Cultura

Todos los trenes pasan por Omaja

Por: César Fraga

Se puede vivir en la anchura de unos 14 versos, y esto se hace verídico a través de la voz poética de Adalberto Hechavarría. La editorial San Lope, en pleno 2019, llena de dicha a todos los lectores al volver a reeditar y ampliar el libro ¨Todos los trenes pasan por Omaja¨.

En su construcción, es un libro consagrado totalmente al soneto, y en este campo, presenta infinitud de poesía. Las formas en este cuaderno llegan para exacerbar la poética y no para lastrarla de incomprensiones y arrogancias. Aquí las formas que se buscan, se encuentran, se desparraman con una exactitud impecable. Así aparece  todo el soneto ¨blanco¨ en  el poemario, donde los versos en endecasílabos, perfectamente concebidos, se estiran por todo el renglón como verso libre, y con esa  pasividad y dulzura que logra al oído el poeta, el lector nunca llega a echar de menos  rima alguna. En cambio, concibe el verso como un corcel muy blanco, galopando por cualquier zona apacible y verde de Omaja. Ese corcel visitó reiteradas veces al poeta, para que de su voz saliera esa transparencia sonora entre el soneto y la poesía de lo cotidiano.

¨Todos los trenes pasan por Omaja
y yo desde el portal contemplo el humo
que ennegrece el azul como un brochazo
y se expande nervioso por el cielo.

Bajo la vieja luz de este domingo
me voy con el pitazo a los confines
y regreso a mi cuerpo por instantes
como un intermitente desamparo.

Alguien tal vez, desde una ventanilla,
prefiera mi sosiego y se quedara
en esta mecedora, pensativo.

Mientras cruzo el umbral de la distancia,
en un próximo tren, que vendrá como
un ligero reptil entre los rieles. ¨

El anterior poema, ¨Los trenes pasan…¨ llega a ser la columna vertebral del libro, no solo por el título del cuaderno, sino porque es el arroyo del cual todos los poemas vienen a beber. Ahí se bañan de un discurso rural, pacífico, de convivencia, en el que coexisten la luz y la propia muerte en total serenidad, y el ritmo de la vida es inquebrantable, como el ritmo de dichos sonetos.

Este poema, sin duda alguna, es de los grandes poemas del libro. Es uno de los que, una vez aprehendido, será imposible despegarse. No solo por su evidente alto vuelo, ni su ritmo único; tampoco porque después de los adverbios relativos se vengan unas sílabas que, de tanta poesía, harían temblar cualquier catedral  con su lectura. Sino porque el poeta hace un himno de sinceridad y, al entrar en ese estado colmado de poesía, se eleva un obra que describe la inmediatez de una  tarde con precisión de cirujano.

Solo hay algo que le debe la cultura cubana a este poeta, y es que, desgraciadamente, esta obra no pueda llegar a mas lectores. Especialmente en el occidente del país, donde Adalberto Hechavarría es conocido por no pocos escritores, pero poco por los lectores. Para esto (a mi juicio) llega la nueva edición, para que la novísima tinta venga con mas reverberación y no se pierda este libro singular e imprescindible. También para agradecer las no pocas obras críticas que la defienden, incluyendo el prólogo, donde Roberto Manzano señala:

¨Los que lean sin prejuicios, porque no tengan a menos que sea poesía escrita en pautas y corra en cada línea un lenguaje asociativo natural, disfrutarán del finísimo acto estético que este libro constituye, la callada jerarquía que posee, sin agresividades ni transgresiones baldías.

Hay aquí más valores artísticos netos que en otros libros que en nuestro medio he visto pasar por iluminados y novedosos…¨ Manzano (El canal, marzo de 2019)

Una vez leído, será imposible desprenderse del libro y, cuando al fin la lectura voraz despedace una y otra vez el cúmulo de poemas, cuando por las manos del lector se pueda controlar cada suceso de esta zona tunera, solo se deseará que siga pasando el soneto por Omaja, como un ligero reptil entre los rieles.

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Adalberto Hechavarría, poeta

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