Política en Cuba

Carta a mis camaradas sobre San Isidro

Nota a los lectores: Para este final de año, a los editores de La Trinchera nos complace presentarles una selección de los textos más leídos de cada uno de los colaboradores de este espacio. A todos les agradecemos su confianza. 

Por: Carlos Ávila Villamar 

El primer problema con San Isidro es que uno no tiene una fuente fiable de información. El acoso es real, de eso no hay dudas, y tampoco creo que haya nada que lo justifique, no creo que sea un motivo de bromas, ni un incidente menor que no merezca ser magnificado en la prensa nacional. No sé la magnitud real del acoso, no obstante, y me parece irresponsable repetir la versión más melodramática de los hechos (no es dictadura, sino genocidio y demás). La huelga de hambre es al menos parcialmente real, y puesto que ya dura cuatro días, y dado que existe la posibilidad de que sea por completo real, no merece ser minimizada o invisibilizada. Uno no puede dejar de impresionarse, sin embargo, por la salud que parecían mantener todavía los huelguistas en su segundo día y por la estadística que dice que con dos días sin tomar agua un ser humano ya debe estar al borde de la muerte. No digo que sea necesariamente un fraude, solo creo que al menos provoca que uno se cuestione las cosas. Repito que incluso una huelga falsa no justifica el acoso (la campaña de descrédito es de pésimo gusto, por cierto, como la mayoría de la propaganda de ese tipo que vemos en las redes sociales, cuya visibilidad se multiplica artificialmente mediante una vergonzosa red de usuarios falsos, creados de manera premeditada para incidentes semejantes). Lo que quiero analizar, y lo que me gustaría que las personas autopercibidas como revolucionarias analizaran, es lo único medible y transparentemente real que ha habido en este triste episodio todavía en curso: la reacción de la gente. La reacción de los estudiantes universitarios, de los profesores universitarios, de los escritores, de los artistas, de lo que se podría considerar un sector letrado, más o menos letrado, en la ruina económica, política y social en la que vivimos. Lo que nadie puede negar ha sido el aplastante e inmediato apoyo que han tenido los huelguistas (reales o no) en un sector que no hay forma de presentar como fácilmente manipulable.

Las personas autopercibidas como revolucionarias, una vez aceptado que en el sector intelectual constituyen una minoría (si es que al musgo que existe hoy día se le puede llamar sector intelectual), y que no hay modo de que la manipulación mediática explique por qué la mayoría piensa como piensa, deben detenerse por un minuto y escuchar lo que dice la mayoría, escuchar de verdad, libres de prejuicios. Estas cuestiones merecen textos independientes, pero aquí van algunas: sus opiniones no están representadas en ningún debate que haya sido reproducido por la prensa nacional (con la excusa de que hay que permanecer unidos ante el enemigo), el enemigo (dígase Estados Unidos) no es una esencia sobrenatural, permanente e indivisible, sino un mosaico de intereses autónomos, en eterno movimiento (su malignidad apriorística es tan irreal como la supuesta benevolencia soviética, rusa, o china, no hay naciones buenas ni naciones malas), el fallido sistema económico ha terminado creando agudas diferencias sociales dentro del propio país y ha mutilado la vida de millones de cubanos (y pese a que el bloqueo sea real, está muy pero muy lejos de justificar ese fracaso), los dirigentes del país han sentido en su nivel de vida menos tal fracaso que la gente corriente (desde luego, hay mil particularidades y complejidades en este asunto, que no hay tiempo para mencionar).

Esta lista improvisada de cuestiones no puede ser contra argumentada con algún deber patrio trascendental (hablar de a pesar de todo honrar la sangre de los caídos o cosas por el estilo), ya que: 1) nadie sabe lo que los caídos pensarían acerca del gobierno actual o de muchas de sus medidas, utilizar fuera de contexto frases de los independentistas decimonónicos en su correspondencia (a menudo militar) en el terreno político contemporáneo resulta absurdo, y creer que las muertes en nombre de la liberación de Angola tienen algo que ver con la expansión del sistema hotelero militar cubano resulta o idiota u oportunista, 2) que muchas personas caigan por una causa no significa que necesariamente esa causa sea válida, o que sea eterna y universalmente válida en cualquier contexto, 3) que una persona viva utilice el discurso exacto de una persona muerta y se proclame su encarnación no significa que constituya su continuadora, de hecho hace sospechar a cualquier persona inteligente que se trata o de un ejercicio de demagogia o de una terrible falta de originalidad y por tanto de auténtica capacidad de liderazgo, 4) hay un número considerable de personas que participaron en la lucha contra Batista, o en Girón, o en Angola, que no murieron y que hoy se muestran distantes del gobierno, aunque desde luego los medios nacionales jamás los visibilicen.

La definición contemporánea de revolucionario sintetiza dos legados: uno del siglo diecinueve y otro del siglo veinte. El primero, el nacionalismo, eco del pensamiento romántico europeo, que produjo una primera guerra que nunca contó con el apoyo mayoritario de la población local, y con una segunda que tampoco (pero que contó con un inventor de la nacionalidad, llamado José Martí). El segundo, el comunismo, que el nuevo gobierno revolucionario declaró a posteriori (apoyado en su incuestionable carisma). Los detalles de ambos legados suelen ser obviados en favor de una visión triunfalista que no cuestione los múltiples disparates y absurdos en los que ha caído una revolución cada vez más fragmentada, debilitada y corrompida. Los líderes comunistas no solo suelen saber muy poco de la historia de la independencia cubana en toda su complejidad (leen manuales parcializados, en el mejor de los casos), lo paradójico resulta que no han leído libros sobre comunismo tampoco. Son o hipócritas, o incapaces, o gente inteligente y honesta que ha sido secuestrada por el sistema: las marchas, las conmemoraciones y la emisión constante de propaganda en las redes sociales ocupan todo su tiempo, y la dinámica de trabajo los obliga a enajenarse y a solo hablar con personas de su círculo, el sistema les facilita vacaciones en áreas especiales a las que solo van cuadros, proceso similar al que enajena a los militares cubanos de las necesidades más urgentes de la población civil. Creen saber que la situación que enfrentamos es difícil, pero realmente no lo saben. Y la arquitectura de su entorno está milimétricamente pensada para que no lo sepan nunca, y para que crean que su minoría constituye mayoría.

Me da mucha gracia que alguien que ha pasado su vida entre cursos de superación de cuadros y congresos de la UJC me haya dicho, ante mi argumento de que la mayoría de las personas de mi edad que conozco desaprueban al gobierno, que mi visión de lo que constituye la opinión pública de estudiantes y egresados universitarios está sesgada. Por varias razones, conozco personas de los más variados municipios de La Habana y de diversas provincias, que han estudiado toda clase de carreras y que tienen formas de pensar por completo distintas, y en ellas la posición predominante (mientras se encuentran en Cuba) es de un silencioso desprecio por el gobierno, que se hace público una vez que salen y no temen ser expulsados del centro de estudio o trabajo. No conozco solo a personas que van a la Embajada de Noruega, como quizás alguien que no me conozca pueda pensar. Me queda absolutamente claro que La Habana y Cuba (soy holguinero, por cierto) son más grandes que el estrecho círculo de cineastas, fotógrafos, periodistas independientes e influencers que tratan de venderse como la voz de una generación.

Mi generación ha estudiado más carreras médicas, técnicas y científicas que humanísticas. Sus padres también han sido universitarios y han vivido el trauma de la mutilación de sus vidas profesionales a partir de los años noventa. Votaron por cansancio ante la abrumadora propaganda, o como un último suspiro de fe ante el nuevo gobierno. Ya ni saben por qué lo hicieron. Suelen salir poco, porque tienen demasiadas cosas que hacer de la escuela o de la casa. En las redes sociales suelen limitarse a publicar fotos con sus parejas y amistades. Públicamente no se meten en política, por consejo de sus padres, temerosos de represalias que ya no son tan comunes, pero que lo fueron en sus tiempos. Planean irse del país en algún momento, así que no le ven sentido a buscarse problemas. No publican en sus perfiles de Facebook ninguna declaración contra el gobierno, pero dan likes, llega un punto en el que se molestan, y dan like, y comentan en chats privados, y hablan mal del gobierno en las salas de las casas, y hacen chistes sobre si alguno de los presentes es de la seguridad. Esa es mi generación. Que ni por un instante aquellos que se autoperciban como revolucionarios crean que el silencio o la docilidad de este sector significa una aprobación, al contrario: significa que están tan decepcionados que ni en las revoluciones dentro de las revoluciones creen. Arrastran consigo el cansancio de sus padres, priorizan las necesidades de sus familias, y se callan. Es una postura cómoda, pero no cobarde. La mayoría de las personas que públicamente critican el sistema desde la isla o no tienen absolutamente nada que perder (y sí mucho que ganar) o tienen una estabilidad económica que les permite ser independientes del estado, y no ser vulnerables a chantajes laborales. Criticar al sistema es, en cierta medida, a menudo, un privilegio de clase, y tanto la oposición como el gobierno suelen cómodamente olvidar esto: el gobierno dice que si nadie lo critica es porque todos lo aman, y la oposición, que aquellos que no actúan como ella son unos cobardes.

El sistema ha sido tan estúpido que solo se ha movido, ha cambiado o ha cedido a demandas populares cuando no ha tenido más remedio, cuando ha visto en riesgo su propia seguridad a mediano o a corto plazo. De esta forma ha educado a la gente con la noción de que solo actitudes radicales o situaciones críticas le permiten mejorarse. Ha educado a quienes se le oponen, como si fuera un bravucón, con la idea de que no basta que me aconsejes, solo hago algo si me obligas a hacerlo, con el consecuente ahora oblígame si quieres. Me molesta mucho el argumento de que si a la oposición no le gusta esto, que coja las armas y vaya para la Sierra, puesto que si en verdad la oposición lo hiciera, el discurso del gobierno cambiaría radicalmente a la oposición es violenta y quiere dividir al país. He comprobado personalmente que nada de lo que diga la gente va a provocar algún cambio en el país que no estuviera previamente acordado dentro del gobierno, por tanto las protestas en redes sociales y los artículos (como este que estoy escribiendo) tienen poco o nulo efecto real, solo queda la violencia (que nadie con dos dedos de frente quiere para un país al borde del colapso) y la protesta pacífica. Comparto muy pocas ideas con los huelguistas de San Isidro, pero simpatizo con el método de la protesta pacífica. Recomiendo a mis camaradas comunistas pensarlo dos veces antes de burlarse de la protesta pacífica. Si quieren preservar y mejorar el socialismo, más les vale no dejar a la gente sin la opción de esta.

Tomado del blog del autor

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