Cultura

Babalawo frustrado, infanticida experto, creador feliz

Por: Arian Rubio

Autocomplacencia, sello de autor, provocación, guerra sin cuartel contra el público afiliado a la onda Green Peace, acentuación de la circunstancia dramática, ganas de joder… son solo algunos de los posibles móviles que pudieran excusar el casi obligatorio sacrificio animal presente en la filmografía de Michael Haneke. Divierte imaginarlo vagando por estos parajes, próximo a asistir en calidad de observador participante (pinta de antropólogo no le falta) a una ceremonia de santería en el más pintoresco solar de Guanabacoa. Habría que violar, por singular excepción, cuanta regla exista en el universo Yoruba con la finalidad de darle un gustazo a este raro espécimen, mezcla de José Martí y Saruman el blanco. Total… ¿Qué no se ha hecho aquí para complacer a un yuma? Sentado en un rincón, aturdido por cánticos nigerianos que se repiten en boca de mujeres rollizas llenas de collares y sudores ácidos, degustaría un incesante ritual de decapitaciones, atracción hasta entonces imposible de reservar como experiencia de Airbnb. La sangre salpicándole los zapatos, el olor a plumas y cagadas de chivo le van robando el apetito. Una docena de cabezas sangrientas al pie de ídolos de madera embarrados de miel, vasijas con voraces piedras sagradas, cabezas de chivos, pollos, jicoteas, gallos… Algo apendejado, se va a tomar una siesta y piensa que, en efecto, a veces se puede ir demasiado lejos, incluso para satisfacer la sed de los dioses propios.

Al cineasta austríaco su dios particular parece exigirle sacrificios también. Filme suyo que se respete hará estragos en la fauna doméstica, tarde o temprano. La transgresión de su estilo llega a tal punto, que usted puede empezar un filme y apostar juguetonamente con la novia a ver qué tan pronto llega la escena esperada. Antes del minuto 20’. ¡Antes del 30’! Hagan sus apuestas: y el que pierda friega. Si para su consideración se le va la mano, recuerde que el creador siempre estará en todo su derecho a decir: me da mi reverenda gana, ponte una de Woody Allen, donde los personajes sufren calamidades tremendas, como no recordar el nombre de una pintura impresionista. Chucho aparte, no parece imprudente cuestionarse un poco la pertinencia del sacrificio animal, aparentemente justificada, en cada una de las obras del creador que nos ocupa. ¿Tiene siempre algo que aportar la imagen de un animal que sufre? ¿No teme el creador hacer de la escena un comodín? ¿Le importa un carajo repetirse? ¿Es eso lo que suele llamarse ‘‘estilo’’?   

Si sirve de algo, a los humanos no les va ir mejor. A muy poca gente le va bien en una película de Haneke, en honor a la verdad y a propósito de una palabra clave: realismo. La vida nunca ha sido rosada, la vida real está tan lejos del rosado como pretende estar el creador del cine que sabe qué no debe hacer. La fuerza tremenda de sus imágenes y lo retorcido de los argumentos, cobran doble originalidad por meterse con el mundo infantil, lo que muchos pueden ver como ‘‘víctimas sagradas’’ y quedar descolocados, y pensar seriamente en levantarse de la butaca antes que se ponga peor la cosa. Tomaré de ejemplo Der siebente Kontinent (1989), Benny’s video (1992)Funny Games (1997)Le temps du loup (2003)Caché (2005), Das weisse band (2009) y Happy End (2017)

En su primer largometraje, el cineasta abordó el suicidio masivo como proyecto de familia, dejando claras las directrices de lo que se venía en el futuro. Por un lado, se delinean los arquetipos atractivos para el autor, a la vez que pone en jaque (o en jaque mate) al entorno familiar burgués por factores en su mayoría internos, temática que se hará recurrente en el autor, como si de una gran e inacabada tesis se tratase. Por otra parte, comenzaba a moldear ese fenómeno maravillosamente trágico, ese retorcido arte de hilvanar (de las más variadas formas) los sustantivos niño-muerte, tema escabroso de tocar en otras latitudes, o al menos tratado guardando formas y convencionalismos. En el caso anteriormente descrito, podemos ir anotando una primera víctima no adulta de pelo rubio y tiernos ojos verdes, y como complemento religioso paralelo, la muerte por asfixia de cada uno de los habitantes de una lujosa pecera burguesa dotada de ‘‘todos los hierros’’, hobby disfrutado por la pequeña.  

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Tres años después asoma la cabeza al misterioso mundo infantil, desde un personaje victimario y otro en calidad de víctima, para no variar, y créditos necesarios a la actuación gélida del pre-adolescente Arno Frisch, que da uno de esos papeles que le vino que ni pintado. Aquí asistimos al más justificado de los crímenes de fauna «hanekianos», en tanto un cerdo es el gran detonante de todo lo que sucede, o la documentación casera de su rápido sacrificio, más bien, luego vista hasta el cansancio por la sedienta cabecita psicopática de un menor de edad, que a saber en qué hubiera parado de haber presenciado el lento y macabro fin de tantos cerditos cubanos que han padecido corrientazos, mandarriazos y puñaladas de sondeo mal dadas con motivo de buscar ese secreto ángulo por el cual el corazón queda partido a la mitad, propiciando así una muerte rápida. Y todo para que no falten nunca los chicharrones que usted se come en las celebraciones de fin de año. Especial atención merece la culpabilidad de los padres del psicópata en potencia (al director parece divertirle llenar a sus personajes adultos de una culpa pasiva y patética), que por un lado sufren la consecuencia de no supervisar los materiales audiovisuales que entretienen a su retoño, y por otra encubren el infanticidio perpetrado por su chamaquito que hasta ayer tenía tremenda cara de comemierda. Una compañerita de escuela, una rubiecita rarilla ahí.

Ya en 1997 se le va la mano. En 1997 este tipo se acabó de botar con la película más cruel de la historia, y fue también de la mano de un Arno Frisch cuya actuación hace recordar esas codas del ballet en que lo más difícil y aparatoso se percibe hecho sin el más mínimo esfuerzo. Poca gente puede negar el morbo de haber leído pelo a pelo la historia de un crimen horrendo. Tú tampoco, reconócelo. Se puso de moda hace rato, se hizo cultura de la mano de Rodolfo Walsh y Truman Capote. Verlo en pantalla, sin embargo, invita a un ejercicio de estómago inaudito, a un tour de force que termina por cagarse en Hollywood y en los cánones narratológicos cuya matemática tiende a dictar que al bueno, tarde que temprano, la suerte le cambia y hay que darle un break. ¡No! ¡Nereida! Saldo final: todos los protagónicos, mamá, papá, nené y perrito, torturados y asesinados. Al bueno, ni un tantico así. 

En 2003 desarrolla un proyecto post-apocalíptico en la clave hiperrealista que ya caracteriza su estilo: nada de zombies aquí. Y no es por seguirle la corriente al grueso de la crítica que relega esta cinta a lo peorcito del autor, pero es que realmente la perra puñalada que le dan a un caballo en el medio del pecho esta vez luce forzada, metida a la cañona en tanto escena del último cuarto de película, y no parece aportar mucho más que un susto y una impresión demoledora, pero solo eso. 

En 2005 llega uno de sus más aclamados filmes, y puede vislumbrarse un momento de madurez creativa. A partir de aquí el autor problematizará con mayor ahínco cuestiones ligadas a fenómenos históricos y sociales del tipo colonización, xenofobia, racismo, culpa colectiva y vergüenza histórica. Una cosa no quita la otra: a modo de cojincito, uno de los núcleos de la historia está ligado a la decapitación de un gallo y la inculpación de un inocente que ya tenía bastante en la vida. Jode un poco que un filme de tanta metatranca como demostró tenerla este, banalice en el animalito tan rápido y no dé una vuelta más elaborada en torno al desencadenante del conflicto. 

Año 2009, le da por el monocromatismo. La va a echar en blanco y negro, profunda, y será su película más intelectualmente elaborada. Filme en que retumba el eco del signo yoruba Iwori Bofún, signo de sangre y de muerte, donde los niños no hacen lo que los padres dicen, porque los padres a veces son hipócritas y no predican con el ejemplo, lo que genera a menudo esa predisposición que hace temer al niño y subvalorar al adulto. El niño es la cosecha malograda y culpable de lo que ocurrirá en el futuro. Llena de intríngulis semiótica en torno a la religión y la moral, no escatima esta cinta en crueldad contra los infantes, ni qué decir de los animales porque no ha transcurrido el minuto 1’ y ya hay un corcel desbocado comiendo polvo, y se crucifican periquitos a domicilio, y se perturban niños con Down…Y no es que al director le molestase seguramente, con una Palma de Oro en mano, pero a un servidor le hace cierta gracia saber que su mayor producción perdiera en los Oscars a mejor extranjera contra El secreto de sus ojos.

Hace cuatro años salió Happy End, que en su ambigüedad sugestiona al espectador y le crea esperanzas de ver una historia al menos medianamente cruel, o acaso una historia donde el animal tenga su venganza contra el hombre, y no hemos llegado al minuto diez cuando envenenan al hámster con pastillas antidepresivas. Por otro lado, gracia tiene el juego de espejos y sombras que se cierne sobre la trama, porque acuden personajes arquetípicos tan familiares y parecidos a los de otros trabajos anteriores que parecen estar viviendo una segunda vida o lo que pasó después de los créditos. Ahí está el adulto inmaduro obsesionado con el sexo, la niñita deprimida que piensa en suicidio, ahí está el viejito que confiesa haber matado a su mujer postrada en un acto de compasión y amor, ahí está la macro-lectura posible al estilo del gran Krzystof Kieslowski, problematizando esta vez sobre refugiados vs. ricos y el enorme abismo entre ambos, y ahí también está el guiño a la obra propia, como si se estuviera despidiendo de sus personajes favoritos en íntima celebración. 

En los predios del séptimo arte, Haneke campea entre cadáveres y premios, sonriente, sarcástico, dando malos ratos a sus entrevistadores, aduciendo una felicidad que mucho contrasta con la oscuridad de su cine, luciendo ese halo de intocable ganado a golpe de porrazos visuales. 

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Autor

  • Red Label, el café con su justa dosis de chícharo, cigarro suave o fuerte según el día. Descubrí que aun puedo hacer diez planchas la semana pasada.

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