Cultura

El último samurái en su centenario

 Por: Arian Rubio 

–Pon algo bueno ahí, y nada de pellejo, que yo soy tu abuelo. Déjame coger los cigarros.

Me río. Él se ve serio, pero sé que bromea. Siempre bromea. Le pido uno a su regreso y enciendo. Son tres carpetas: colección, pendientes, y en veremos. Casi todo lo que tengo de Bergman lleva buen rato en pendiente y he pensado mudarlo para en veremos. Imposible chocar con Bergman a esta hora de la madrugada. Algo en blanco y negro ahora mismo es fundir. Con mi abuelo el clave sería ponerle El Padrino, que la ha visto ciento setenta veces y yo noventa y cuatro, pero nunca juntos, y por los comentarios que le he escuchado, tiene una apreciación formidable de la trama. No la tengo aquí a mano. Sigo buscando. Fincher sería algo para ver con un abuelo, o con un puro, tiene lo necesario para devorarse cualquier audiencia. ¿Fincher o Villeneuve?

–¿No te cuadra que ponga algo de Kurosawa?

–Pon lo que te dé la gana, hijo… ¿Cómo fue?

–Kurosawa, el animal de Japón.

Se me queda mirando en silencio. Tiene la vista cansada. Si pudiera saber lo que está pensando diría que intenta descifrar cuándo el tiempo pasó tan rápido que yo dejé de tener cuatro dientes para desvelarme y fumar a su lado, y conocer películas de su tiempo.

Pondré Barbarroja, que el propio director resaltó de su filmografía en entrevista con García Márquez a propósito de correlaciones de literatura y celuloide. Pierdo algunos minutos sincronizando los subtítulos, adelantados unos diez segundos. Me quedan en talla. Le pongo café a mi abuelo y nos concentramos en el filme, y el humo azul de los cigarros se mezcla con los tonos grises de los primeros planos. Barbarroja (Akahige) (Aka-rojo, Hige-barba) es la última película que Mifune hizo con Kurosawa, por allá por 1965. Mis padres no habían nacido. La película no tiene nada que ver con piratas, por mucho que el título tiente la imaginación. Un joven médico con ínfulas de sabelotodo y poca experiencia práctica comienza a trabajar bajo las órdenes de otro médico de gran veteranía y barba colorada, conocido también por su temperamento explosivo.

Abuelo llega despierto al minuto 45’ y asistimos a un fabuloso descubrimiento. Mi primer par de tetas en la filmografía de Akira. Al discípulo de Akahige, que se llama Yasumoto, le toca ver en un mismo día su primer muerto y entrar en su primer quirófano, donde su jefe sutura a sangre fría un corte profundo en el vientre de una chica. La escena es mucho más que el disfrute de unos pechos turgentes en movimiento. Los ojos vendados de la joven, los brazos y piernas amarradas, y la lucha ondulante que opone el torso en su agonía, se la paran a cualquier loco con fetichismo BDSM y necrofilias y tallas escatológicas.

–Tremendas tetonas. Tu abuela las tenía así de paradas. Yo nunca me templé una china.

–Yo tampoco hasta ahora. Tienen las tetas bonitas, sí.

El estudiante acaba por desmayarse después de un patético intento de ayuda, donde es dominado por dos miedos: al cuerpo femenino, y a su poco estómago como médico. La audiencia se queda con la duda de cuál de los dos le provoca el desmayo. Este uso de la descripción psicológica por omisión reivindica a Kurosawa como el tigre que fue. Son tres horas. Mi abuelo y yo cabeceamos por intervalos. Termino de verla en dos sesiones, ya estando solo de nuevo. La estructura ayuda a ello cuando en el minuto 111’ se da un fade to black precedido de seis minutos de una composición hermosa y depuradora con aire de obertura, que tributa al sutil encanto de estar asistiendo a una ópera en dos actos. La pantalla da imagen de nuevo en el 117’. ¿Qué coño le pasa a este filme?

Aprovecho el intermezzo para reconocer que aquí hay homenaje al estómago, a la entereza de los buenos galenos que ofician por vocación y no por dinero ni regalitos. Hay una lección poética y moralizante de humanidad. Un canto de esperanza para viejos tuberculosos, sarnosos, prostitutas y niños hambrientos por igual. Palpable también es la devoción a la grandilocuencia operática y en menor medida al teatro Nō que tanto le atraía al director y trata más de cerca en cintas como Kagemusha (1980), ya sin Mifune y con el buen Tatsuya Nakadai de frontman. La duración de Akahige, el corte entre actos, la música, el drama… Uno termina de verla y es como haber leído una novela de trescientas páginas. Tiene muchísimo sabor a novela. ¡Qué final de lujo para el binomio creativo Kurosawa/Mifune!

II

Se conoce que Kurosawa versionó clásicos occidentales a la manera japonesa. Su interpretación de la obra de Shakespeare dio lugar a la trasmutación de Macbeth en Castillo de sangre, King Lear en Ran, y Hamlet en Los malos duermen bien, todos grandes títulos que contribuyeron al cartelito de occidentalista que le colgaron algunos de sus contemporáneos más tradicionales. Se diría que no estaban del todo errados, aunque las ironías de la vida hacen que Yasuhirō Ozu, el más ‘‘autóctono’’ según ellos fuera, irónicamente, otro fan confeso del cine norteamericano. No obstante, cada vez que Kurosawa volcó sus ojos al terruño se dio la presencia de algo más, algo innombrable, posiblemente ligado a la no existencia de barreras culturales y lingüísticas. Es grande el consenso de los que hallan en Rashomon (1950) la puerta dorada del cine japonés, y esa nace de par de relatos de su paisano Ryūnosuke Akutagawa, el autor de ese cuento maravilloso protagonizado por un hombre ingenuo que quiso ser Sennin y lo logró. Con Barbarroja ocurrió algo parecido, esta vez con los relatos de Shūgorō Yamamoto, que se oponía a llevar a la pantalla grande su material y sucumbe a la perseverancia del maestro, alegando luego, para colmo, que la película era incluso mejor. Intriga saber qué más puede haber pasado en ese rodaje de Akahige. Se intuye cierta tristeza no actuada en ese Mifune de ojos cansados, barbudo, taciturno, que aquí es una fuerza telúrica por omisión, un personaje que irónicamente da título a la cinta pero que se pierde en ella todo el tiempo en calidad de co-protagónico, apareciendo lo necesario y de manera impecable, como en ese minuto 108’ en que desbarata a una banda de pendencieros a mano limpia: una escena de aguántame el planchao’, una secuencia de bonificación a ese público que, acostumbrado a esperar los katanazos, se comprometía ante este drama lento y le llega su catarsis con los huesos que Barbarroja quiebra aquí y allá en fracciones de segundos, sin esfuerzo, para luego pasearse entre sus víctimas y calcular fríamente todo el trabajo que se ha echado arriba cuando tenga que curarlos. ¡Ah, esos cariñitos que se permiten los directores con los fans! Esos mimos violentos…

El pasado abril fue el centenario del último samurái, hombre que al parecer no era jamón, y de tanto temperamento dentro y fuera del set que malogró su primera audición. Se ha hablado de katanazos tan rápidos que la cámara no lograba captar a veces, de cierta callada depresión en el ocaso de su carrera producto de traiciones en el propio gremio cuando inició su productora independiente. De un largo y lento crepúsculo sin mayores momentos de brillo. No importa nada de eso ya. Si nos pusiéramos un poco categóricos, diríase que no hubo Kurosawa sin Mifune. Si de paso hay que ponerse cronológicos, sépase que no hubo Bruce Lee, ni Jackie Chan, ni Jet Li sin Mifune, el primer gran héroe asiático del séptimo arte, y un samurái con tanto carisma que hacía cine de solo pisar la tierra.

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  • Red Label, el café con su justa dosis de chícharo, cigarro suave o fuerte según el día. Descubrí que aun puedo hacer diez planchas la semana pasada.

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