Cultura

Eusebio

Eusebio Leal. 
Por: Jorge Fernández Era 
En menos de una semana se nos han ido dos poetas. Este último nunca estuvo consciente del poema que nos regaló con su vida, con su presencia, con esa tozudez de no aceptar que fue grande.
No debemos reducirlo a cada edificación que logró renacer con su obra. Las construcciones quedan o fenecen, pero el ser humano que las habita o realza su función social es al final lo que cuenta, y Eusebio Leal vivió con su gente, sufrió sus angustias, gozó sus alegrías, criticó sus desatinos y soñó con un espacio para mejorar la vida.
Pocas veces un hombre ha unido con su verbo a tirios y troyanos. Quién que luche por una humanidad más digna no inclina su frente ante la inmensa voluntad de este ser que derribó muros para levantar los que era menester mantener.
Tuve la dicha de asistir a no pocos conversatorios suyos en aquel entorno que conocía como nadie. Me quedaba atónito, como el de al lado, el de atrás o el de adelante con esa forma tan sencilla de demostrar su sapiencia, de relatar la historia y hacernos latir con ella, de comprender la cultura y sus complejos procesos. Había que concentrarse para oír su voz y leer al unísono el movimiento de sus manos. En una conferencia de prensa me asustó descubrir que quien se había sentado como uno más a mi lado, eludiendo todo protocolo, era él, el Historiador de la Ciudad, el culpable de tantos asombros.
La vida me dio la suerte, el honor inigualable de editar dos de sus libros, de beber de su prosa antes de que fuera letra impresa. A ambos, a la vida y a Eusebio, les doy las gracias de haber vivido para oírlo, conocerlo, admirarlo y quererlo como ese padre que está ahí para enseñarnos la bondad, la decencia, la ética y la humildad, sí, la humildad.

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