuando pueden pretenderlo, no tienen como objetivo la explicación del funcionamiento del mundo. Aun cuando la ciencia monopolizó totalmente esa tarea, continúa habiendo de todos modos religiosos y muchas religiones gozan de buena salud. Y muchos de estos religiosos son incluso científicos, marxistas y hasta científicos marxistas. Esto nos indica cómo ciencia y religión operan sobre dos niveles diferentes de la espiritualidad humana.

La comprensión acertada del funcionamiento de un modo de producción espiritual antagónico concreto permite orientarse correctamente en la práctica política y en la valoración que en este sentido hacemos de las formas específicas que en él se presentan. La pregunta clave: ¿cómo funciona en la formación social concreta esta forma de la producción espiritual?Contribuye a legitimar, reproducir o subvertir el sistema? Para Marx y Engels, no una de las principales, sino la fundamental forma de subvertir en el orden ideológico al sistema capitalista era desvanecer las formas ilusorias de percepción del funcionamiento social y exponer al sistema en su totalidad, lo que remite directamente a su esencia antihumana. No es de extrañar que ellos y casi toda la ortodoxia marxista de los siglos anteriores practicaran y promovieran un ateísmo militante y feroz al ser la religión una forma ilusoria por excelencia, además de, en Europa Occidental, una poderosa herramienta de dominación. Desgraciadamente esta circunstancia particularísima fue extrapolada a todo el movimiento comunista internacional. 

No obstante, la práctica revolucionaria ha demostrado que la realidad es más rica. 

¿Cómo funciona en el corazón del capitalismo latinoamericano una doctrina como la Teología de la liberación? Este movimiento pulsando una región de la espiritualidad humana como la fe, aun prometiendo la otra vida, se articula con el pensamiento emancipador más avanzado y logra movilizar más que la mayoría de los partidos comunistas del orbe, en la realización del reino de Dios en la Tierra. Asimismo puede entenderse que un autodenominado comunista leninista y troskista cómo Hugo Chávez muriera “abrazado a Cristo”. He aquí la importancia otra vez de los análisis concretos de la situación concreta: una configuración ideal funciona de modos diferentes en circunstancias diferentes, lo que la hace diferenciarse de sí misma.

Hoy que nos enfrentamos al poder totalizador del capital, que va uniformando las conciencias, los sistemas de valores, de modo tal que prevalezcan aquellas formas que le sean orgánicas, o sea: funcionales. En este panorama debemos ser capaces de reconocer como aliados potenciales todos aquellos espacios de resistencia al sistema. Un ejemplo son las religiones de los pueblos originarios e indígenas, en las cuales lejos de ver tontas formas de atraso y enajenación, debe reconocerse sus papel real en el modo de producción espiritual: ser formas de resistencia, refugio y realización humana frente a la voracidad del sistema capitalista mundial y sus lógicas.

Cuando mencioné el problema religioso en Cuba, lo antecedí de la palabra “complejidad”. En la historia nacional las religiones han desempeñado diversas funciones. Por ejemplo, no es igual la función social del catolicismo en la sociedad del sistema de plantaciones que la de las religiones africanas: mientras la primera es fundamentalmente la religión del monarca, del Estado, que enseña obediencia y acatamiento al orden que presenta como divino e inmutable, las segundas son el asidero espiritual donde los africanos y luego los cubanos esclavizados hallan su identidad y las fuerzas para emprender sus ser social e intentar incluso cambiarlo arrojándose a la sublevación, el cimarronaje y el apalencamiento. Esto, a grandes rasgos no cambia demasiado durante la república burguesa. Nótese cómo la coexistencia en Cuba de estos grupos de religiones, las “de los blancos” y las “de los negros”, es un perfecto ejemplo de cómo dos formas de la producción espiritual que se presentan bajo la misma forma son esencialmente distintas e independientes. Las consideraciones que sobre una se hagan no son aplicables a la otra en modo total como si se tratara del mismo fenómeno. Desgraciadamente esto no fue comprendido a cabalidad durante las primeras décadas de la Revolución, dónde se hizo extensiva a todas las religiones la actitud coherente de la revolución hacia los círculos de poder de la Iglesia, grandes saboteadores de la gesta revolucionaria. No prevaleció la sensibilidad y el tacto político que permitiera comprender el cristianismo de los obreros blancos más pobres y la santería, ñañiguismo, palo y demás prácticas del desde siempre preterido sector de la negritud como elementos que funcionaron como herramientas de alivio y también liberación en el régimen anterior. De esta manera se violentó en natural proceso de integración social necesario para el período de tránsito, lo que en lo absoluto hizo desaparecer las religiones tampoco.

Hoy el escenario se presenta más complejo aún, especialmente con la reemergencia en nuestra sociedad de las religiones y de clases sociales liquidadas hace tiempo. En estos días mientras hay un cristianismo con prácticas que llaman a la integración y a la construcción de valores propios de sociedades solidarias. Hay otro que llama a la desconexión, la desconfianza y la apatía, o que se enfrenta directamente al proceso de construcción de una nueva sociedad cuestionando su legitimidad y minando su consenso como podemos observar en la actitud de determinadas denominaciones cristianas con respecto a la reforma constitucional. 

En el mundo afrocubano se consolida la mercantilización de la espiritualidad con su correspondiente destrucción de valores.

Todo esto al tiempo que vemos que algunas prácticas, tanto cristianas como paganas, se erigen como las religiones por excelencia de la naciente burguesía nacional. Aún así existen grupos marginados y vulnerables que se refugian todavía en los valores más humanistas de estas religiones. 

Toda esta complejidad hay que observarla antes de hablar de religión en Cuba. Yo no pretendo desentrañar toda esta complejidad, eso se lo dejo al debate. Solo intenté aquí contribuir con cuestiones de método que considero cardinales. Y para terminar insisto en la pregunta clave: ¿cómo funciona la forma en el modo concreto? No se pierda esto de vista. 

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