Debates

Debates trans en Cuba: desinformación, transfobia y otros errores en el c(s)istema

Hay gente cis que se arroga incluso el derecho de evaluar y dictaminar quién es trans y quién no, qué es transfobia y qué no. ¿Cómo que una mujer trans lesbiana? ¿No se supone que le gusten los hombres y por eso “se haya convertido en mujer”?

Por:  Mel Herrera

Este texto fue publicado originalmente en la plataforma 11M y se reproduce con autorización de su autora

I

Si toda la fuerza que se está destinando en Cuba a los debates en las redes en torno a las personas trans, para invalidarnos, desacreditarnos y trivializar nuestras vidas y procesos, se estuviese dirigiendo hacia un interés y análisis de nuestras necesidades y derechos como ciudadanxs que somos, estoy segura que ante tanta presión ya tuviéramos en nuestro haber al menos el rumor de un posible anteproyecto de ley de identidad de género, un indicador de que se está trabajando o se trabajará en ella, una fecha, un espacio dentro del cronograma, un pronunciamiento esperanzador por parte de la institucionalidad. Un algo. Sé que puedo estar pecando de ingenua, pero pienso que un debate productivo siempre va a traer más ganancias que un debate estéril y malsano.

La consulta popular sobre las personas trans en nuestro país –presumiendo que en su momento se hará tal y como con el matrimonio igualitario– pareciera que se ha adelantado. No ha hecho falta que la Asamblea Nacional del Poder Popular anuncie su voluntad de legislar a favor de las personas trans y que dicha voluntad será sometida a consulta. No ha hecho falta. El debate está aquí. Ya comenzó.

En las últimas semanas hemos visto tomar impulso en las redes una ola de odio y transfobia camuflada de opinión y libertad de expresión. Un fenómeno que se ha desencadenado tras los controversiales tuits de la escritora JK Rowling y del cual nuestro en país no se ha estado al margen. Lo hemos visto. De las personas trans todo el mundo tiene algo que decir; algo siempre por encima de lo que decimos, pedimos y necesitamos los propios sujetos en cuestión. Desde intelectuales, escritores, periodistas, cantantes y, como de costumbre, fundamentalistas religiosos hasta amistades virtuales, gente cercana, con la que hemos compartido aula en la universidad quizás, en el Centro Onelio o en el Hispanoamericano de Cultura han defendido, replicado y hecho sus aportes personales a estos discursos transfóbicos. Y yo digo que después de todo va a haber que agradecerle a la Rowling. Si bien es cierto que provoca mucha impotencia ver cómo se debate tu existencia, estos discursos dan la medida de a qué tendremos que enfrentarnos, de por dónde van los tiros y cuáles han de ser nuestras respuestas y acciones. Observaciones sencillas que he hecho a partir de todo esto es que en Cuba, en 2020, hay gente enterándose apenas de la existencia de las personas trans y de nuestros procesos; que tenemos casi más amantes y defensorxs de la biología que del beisbol, denominado deporte nacional; que nos urge una campaña de alfabetización en temas de género e identidad, al menos unas pinceladas básicas; y que queremos opinar de todo sin prestar atención a nuestro sesgo y, por ello, sin importar que hagamos el ridículo.

Lo mejor de todo es que el fenómeno está siendo bastante entretenido. Ha sido muy fácil, y es un pasatiempo que me gusta, además, detectar patrones de comportamiento, arquetipos y silogismos, lugares comunes. Las opiniones y argumentos en contra de las personas trans han estado girando en torno a cinco grupos: 1) lxs que aluden a la biología; 2) quienes apelan al “plan divino” y exponen lo aberrante de ir contra este plan y contra natura; 3) lxs que cuestionan los fundamentos de la existencia de las infancias trans y mencionan la “ideología de género”; 4) lxs que nos hacen ver como extremistas que queremos someter y gobernar el mundo y tener más derechos que nadie; y 5) lxs “opinadores” por la libre, dueños y proveedores de opiniones no solicitadas y que ellxs mismxs enmarcan, junto con sus títulos, profesiones, publicaciones y premios obtenidos, como verdades universales.

Del primer y segundo grupos, muy poco que agregar. O mejor dicho, muy poco lo que agregan a estos debates. Les conocemos; son lxs que más nos tropezamos en las redes, y sus argumentos son los de siempre; argumentos que en más de una ocasión la propia ciencia ha desmontado, pero siempre habrá quien se resista y también quien no se entere de nada. La lógica de quienes caen dentro de estos grupos es: Dios creó hombre y mujer, y por tanto son categorías inmutables y biológicas; y diseñó al hombre para la mujer y viceversa, para ser complementos y para procrear. Por tanto, la anatomía es destino y está en función del plan divino. Cualquier acción que diga o demuestre lo contrario es ir en contra de la naturaleza, de la biología y del diseño de Dios. Si naces con útero tu destino es ser mujer, si naces con pene, hombre y si naces con ambos te vamos a mutilar uno y a asignar el género “correspondiente” al genital que hayamos preservado sin importar si mañana te identificarás o no con ese género; violación a la que han sido sometidas tantas personas intersexuales en los primeros meses de vida.

En su intento por invalidarnos sobre todo a las mujeres trans –pareciera que somos las únicas que habitamos en la “T”–, estas personas se esfuerzan en definir “mujer” con características biológicas y anatómicas (tener útero, menstruar, poder gestar) y reducirla a su genitalidad y su capacidad reproductiva, y sin embargo dejan fuera a muchas de las mismas que avalan como “verdaderas mujeres”, las mal llamadas “biológicas”. Siguiendo su lógica, podríamos poner en duda entonces el “ser mujer” de algunas cisgénero, ya que no todas cumplen con esos “requisitos”. Pero entendemos, a diferencia de ellos que nos hacen creer lo contario, que la biología no es tan sencilla. La diferenciación de las categorías sexuales en base a la morfología y la fisionomía es bastante complicada; no hay solamente personas con cromosomas XX y personas con cromosomas XY; existen otras múltiples combinaciones y, por lo que he leído, más de un centenar de tipos de intersexualidad. Cuando hablan de sexo aluden a los genitales externos que, al nacer, es lo único que tienen en cuenta, obviando la dimensión psicológica del “sexo” o identidad, y sin embargo hay casos en que después se descubre que la morfología interna es intersex, y que, como en las personas trans, la identidad no ha estado relacionada o influida por dichas características sexuales. Porque ningún género o categoría social puede venir predeterminado por la biología. En otras culturas existen más géneros de los archiconocidos hombre y mujer, y todos habitables en las mismas realidades corporales que conocemos; y por tanto este argumento biologicista además niega estas otras categorías sociales y a las personas no binarias.

Las personas trans somos conscientes de nuestra anatomía y de que algunas características sexuales son inmutables; más allá de tenerlas en cuenta para la atención a mi salud, ya que presuntamente hay enfermedades que pueden ser más frecuentes en un sexo biológico que en otro, o únicas para alguno, no veo razón para darles más importancia. Como performance del género me son inútiles tanto mis genitales, mi morfología, mi predominancia hormonal, mi fisionomía, etc.

El planteamiento de JK Rowling, y que coincide con el de las autodenominadas “feministas radicales” que nos excluyen del feminismo, de que nuestra existencia niega la opresión de las mujeres cisgénero y su realidad biológica, es altamente manipulador, una falacia. Que el sistema cisheteropatriarcal catalogue a las personas en base a sus intereses y les asigne unas funciones y posición social diferenciadas en función de los genitales no convierte este fenómeno en una realidad biológica. Que en la lucha contra el sistema incluyamos opresiones nuestras, no quiere decir que estemos ignorando las opresiones “históricas” de la mujer cisgénero. Sin embargo, si se están negando las nuestras y la de muchas otras, y un feminismo que no reconoce las opresiones de todas las mujeres: las negras, las neurodivergentes, las gordas, las indígenas, las trans, entonces no es feminismo.

Por cierto, yo no creo que sea del todo casual que en estos debates sobre lo trans se centre solamente en nosotras, las mujeres, repito, como si fuéramos las únicas que habitáramos la “T”. A los hombres trans se les ha dejado tranquilos. “¡Tan bellos ellos!”, es lo que se dice. “¡Qué lindos son!”. El fuego es con nosotras, y pienso que esa omisión o exclusión de ellos de estos debates no se debe solo a la desinformación y a la poca visibilidad que tienen. Intuyo que esa situación no es más que otra jugada macabra del sistema. A ellos les llaman “traidores del feminismo”; a nosotras “traidoras del patriarcado”; pudiendo tener todos los privilegios de género, nosotras “renunciamos” voluntariamente a ellos desde el momento en que iniciamos nuestros tránsitos corporales y sociales, y sin dudas hay traiciones que se pagan más caras que otras. En un mundo machista y patriarcal que privilegia al hombre, ser mujer o “querer ser mujer” –como comúnmente se refieren a nuestros tránsitos– es una ofensa, un pecado mayor, una aberración dentro de la aberración; por eso esa frase que tantas vueltas ha dado por las redes, que dice: “a los hombres trans se les felicita, a las mujeres trans las matan”. Esa poca visibilidad que tienen con respecto nosotras es un arma de doble filo: les juega en contra pero al mismo tiempo les favorece. La mayoría pasan desapercibidos; he visto en algunos que no solo reproducen el machismo, sino que también se ven beneficiados ya por esa estructura que existe, este sistema creado para privilegiar al hombre en todas sus versiones y formas antes que a la mujer también en todas sus versiones y formas; también he comprobado, no tanto en nuestro país pero sí en otros de la región a través de amistades, grupos y colectivxs trans con quienes tengo relación, cómo incluso las iniciativas, opiniones, recomendaciones hechas por hombres trans tienen mayor aceptación y crédito que las de mujeres trans. Para mí todo eso tiene un nombre. Se llama patriarcado. Y es lo que JK Rowling y las pseudofeministas que piensan como ellas, no ven ni entienden. O no quieren.

En esta contienda anti-trans a nivel mundial, del tercer grupo tuvimos una tremendísima representación local, nada más y nada menos que la cantante Danay Suárez. No me dejarán mentir que de nuestrxs candidatxs, ella ha sido la del mayor alcance mediático. En el post que compartió y en el que se intentaba demostrar la supuesta falibilidad y los escapes de nuestra tal “ideología de género”, a las personas trans nos dedicaban un párrafo pequeño pero contundente. Expresaba que, si habíamos estado de acuerdo con que “un niño a los 7 años decidiera cambiar de sexo, tomar hormonas, mutilar sus genitales…” de qué manera íbamos a oponernos ahora a que “este mismo un niño autónomo en sus decisiones y con su cuerpo consintiera una relación sexual con un adulto”. De la pedofilia no hablaré. Creo que ya esa analogía tan manipuladora y patética está más que desmontada. Me interesa mencionar algo que ha sucedido a raíz de ello. Mucha gente ha cuestionado la transición de género en la infancia, porque a “los niños hay que dejarlos ser niños, no adoctrinarlos con nuestra ideología de género”. Hablar de lxs niñxs trans es un tema sensible. Para muchas personas la niñez es una etapa de vulnerabilidad, en la que no se nos considera seres conscientes y responsables, que no tenemos conciencia sexual ni de género y que no tenemos la madurez suficiente para tener conciencia de nuestra identidad. Y yo no me voy a dedicar a cambiar la opinión de nadie ni a refutar esos planteamientos. De eso se encargan profesionales, la ciencia, y creo que ya lo han venido haciendo. Yo me encargo de lo vivencial, de mi caso personal, de contar que yo fui una niña trans y de cómo fue mi infancia; situaciones que me atrevería a decir son bastante frecuentes en las personas trans. Desde edades muy tempranas somos conscientes de nuestra identidad de género e insistimos en expresarla. Que por el camino algunxs niñxs dejan de insistir no significa que sea lo más habitual; ni significa siquiera que haya sido trans. Esxs niñxs necesitaban explorarse, experimentar y, mientas pudieron y lo hicieron fueron niñxs felices; el tiempo que haya durado. Cuando me argumentan que “hay que dejar a los niños ser niños” me dan la razón: un niño que te pide vestir de una forma, expresarse de tal manera, es un niño que está siendo niño, esa exploración o necesidad es nacida de sí, en medio de su niñez. Y hay muchas personas trans que no tuvimos esa oportunidad en la infancia, no nos dejaron ser niñxs, nos obligaron a ser un tipo de niñx, y estamos convencidxs de que, si realmente nos hubiesen dejado ser los niñxs que éramos, hoy fuéramos adultxs con una mejor autoestima y una mejor salud mental.

Decir que queremos volver homosexuales y trans a lxs niñxs y adoctrinarles con nuestra ideología, es tan manipulador como la analogía con la pedofilia. Las personas trans no somos una ideología, ni una teoría, ni queremos adoctrinar a nadie, porque ser trans no se aprende, no se propaga. Me pregunto entonces quién me adoctrinó y me hizo a los 4 años decirle a mi abuela que yo en realidad era una niña. Crecí en un hogar machista, cishetenormativo, la primera persona que vi fuera de lo heteronormativo fue a los 7 años y no tuve referentes trans hasta llegar a la secundaria. ¿De dónde lo aprendí? ¿De qué ideología me están hablando? ¿No es una ideología esa que aun sin haber nacido, con solo observar nuestros genitales a través de ultrasonidos, ya presupone y decide nuestro género, nuestra orientación sexual, nuestra ropa, nuestros juguetes, el color que nos tiene que gustar y el que debemos usar en nuestras prendas de vestir, en la ropa de cuna, nuestra canastilla; dicta normas de comportamiento y de cómo debemos expresarnos y que castiga si rompemos alguno de esos esquemas? Si esto no es lo más parecido a una ideología, por favor, cuando acaben la lectura explíquenme qué es.

El cuarto grupo es muy variado, pero son lxs que nos ven como una amenaza del c(s)istema. Dicen que queremos obligar a la gente a vernos como algo normal. Ya. Con ellxs queda claro desde el inicio: no somos normales. Y además plantean que queremos robarles derechos, que somos extremistas y que queremos someter al mundo, gobernarlo con nuestras ideas. Lo cómico es cuando te das una vuelta por sus perfiles en Facebook, a veces ni hace falta. Descubres que son quienes hablan de racismo inverso, que en Cuba el racismo no es estructural, de que a los hombres también los matan, que las feministas odian a los hombres, que sufren heterofobia, que “los trans” les odiamos y envidiamos por ser cis, y que no deberíamos segregarnos por grupos y siglas si al final todos somos iguales y hay cosas más importantes por las cuales preocuparse en este país que por los derechos de la comunidad LGBTI, que, por cierto, ahorita capitalizamos todas las letras del abecedario y que esa es su “humilde opinión” y hay que respetársela. Entonces es cuando todo encaja. Últimamente estos patrones no me han fallado.

Por algún motivo muy conveniente estas personas interpretan que querer empoderarnos, visibilizarnos y tener los mismos derechos que ellos es querer poner el mundo a nuestros pies y dominarlo, incluso arrebatarles los derechos de ellos. Lo mejor es cuando cierran el debate: terminan diciendo que nos respetan y aceptan pero que no podemos obligarles a llamarnos como lo que no somos. ¡Vaya! Casi mejor que ni nos respeten. El respeto hacia las personas trans justamente es eso: respetar nuestros nombres (los que hemos elegido) y los pronombres acordes a nuestro género.

Están también quienes dicen que queremos que se nos entienda solo a nosotrxs, que se nos escuche solo a nosotrxs. Y yo pregunto qué es lo que hay que entenderle a la cisheteronormatividad, qué es lo que tenemos que escucharle, cuándo ha tenido prohibido hablar, qué nuevo tiene que decir. Si me dicen que solo queremos que se nos escuche a nosotrxs es porque algo tienen que decir, pero sabemos que no es nada bueno ni nuevo: el socorrido discurso de la biología, la moral y las buenas costumbres; o dictarnos nuevas normas, porque la cisheteronormatividad no se da por vencida nunca; ya que vamos a permutar de un género a otro nos sugiere que debemos asumir todos los atributos de ese género al pie de la letra, acercarnos lo más posible a la estética y al comportamiento cis. “¿Cómo que algunxs no quieren operarse? ¿Cómo que algunxs no repiten nuestros patrones binarios? Entonces no son trans”. Hay gente cis que se arroga incluso el derecho de evaluar y dictaminar quién es trans y quién no, qué es transfobia y qué no. ¿Cómo que una mujer trans lesbiana? ¿No se supone que le gusten los hombres y por eso “se haya convertido en mujer”?  No. La cisheteronorma no acaba de asimilar que para estar con un hombre no hace falta ser mujer. Y no es que la gente cis tenga que conocer al dedillo todas estas cosas: la diferencia entre sexo y género, entre identidad de género y orientación sexual; es que si no las sabe y se les está explicando debiera tener la humildad de reconocer que no se lo saben todo, como lxs del último grupo, los “opinadores” profesionales, los que piensan que tener 3 títulos, un doctorado, una columna en algún periódico o algunos cuentos publicados, les avala para opinar de todo fenómeno que se dé en las redes, en el país, en países vecinos.

Y no es que no puedan opinar de todo, aunque pienso que, si mi opinión no va a beneficiar en nada, va a ser un deseo de escucharme a mí misma y mostrar mis saberes y si además aquello de lo que voy a opinar no me afecta en nada a mí y en cambio mis palabras sí pudieran afectar a otras personas de alguna manera que yo no logro entender por mis limitaciones del tipo que sean, mejor me la reservo. Pero bueno, opinar es un derecho. El error de estos personajes es que no son como los de “mi humilde opinión”, igual de recalcitrantes a veces pero que pareciera que al menos dejan un margen a su sesgo, o lo fingen. Pero estos ni eso. Estos no dicen “es mi humilde opinión”. Estos dejan claro su opinión es la que es, verdad irrefutable, un dogma católico. Por supuesto ni hablar de intentar corregirles o explicarles; el ego y el clasismo están muy encumbrados como para agacharse en ese momento. Yo, sin embargo, cuando hablo de temas trans siempre aclaro que es mi punto de vista basado en mi experiencia personal, no la norma. Ni siquiera ser trans me hace infalible. Y aun así hay personas cisgénero que creen poder hablar de las personas trans como se habla de un partido de futbol.

Lo bueno es que, si ha habido toda esta sarta de argumentos y comentarios rancios con raíz en la ignorancia, he de reconocer que ha habido también en las redes otro tanto de opiniones muy acertadas; gente que ha probado ponerse en nuestro lugar o al menos intentarlo; gente a la que nada humano le es ajeno y que ha comprendido que siempre será más fácil practicar la empatía y entender que necesitamos derechos, que comprender la biología.

II

El reconocimiento de nuestros derechos empieza por conocer quiénes somos, aunque como he dicho otras veces, mis derechos no pueden estar limitados por el desconocimiento ajeno. Cuando pienso en consultas populares y referéndum para valorar y decidir derechos de minorías, y veo el panorama antes descrito, siento un poco de temor. La mayoría de la sociedad, y de esto no excluyo al resto de la comunidad sexo-género disidente, como hemos visto, no tiene una opinión ni un conocimiento adecuado de lo que significa ser trans, porque en los medios de comunicación a menudo se menciona de manera sensacionalista y encima suelen emplear términos incorrectos para referirse a nuestros procesos.

En una ocasión, cuando todavía no había iniciado la transición, le pedí a un grupo de amigxs –casi todos eran de la comunidad–, que me dijeran lo que les venía a la mente cuando pensaban en personas trans. Las respuestas fueron las: extravagancia, cirugías, provocación, tacones, cabaret… Recuerdo que tiempo después –ya iniciada la transición–, alguien me preguntó cuándo iba a tomar “clases de diva” para empezar a hacer mis presentaciones; además de sugerirme que debía ponerme un nombre “bien perro”, que me maquillara, me sacara las cejas, “¿Tú no quieres ser mujer? Necesitas algunas clasecitas”. Pareciera entonces que nuestras vidas solo son pensadas desde el performance, la teatralidad, la habilidad de interpretar un papel, convertirnos en un personaje y con la misma salir de él cuando se acaba el show, y que nuestra misión es siempre deleitar a algún público. Y si es para empoderarnos me parece genial; el problema viene cuando solo se nos conoce por eso y encima para facilitársenos la inserción y aprobación social se nos impone como otra norma.

Pensarnos de ese único modo además de estereotipado es excluyente; porque no todas las mujeres trans pasamos por esas experiencias y porque cuando estos patrones son usados para describirnos, obvio solo se está teniendo en cuenta a las mujeres. La mayoría de las veces se ignora la existencia de los hombres trans y las personas trans no binarias; el hecho de que para muchas personas las categorías ya determinadas de hombre y mujer no son suficientes para describirse a sí mismas es una realidad que con frecuencia se olvida en el discurso dominante.

El término trans refleja y describe diferentes tipos de realidades y experiencias de género, lo que hace que cada transición sea diferente. Nuestras necesidades, métodos u opciones para llevarla a cabo y la manera de construir nuestras identidades varían de una persona a otra de manera sorprendente, como mismo varían los gustos, hábitos, necesidades, vestimenta, e incluso la construcción de la identidad de una persona cisgénero a otra. Somos muy diversas y no existe ningún patrón a seguir. Hay gente que no se hormona, y hay otras que sí. Hay gente que no siente la necesidad de reasignarse sus genitales, pero hay otras que sí. Hay gente no binaria y nadie es más trans que nadie. No existe una escala, una medida, aunque en la práctica y por algunos manuales de procedimientos en la atención médica pareciera que sí, que hay que demostrar ser trans y cumplir con una serie de patrones, todos enmarcados dentro del imaginario cis. De nada sirve solo validar a los que optan por adecuarse a este imaginario. Toda persona trans es válida y debe ser respetada.

No niego que en nuestro país la mayoría de las personas trans que se conoce persistamos en alinearnos con la feminidad y masculinidad hegemónicas; mientras que por otro lado se nos exige, con furia, que no reproduzcamos estereotipos y que salgamos del esquema binario. Pero no se nos exige de la misma manera que a las personas cisgénero. En una persona cis estos estereotipos y patrones se ven normal; si lo hace una persona trans la crítica suele ser más dura; nos condenan. Y lo cierto es que tenemos unas vivencias del cuerpo, unas carencias que solo podemos llegar a comprender entre pares a veces y es por ello que se nos hace muy molesto y despiadado cuando se nos hace este tipo de exigencias, o también cuando se nos hace alguna recomendación hacia nuestro cuerpo y a la manera en que gestionamos los sentimientos que nos provocan esas carencias. Las comparaciones nunca me han gustado; debieran hacerse al menos cuando se está en igualdad de condiciones. Una hombre cisgénero me puede decir, a modo de consuelo, que él no está conforme con su cuerpo o con algún defecto físico, ya sea que esté gordo, tenga la boca grande o sea pequeño de estatura, y que incluso ello haya sido motivo de burlas, pero con ese hombre que se está comparando conmigo ocurre algo: gordo, con la boca grande, bajito de estatura o con algún defecto físico nunca se verá perjudicado o invalidado su género; por ninguno de esos motivos se pondrá en duda que esa persona es hombre. A eso se le llama privilegio cis y es importante no perderlo de vista cuando se intenta consolar o acompañar a una persona trans.

También la interseccionalidad. Entender que en un mismo cuerpo pueden incidir tantas discriminaciones como sean posibles, que aunque todas las personas que habitamos una o dos de las siglas LGBTIQ somos sujetos de discriminación, no todas estamos sometidas al mismo grado de discriminación y marginación. No opera igual entre un hombre cis gay y un hombre trans. El primero tiene el grandísimo privilegio de ser cis y ya con eso es bastante. Ni siquiera están equiparadas las discriminaciones dentro del propio colectivo trans. No es lo mismo ser un hombre trans que mujer trans. Ni ser una mujer trans blanca que una mujer trans negra; ni una mujer trans delgada que una mujer trans gorda. Y así podríamos seguir añadiendo otras cuestiones como nivel cultural, si tiene trabajo o no, y de qué tipo, lugar donde vive, posición económica, cispassing (qué tan hombre o mujer parecemos; es una condición que la sociedad le celebra a una persona trans cuando “parece cis” o “no parece trans”), etc.

Necesitamos menos opiniones y aprobaciones cisgénero y más interés por el reconocimiento de nuestras garantías. La mayoría de las personas es reconocida automáticamente por ser quien es, tanto por el resto de las personas como por el Estado, sin mayor barrera, cuestionamiento o sospecha para que cada quien determine su propia identidad. Las personas trans, sin embargo, no somos reconocidas legalmente por el Estado y muchas otras personas en nuestro entorno tampoco nos reconocen; motivo que alimenta situaciones cotidianas de estigma y discriminación.

Una ley de identidad de género no resolvería todos nuestros problemas, pero al menos reconocer y rectificar nuestro nombre, identidad y documentos de manera legal, a través de un procedimiento sencillo, sería un gran aliciente. Se nos reconocería como sujetos de derecho, respetando nuestra libertad de autodeterminación y evitando la patologización de nuestras experiencias, sin condicionarnos a que nos sometamos a tratamientos de ningún tipo, dado que se debe evitar darnos una atención como si se tratara de una enfermedad. Al mismo tiempo deberían estar garantizados el abastecimiento de hormonas, las cirugías y otros procedimientos de feminización y masculinización para quienes sí constituya una necesidad para su desarrollo integral y su bienestar emocional. Que el Estado, a través de una institución única y centralizada, además, nos facilite algunos recursos para llevar a cabo nuestras transiciones no significa que hemos de darnos por satisfechxs., ni pensar que se nos está haciendo un favor.

Queremos que la dificultad para acceder a empleos sea por las mismas causas que para las personas cisgénero, que cuando lleguemos a un policlínico se nos dé un trato digno, que el médico de guardia no cuestione el consumo de hormonas o cualquier procedimiento con el cual hayamos intervenido nuestro cuerpo ni que vomite todos sus prejuicios y estigmas sobre las personas trans; queremos que se le preste atención al acoso y persecución policial hacia las mujeres trans, al estado de peligro, a la situación de las personas trans en las cárceles, sobre todo la situación de la mujeres; eliminar la idea de que en cárceles de hombres estaremos mejor atendidas por estar rodeadas de hombres; eso además de transfóbico, misógino y machista, es repugnante y una violación a nuestros derechos humanos que pone en peligro nuestra integridad física. Desearíamos ir eliminando paulatinamente el lenguaje cis-sexista, ese que contempla que solo menstrúan las mujeres cuando la realidad es que hay hombres trans, personas no binarias y personas cuir menstruantes también; o que aborto y capacidad de gestar son cosa de mujeres y pene de hombres.

Y para todo ello necesitamos aliadxs cis. Un grupo objeto de marginación como es la comunidad trans necesita alianzas que vengan de la sociedad mayoritaria, también de posiciones más privilegiadas que la apoyen en sus preocupaciones políticas, sociales y económicas, y en el cumplimiento efectivo de sus derechos humanos. Pero aliadxs que nos escuchen, que aprendan a conocernos, que desaprendan esos estereotipos que nos empobrecen tanto, que se eduquen en nuestras problemáticas y maneras que preferimos se nos trate para que también nos ayuden a desmontar esos estereotipos e ideas erróneas del imaginario popular, a sensibilizar y a combatir la transfobia, pero antes debemos combatir la transfobia oculta, internalizada, que también existe dentro de la propia comunidad sexo-disidente. Sabemos que la pelea por la ley de identidad de género será una pelea dura; es darle el golpe final al c(s)istema, el knock-out, pero sabemos también que se resiste. El moribundo redobla fuerzas cuando sabe que su muerte es inminente.

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