Cultura

Los paradigmas de la audiencia

Por: Ulises Padrón Suárez

La polémica declaración de Chocolate autorreconociéndose como El Benny de estos tiempos ha sido motivo de reacción exagerada. Chocolate es un cantante de reguetón que hiperboliza constantemente sus epítetos, característica del movimiento urbano. En tuíter aparece como el presidente de la República de los reparteros y recientemente escuché autotitularse el Dios del trap. Va subiendo la nota y aunque parezca risible constituye estrategias de legitimación en un medio altamente violento desde el discurso, en el que sus colegas responden con igual mayéstatica distinciones. ¿Alguien recuerda el Bolígrafo de la República? Pues Chocolate no ha inventado nada nuevo que otros no hayan hecho.

Borges decía que “cada escritor [creador] crea sus precursores. Su labor modifica la concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Chocolate tiene todo el derecho de verse como El Benny de estos tiempos si eso modifica la comprensión de la herencia cultural a la que pertenece. Este dato no es menor. En otras ocasiones ha reconocido deudor del reguetonero Elvis Manuel, a quien su temprana muerte conmovió a sus seguidores.

El otro gran escozor de sus detractores es que olvidan que el cantante tiene un público numeroso, de varias generaciones, a quienes les habla en la misma lengua y sus canciones convierten en himnos. Cuando sacó el tema “Soy negro…” que contiene dispositivos de racismo internalizados (negro y feo) pero del que emerge (asesino/amante viril) en las lides del amor/relaciones sexuales, sobrerrepresentando los genitales masculinos como atributo para la atracción amorosa. A alguien le sorprende esto, cuando los estereotipos de los hombres negros se expresan en correlación a la virilidad y tamaño del pene. ¿A quién le sorprende que para el hombre negro estar con mujeres blancas es síntoma de éxito social? Pues en la lógica racista en que Chocolate crea ha encontrado sus mecanismos para salir adelante en el género de reguetón, como se triunfa en la Industria, apelando al sexismo, la violencia, a la objetualización de las mujeres.

Chocolate, Benny Moré

En el animus de los censores de El Chocolate subyace un racismo, que solo unos pocos blanqueados pueden otorgar quiénes o cuáles son las herencias culturales de cada cual. No olvidemos que el conocimiento musical del artista es autodidacta y procede del barrio. Desde allí canta y al lugar al que regresa en sus canciones. Sin embargo las distancias con El Benny, como músico no son tantas como quisieran aparentar. La música que este produjo con su singular maestría, de manera autodidacta, el carisma de su personalidad y el amor del público asoman los vínculos entre ambos cantantes.

Por otra parte, la música es un hecho vivo aunque la institucionalidad nos quiera dar formas cristalizadas, como el son montuno, y afirmar rotundamente que allí está la cubanidad. Sin comprender la complejidad y la performance que se obtiene en cada época reescribiendo lo que es música, sin enterarse que las audiencias cambian y con ella los paradigmas.

El suceso de Abel Prieto y Osmany García, la prohibición del “Chupi chupi” atrajo a más personas a escuchar la canción. Que el reguetón no se trasmita por los medios oficiales no desdibuja el prestigio y cercanía con el su público. La muerte de El Dany y los miles que estuvieron en la vigilia a pesar de las restricciones a causa de la pandemia ilustran la singularidad del fenómeno. En otra perspectiva, y con la ironía propia, afirma Iván de la Nuez que “en los últimos treinta años no se puede hablar de política sin el reguetón”. Cuba no se entiende completamente si soslayamos ese género sino quiere reproducir vacuidades, porque la identidad nacional se reconstruye también desde los márgenes. Donde lxs negrxs fexs tienen que reinvertarse para sobrevivir y en el que la música es una estrategia de resistencia.

En el descaro performático de El Chocolate El Benny revive, es un hecho y un derecho buscar y encontrar los padres tutelares.

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