Onírica

Antivirus

Por: Jorge Fernández Era

Conservar el humor en tiempos tan angustiosos es una hazaña que solo me la tolero yo mismo, pues el año ha comenzado a tope de contratiempos. Suena egoísta decir eso cuando hay gente que la ha pasado peor, mas pecaría de falsa modestia si no asevero que desde que comenzó el ordenamiento he estado salao.

Poco después de que la enfermedad chequeara en marzo en la aduana del aeropuerto, escribí lo siguiente: “Aplaudo a cuatro manos las medidas tomadas para frenar el avance de la covid-19 en nuestro país. Es una verdad innegable que, en situaciones de riesgo, el Estado garantiza que los mecanismos respondan casi como maquinaria de relojería. De ahí que ante catástrofes naturales como los huracanes, las pérdidas de vida sean mínimas”. Meses después agregué: “El Gobierno hace ingentes esfuerzos por minimizar el impacto de la enfermedad en la Isla. Al ya numeroso monto de recursos que anualmente destina a la salud ha sumado cifras extras para cubrir, entre otras urgencias, la existencia de numerosos centros de confinamiento para aislar a los sospechosos de poseer la enfermedad. Y aunque el comportamiento de esta última no ha escapado de las curvas y recurvas propias de una pandemia, es innegable que los cubanos respiramos con alivio, dormimos tranquilos y disfrutamos de indicadores de incidencia que nada tienen que ver con los de la región y el mundo”.

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Esto último lo escribí en noviembre. No dormí con alivio la noche de fin de año —Murillo no tuvo la culpa—, al pescar una severa neumonía diagnosticada el día primero en el policlínico de Coco y Rabí y que me tuvo con más recurvas que curvas hasta hace días. Ya el Estado movía sus fichas ante el aumento exponencial de casos y la impactante realidad de una decisión que criticamos a otros y luego tomamos en el ámbito doméstico: abrir la economía… y casi cerrar las farmacias: la azitromicina que ameritaba mi enfermedad —ya había subido al respetable precio de ochenta pesos seis pastillas— solo pude encontrarla gracias a la ayudada solidaria y desinteresada del “campo sociolista”. 

Ante síntomas más preocupantes como fiebre alta y diarrea, hice caso al doctor Durán y acudí al Miguel Enríquez. Allí un galeno adujo —prepare el aerosol ante lo que viene— que solo me recetaría un PCR si la neumonía agravaba. Regresé una jornada después con idéntico malestar. Dos doctoras ejecutaron un acucioso chequeo y, papelón mediante, me remitieron urgente al área especial para la covid creada en ese centro asistencial. Otros tres doctores me explicaron que “no era necesario” hacer la pesquisa química, la mancha en el pulmón podía ser rezago del pasado cigarrero de un hombre que fumó desde los 15 y hasta los 54. Se hacía esquivo el PCR, regresé a casa bronquibajo. 

Entre azitromicina, prednisona y balón de oxígeno se contuvo la cosa. Creí que recibiría febrero menos agitado. El domingo 31 —fatales los 31— me llama mi hijo desde el hospital Naval —que es también su centro de trabajo— para anunciarme que lo habían ingresado por resultar positivo al sars-cov 2. Fatal él, ya estuvo confinado en abril durante veintiún días por sospechas de la enfermedad. Siguiendo las indicaciones mil veces oídas y leídas en la televisión y la prensa, Laide y yo nos presentamos en Coco y Rabí para confesar que éramos contactos primarios de mi hijo: este se había quedado con nosotros de viernes para sábado, antes de partir a cumplir su turno de veinticuatro horas de guardia. Allí un doctor —no cierre la llave, queda salbutamol todavía— arguyó que no nos podía atender si el municipio no le daba una orden respaldada por entrevista a Eduardito que ya debía estar en acta. “¡Pero es que allí no le han hecho nada!”, espeté. “Ya lo harán”, fue su respuesta. Se la hicieron esa tarde, ya tarde, pero algo es algo… y nada es nada: nuestros sospechosos nombres nunca llegaron al hospital de marras. Transcurrió el quinto día de autoconfinamiento y nadie pasó por 506 apartamento 2 a preguntar si existíamos —“Estoy de vacaciones”, había dicho desde el lunes la doctora de la familia—. Regresamos el sexto día a Coco y Rabí e indagamos, no constábamos en control alguno. Las tres solícitas compañeras de Epidemiología nos agregaron a una lista de veintiún sospechosos ya creada y orientaron regresáramos a hogar dulce hogar. No pasaron dos horas y, por fin —viernes 5, una de la tarde—, acudieron tres trabajadores de la salud a hacernos el PCR. Lunes o martes recibiremos el resultado. 

A mi hijo le dieron el alta ayer, tras no dar positiva la prueba hecha al quinto día de su ingreso. Ya está en su casa, tendrá que cumplir cinco días de preventivo encierro.

PCR (paciencia, confianza o resignación) con lo que venga. Nunca he deseado tanto que aquellos a quienes no les gusta ni un poquito lo que escribo me remitan a anteriores párrafos —nada complacientes con la maquinaria de relojería— y blasfemen: “¡Tú siempre tan negativo!”

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Autor

  • Periodista, escritor, editor y corrector. Perteneció al grupo humorístico Nos y Otros

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