Cultura

Divinos demonios

Por: Sender Escobar

Sobre el gusto musical en la actualidad y los géneros más consumidos por el público, se ha extendido la  polémica del reggaetón. El desdén expresado en  varios espacios culturales a los que he asistido  me han llamado la atención sobre dos aspectos: en estos lugares he sido muchas veces el único joven de los asistentes; la animadversión declarada y ofensiva hacia el género  urbano  llamado reggaetón.  En uno de estos espacios, específicamente en el Centro Dulce María Loynaz los segundos miércoles de cada mes, antes de la llegada del  COVID a Cuba, el historiador  y  periodista Ciro Bianchi Ross desarrolla una peña   llamada Gentes y Lugares de La Habana donde  invita a personalidades de la cultura cubana  a  un intercambio  ameno con el público.  La última vez que asistí, Ciro invitó a la musicóloga  Elsida González Portal, quien expuso las estrategias de la industria musical cubana y sus enfoques en la actualidad en el mercado digital y la búsqueda de nuevos públicos.  En medio del intercambio con los asistentes, uno de ellos expresó  su opinión nada alabanciosa sobre el reggaetón, además de una propuesta para su erradicación:

-Dicen que entró por Santiago, así que vamos a  ver si por ahí mismo lo sacan.

Por supuesto, el reggaetón es un agente invasor y una contra ofensiva es la manera idónea de arrasar con un mal que corrompe a la juventud y da paso a expresiones antisociales que son incompatibles con  la idiosincrasia del cubano.  Sinceramente, ese día faltó poco para que aquel señor declarara al susodicho género urbano: Agente del enemigo y obvia manifestación de diversionismo ideológico, porque fue introducido en la Ciudad Héroe y alguien muy malvado, sin dudas, intentó resquebrajar nuestra identidad.

La invitada hizo gala de sus conocimientos  y experiencia  argumentado sobre  otros matices expresivos del público que en su mayoría escucha, baila y disfruta de este género. Temas que a la  hora de satanizar al reggaetón no son tomados en cuenta, como el grupo etario, ni la expresividad iconoclasta o simplemente poco habitual, para quienes clasifican a esta música como desechos en el mejor de los casos.

Jorge Fornet y Ciro Bianchi en el espacio Gentes y lugares de La Habana. Fuente: UNEAC

Sobre las clasificaciones  e interpretaciones polisémicas del arte, el programa Lucas ha devuelto un espacio crítica de audiovisual que, en lo personal, me parece necesario para la comprensión de códigos que no domino como espectador y para buscar coincidencias en ciertos materiales audiovisuales de artistas que admiro. Dicho espacio es conducido por Yuris Nórido Ruíz, a quien considero un comunicador muy coherente e incisivo  sobre  aspectos culturales de importancia para nuestro país. Pero como ser humano al fin, encontré dos puntos de discrepancia en  sus opiniones. 

El primero, es sobre la consideración crítica de que si el videoclip es arte o no. Mientras hacía su comentario, en breves segundos pasaban fragmentos de videos que continuaban la línea sobre lo que expresaba, en este caso específico, mencionó la calidad visual del videoclip que logra su cometido como herramienta comercial, pero luego abordó sobre la pobreza temática del argumento y en ese instante colocaron una parte de la canción Muchacha colaboración de Becky  G con Gente de Zona. O sea, a mi modo de interpretar, es que simplemente el argumento textual del reggaetón en el caso expresivo goza de una pobreza abundante por no aportar sensaciones o dar paso al énfasis semiótico sobre lo apreciado y, por ello,  es despreciable en el sentido interpretativo para la crítica audiovisual.  

Lo segundo y hasta ahora última discrepancia, fue en la presentación del vídeo de Harold López- Nussa y Randy Malcolm: Jazzton, dirigido por Joseph Ross.  En su comentario introductorio, Yuris hablaba sobre la sugerente manera de mezclar ambos géneros como un divertimento entre Joseph y Harold, catalogando el tema de en cuestión como maridaje entre el Jazz y Reggaetón. Argumentos con los que estuve de acuerdo, así como con las varias apreciaciones particulares sobre la rítmica de la canción, pero el motivo de mi discordancia no fue en este caso sobre la apreciación visual o musical, si no en la omisión. En los minutos dedicados al análisis del tema Jazzton no recuerdo haber escuchado una sola mención al otro artista con quien Harold compartía escena: Randy Malcolm. ¿Por qué la omisión de Randy, si habló de Harold como intérprete y Joseph como director? ¿Al mencionar a un reguetonero como colaborador musical de un talentoso jazzista la calidad de la crítica disminuía o simplemente Randy Malcolm era un complemento prescindible de la canción?

En favor del tema y la colaboración destaco:   la química escénica y musical de Harold con Randy; la complementación rítmica de dos géneros musicales de origen social común: la marginalidad; y por último, la habilidad como instrumentista de Randy Malcolm, el artista omitido en la presentación del videoclip.

Aunque el Jazz se haya convertido  en una música consumida por élites,  sus orígenes humildes en New Orleans y Luisiana no lo hacen un género ni despreciable, ni menor, atendiendo también a la evolución, influencia e integración y viceversa, del Jazz con otros géneros musicales, en este caso específico, el Reggaetón,  mucho más cuando tiene una génesis similar en diferentes épocas y contextos. 

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Pienso que la subestimación hacia lo popular muchas veces crea estigmas culturales que se asientan y sirven de base para expresiones segregacionistas que, en la foribundez de un desacierto, no tienen en cuenta esa otra parte de la sociedad que se identifica con un género  urbano o la simple omisión de un reguetonero  en una reseña crítica en televisión se transforma en un modo de invisibilizar a quienes lo defienden.        

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