Cultura

Tres colosos coreanos

Por: Arian Rubio

En 2019 el mundo occidental hizo reverencias sin precedentes a la película de Bong Joon-ho ‘‘Parasite’’, que se llevó la Palma de Oro en Cannes y otro montón de BAFTA y Oscars importantes. La alegría de los premios fue redondeada por una generosísima taquilla que alcanzó los nueve dígitos.

En lo que va de siglo, si se añaden los nombres de Kim Ki-duk y Chan-Wook Park  se conforma un triunvirato de realizadores coreanos multiforme, plural y a la altura de otras naciones asiáticas de mayor pedigree dígase Japón o China. Partiendo por el más viejo, Kim Ki-duk dejó a su nombre (y duele tener que hablar en pretérito por cuenta de la innombrable enfermedad de moda) una sólida filmografía desde un estilo atractivo y descomplicado. De Robert Bresson a Abbas Kiarostami, los directores de aliento poético (humanos son) han incurrido en delitos narrativos similares por desinteresados, por demasiado abocados a la contemplación prolongada, a la dispersión argumental y la omisión. Andrei Tarkovsky lo supo siempre y le importaba tres pepinos. La consecuencia peor de esto es lanzar a la audiencia al gris pozo del aburrimiento. La contraparte es aún peor si se valoran los extremos a que puede llegar un tipo de cine versado de lleno en determinada trama o ‘‘lo social’’ negligente en lo que concierne a la belleza, cine de experiencia vacua y reemplazable. El equilibrio entre ambos ingredientes se torna una puta quimera y ponderar el valor de la narración pudiera ser el gran as bajo la manga de Kim. 

Una cinta que encierra bastante de lo dicho es Seom (2000), cuya traducción es ‘‘La Isla’’. La historia contada tiene lugar en un solitario lago concurrido por pescadores que se instalan en pequeñas cabañas flotantes, y que son visitados por una silenciosa encargada que les lleva en su humilde bote de motor desde alimento hasta placer sexual según quien lo demande. Al lugar llegará un prófugo de la justicia que desquicia a la hermosa guardiana del lago. Llegados a este punto se hace necesario resaltar que la protagonista no emite un ruido, una sola palabra en la hora y media de duración del filme. El co-protagónico articula alguna que otra frase, por contraste. Sin embargo, uno no solo se percata de que ella entiende el lenguaje humano y su mutismo es por mera voluntad, sino que se mueve dentro del agua como un pez y toma decisiones respecto a lo que ocurre dentro del lago con autoridad dictatorial. El espectador cerrará por etapas un primer pacto ficcional con un personaje real que se antoja mitad humano mitad deidad acuática; otro pacto se hará con el voto de silencio que despliegan los personajes en la mayor parte de un filme sonoro, y por último un oscilante voto de fantasía que tiene su raíz en el espiral de crueldad y patetismo que padecen los protagonistas mientras se ‘‘echan anzuelo’’ mutuamente, y que de ser verbalizado se pueden crear los más tiernos versos. Los créditos llegan suaves y la emoción imperante está hecha de preguntas que buscan aclarar ¿cómo se puede narrar algo tan hermoso en tan pocas palabras? ¿Puede tanta violencia provocar semejante estado de paz?

 Principales mudos y secundarios con voz deviene praxis estilizada, sello de autor para perfilar ese particular universo donde Hierro 3 (2004), Samaria (2004), Time (2006) y Pietà (2012) entre otras comparten la concurrencia del absurdo, la posesión, la soledad, el sacrificio, el castigo, y hasta profundas reflexiones filosóficas cifradas a partir del imaginario budista. Kim Ki-duk es, por otra parte, el bardo cuya religiosidad no homologa lirismo con mojigaterías ni se anda con segundas cuando corresponde escena profana: retorcidos desnudos incestuosos y tres penes cercenados en una misma película así lo confirman. Puede ser grandilocuente a la manera de un Akira Kurosawa si se lo propone. El largometraje que lo prueba lleva el nombre de las cuatro estaciones. 

Su compatriota Chan-Wook Park perpetúa desde otra estética la idea del laconismo cultural de Oriente sin ir a los extremos de Kim. Quien se someta a su ‘‘Trilogía de la venganza’’, por ejemplo, y conozca la solemnidad con que se experimenta el dolor que deriva de una pérdida, podrá pensar que Occidente es una escandalosa gallina que precisa de un poco de ese maravilloso silencio.

Con el filme Oldboy (2003) Park desarrolló su segunda tesis sobre todo lo referente al sentimiento humano del desquite. El resultado fue una bomba total que amenazaba cualquier tentativa de etiquetamientos. Un hombre es secuestrado y confinado en una habitación por más de un decenio. Una vez libre dispone de cinco días para averiguar qué rayos le pasó. Su carismático captor es en materia de casting el gran logro de la película. El protagónico se parece demasiado a un Jackie Chan fumador y desaliñado. El hilo narrativo está lleno de nudos que otorgan un tempo policial surcado por acciones disparatadas que no dejan tomarlo en serio. La cinematografía es muy cuidada. Hay belleza pero hay gore, hay un presente demasiado sujeto al pasado, y flashbacks que no ralentizan la cuenta regresiva. Solo cuando ha corrido la sangre a ríos el espectador cae de bruces con un par de verdades. El villano es un amante incestuoso que sufre demasiado y busca la venganza más retorcida posible. Recurre a la tecnología flotando en un mar de paciencia so riesgo del fracaso y de un azar que arruine lo que por años ha calculado de forma milimétrica. Debe consumar la obra de su vida solo por hacer que su presa lamente para siempre el haber nacido. Cualquier defecto posible derivado de un experimento tan riesgoso por aglutinador puede ser condonado si se espera paciente el momento de anagnórisis que parece concebido para hacer al público darse un chutazo de salbutamol, salir a fumar, desear que exista un botón de pausa… Esta película océano, hibridación de lo mejor de varios géneros del cine, llevó a Tarantino a presionar por el máximo galardón de Cannes que no llegó nunca, quedando Oldboy para un Gran Premio del Jurado que le quedaba chiquito. Un Spike Lee aun extasiado reclutaría años después a Josh Brolin para hacer la prescindible versión americana.

Mencionado ya el magnum opus de Bong Joon-ho llama la atención que un logro fílmico de la dimensión de Parasite no derive de obras precedentes que dibujasen un gradual ciclo de madurez temática. En todo caso, el filme lanza una parábola hasta el cambio de siglo y eleva a su máxima expresión la forma de hacer iniciada con Barking dogs never bite (2000), la primera que escribió y dirigió. Ambas comparten, en calidad de trasfondo, ese universo realista y colmado de personajes patéticos de corazón más o menos limpio que incurren en malas acciones cuya crueldad a menudo es acto ante todo risible y luego lamentable. Su thriller policiaco Memories of murder (2003) tampoco se desmarca del ‘‘Efecto Bong’’, característico por dibujar una gran carcajada en el espectador con el disimulado fin de irla transformando en una mueca de preocupación conforme la historia avanza hacia el desenlace. The Host (2006), Snowpiercer (2013) y Okja (2017) pueden entenderse como una escuela necesaria, en tanto la versatilidad demostrada en los géneros fantástico y Ciencia Ficción quedó fuera de toda duda. En su caso específico, explorar la creación por el camino de las superproducciones y los elencos caros the Hollywood way no supone pecado alguno siempre que se regrese con algo de la talla de Parasite, templo que debió envejecer inmaculado un tiempo más, y del que ya se avizora una miniserie, para bien o para mal.

Otro texto del autor

Cine coreano. Cine coreano. Cine coreano. Cine coreano. Cine coreano. Cine coreano.

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  • Red Label, el café con su justa dosis de chícharo, cigarro suave o fuerte según el día. Descubrí que aun puedo hacer diez planchas la semana pasada.

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