Onírica

Castigo ejemplar

Por: Fernando Almeyda Rodríguez

Cuando tenía 16 años tuve una trifulca con tres bravucones de barrio. Estaba bañándome en Fe del Valle, conocida piscina natural en la costa del pueblo de Santa Fe, cuando un muchacho me increpa en actitud intimidante, que “lo había mojado”. “Obviamente, si estás metido en el agua estás mojado” le respondí indiferente. Se puso como una fiera y me empujó. Por más pacífico que yo fuera no estaba dispuesto a que me metieran el pie. Contesté con otro empujón.

En el forcejeo apareció otro contrincante. Sentí un golpe contundente debajo del mentón que me hizo ver las estrellas. Pero seguí luchando. Giré mi cabeza por instinto. Vi en cámara lenta la piedra arrojada por un tercero, pero no pude esquivarla. Impactó en mi rostro y caí abatido al agua. 

Sentí una hinchazón enorme en mi pómulo derecho. El ojo se me fue cerrando hasta que solo veía con el izquierdo. Había gente observando el espectáculo sin meterse; algunos me gritaban “¡niño, tienes sangre!”, y cada vez que me lo decían pasaba la mano por el pómulo inflamado y no veía nada. 

Logré asestar algunos buenos puñetazos, pero el tres a uno ponía todo en contra mía. Me aprisionaron por la espalda mientras otro me golpeaba. Pero seguí luchando. Me hundieron en el agua intentando ahogarme. Pero seguí luchando. Me quedé sin aire, mis golpes no les daban. Pero seguí luchando. 

Estando al borde del desmayo me soltaron. Ahí estábamos los tres, agitados y confusos sin saber qué hacer. El castigo ejemplar se les había ido de las manos: estaba lleno de magulladuras y rasponazos, el ojo derecho completamente cerrado de la hinchazón. Me dolía la cara. Un hilo rojo de sangre corría por mi pecho proveniente de mi mandíbula, al parecer me habían asestado con una piedra durante el forcejeo inicial. Me habían hecho mierda. 

El “cabecilla”, titubeando, lanzó la típica amenaza “no quiero verte más por aquí, ¿me oíste?”. 

Hecho mierda como estaba sonreí sarcástico. Contemplé un segundo la sangre: “¡Ustedes sí que son valientes! ¡Tres contra uno y con piedras!… ustedes no son dueños de la piscina, así que voy a venir cuantas veces me dé la gana”. Salí del agua temblando y me fui a mi casa. Con mi ojo sano los vi partir en dirección contraria; ni siquiera se quedaron a celebrar su victoria sobre un pobre diablo. 

En casa dije a mi madre que me había caído. Prefería quedar como un idiota, no sabía cómo explicar lo que había pasado. 

Nunca busqué venganza, pero sí regresé a la piscina una y otra vez. En mi interior estaba aterrado, pero no estaba dispuesto a ceder al miedo. Con el tiempo me los fui encontrando de uno en uno en la calle. Cuando se daban cuenta que era yo, se desaparecían de mi vista, a veces daban media vuelta. Yo esperaba que algún día vinieran a cumplir su amenaza, pero no lo hicieron. 

A seis meses del incidente, el cabecilla de aquella operación de escarmiento coincidió conmigo en la parada del bus. Me vigilaba de reojo, visiblemente nervioso. Se acercó todo sonrisas y me preguntó la hora. Respondí lacónico. Eufórico empezó a parlotear como un loco de cuanta cosa le venía a la cabeza. El muchacho tenía un miedo culpable, inquieto…. Tal pareciera que había sido él quien hubiera recibido una paliza. 

Desde ese día me saludan cada vez que me los encuentro, siempre desde lejos, con una sonrisa de oreja a oreja. Pero eso sí: jamás volví a verlos poner un pie en la piscina Fe del Valle.

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