Política en Cuba

Sobre la historia de Julio Antonio Fernández Estrada, o la historia de nosotros mismos

Por Julio César Guanche

Hace unos años, en medio de una de tantas situaciones “problemáticas” con los cineastas cubanos, Fernando Pérez, presentó la revista Cine Cubano. Allí Fernando dijo: “ya Alfredo (Guevara) ni Titón (Gutiérrez Alea) están con nosotros. Pero estamos nosotros.”

La abrumadora mayoría del pensamiento crítico, de alto nivel intelectual y orientado por la calidad  moral de la justicia, producido en Cuba desde fines de los 1960 —el problema existe en todas partes, pero estoy hablando de Cuba— ha confrontado un vasto campo de problemas para su elaboración y para su circulación.

El etiquetaje de sus autores ha usado muchas consignas, pero ha tenido una matriz continuada:  la incapacidad para procesar la diferencia, la indeseabilidad de la crítica por parte de una zona fuerte de los discursos oficiales y la renuencia a reconocer el conflicto como una dimensión principal que constituye la política.

Seré breve y pido disculpas de antemano por la referencia personal. Crecí bajo el magisterio “cruzado” de la generación de Pensamiento Crítico y del Centro de Estudios de América. Conocí a Fernando Martínez  Heredia cuando me invitó por primera vez a su casa (y la de Esther Pérez) tras mandarle las transcripciones que, como cosa mía, yo hacía de sus intervenciones aquí y allá. Conocí a Alfredo Guevara cuando me llamó a su oficina, el día antes de mi primera boda, después de encontrarnos varias veces seguidas, como un espectador más, en charlas suyas. No me los presentaron amigos, no tenía padres que los conocieran, etc. Nos conocimos y nos hicimos amigos porque nos buscamos.

Roberto Fernández Retamar me pidió, sin conocerme  apenas en persona, que le presentara su volumen “Cuba defendida”. Lo mismo me pidió Desiderio Navarro, cuando me pidió presentarle “In medias res publica”, en medio de la “guerrita de los correos”. Con todos ellos, conservé admiración, trato estrecho y/o correspondencia fraternal hasta sus respectivos  decesos.  Otros, que ojalá sigan con nosotros mucho tiempo, como Aurelio Alonso y Juan Valdés Paz, más que padres son hermanos.

Digo esto no por ganas de hablarme frente al espejo, sino porque otra vez, como sucede por igual desde hace años, algunos espacios de Facebook con un entusiasmo digno de mejor causa muestran gran interés y “conocimiento” sobre mi historia personal.

Pero lo digo sobre todo porque todas esas relaciones se mantuvieron, o mantienen, habiendo yo atravesado ya la gran mayoría de todos los proyectos político intelectuales de los que he participado, creo que todos ellos junto a Julio Antonio Fernández Estrada.

Julio Antonio Fernández Estrada y Julio Cesar Guanche, alrededor de 2010. 

El magisterio de esas personas no consiste, para mí, en repetirlos, sino en ser leales al “sol del mundo moral” que me propusieron y que acepté a conciencia hasta hacerlo convicción de mi vida.

La mayoría de ellos ya no están, pero, como dijo Fernando Pérez, estamos nosotros.

Probablemente, no les llegaremos a la “chancleta”, pero algo hemos hecho. Hemos trabajado, hemos estudiado, hemos escrito y seguiremos haciéndolo. No nos hemos plegado al capitalismo académico que pretende obligar a escribir solo para revistas indexadas —y dentro de ellas, además del “más alto puntaje”—, que solo producen conversaciones entre 3 ó 4 colegas. Tampoco nos hemos plegado a la comodidad de producir discursos “interesantes”, pero sin filo político alguno. Tratamos de poner el resultado de nuestro trabajo al servicio del público. Somos intelectuales, sin que eso sea mérito particular, y creemos en la noción de intelectual público que defendía Jean Paul Sartre.

También digo que las generaciones más jóvenes que la mía (tengo 46 años) tienen alguna necesidad de nosotros, pero no es tanta. Los veo, los conozco, los siento, más libres, más valientes, incluso a veces más sabios que muchos de nosotros mismos.  Si algo les aportamos, tómenlo, si no, pásennos por arriba. Nos lo mereceríamos, por no estar a la altura.

El “nosotros” del que hablo aquí —por la precisión— es, entonces, del tipo de intelectuales como Julio Antonio Fernández Estrada. El mismo que ha sido ahora difamado y calumniado en la televisión nacional sin derecho alguno a réplica, como es triste tradición entre nosotros.

Todo el que nos conoce sabe que somos hermanos. Nos llevamos solo un año de diferencia, pero no nos hicimos amigos durante la carrera, sino después, porque la vida es como es.

Su padre, Julio Fernández Bulté,  era para mí otro de esos “magisterios cruzados”. Tuve el privilegio de compartir con él uno de sus últimos cursos en la UH. Ya tenía problemas de salud, él daba una clase una semana y yo daba la de la semana siguiente, y así. En esa época, la UH me pagaba 50 pesos cubanos al mes por ese trabajo. Eso, por un semestre de Filosofía del Derecho, al lado de Julio Fernandez Bulté. Nunca lo cobré, porque era más caro buscarlos que gastarlos. Aun así, seguiría haciéndolo hoy con el mismo gusto de entonces.

Julio Fernández Bulté y Julio César Guanche. (Discusión de mi tesis de grado, 1997)

Cuando Bulté murió, fui desde temprano para su casa. En algún momento,  América (su esposa, cubana dignísima a tiempo completo)  me preguntó si quería echar un pestañazo en la cama de alguno de sus hijos, Julito y Juliette. Fueron otras personas tras el deceso, pero apenas traspasaron el umbral de esa casa.  Después, sabríamos que Bulté había dejado escrita una carta de renuncia a la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana por las injusticias cometidas contra su hijo. Estoy hablando del principal jurista cubano después de 1959 —junto a Fernando Cañizares Abeledo, para evitar cualquier comparación— renunciando a su cátedra por obligación con la justicia.

Hasta su muerte, vi de cerca la admiración y el amor mutuo que se profesaban padre e hijo. He visto a personas que jamás conocieron de cerca a ambos, o que simplemente mienten, poner en duda esa relación. Quiero que mis hijos me vean a mí como Julito miraba a su padre.

La “historia” de Julio Antonio no empezó con la difamación reciente en el NTV. Esto no se trata del 27 de noviembre. Ese es un capítulo de una historia más larga. La historia completa es la del espacio que tiene, y tiene que tener el pensamiento crítico en Cuba, de los deberes que tenemos como intelectuales, de la honestidad que le debemos al pueblo de Cuba y de cómo podemos construir de modo colectivo el orden en que queremos vivir sobre la base de la libertad, la justicia, y la belleza.

Aquí estamos y aquí seguiremos, intentado que la patria nos contemple orgullosa.

Dejo aquí unos links, para el que no conozca de lo que estoy hablando, se pueda hacer una idea por sí mismo sobre Julio Antonio Fernández Estrada.

Cuando fue privado de su puesto de trabajo, varios colegas publicamos esto en relación con el hecho:

https://www.sinpermiso.info/textos/docencia-decencia-y-socialismo-en-la-universidad-cubana

Julio Antonio, al momento de ser privado de su puesto de trabajo:

https://www.sinpermiso.info/textos/monte-sacro

Ahora, por igual acaba de escribir sobre los más recientes sucesos:

Tomado de La Cosa

Defensa de Julio Antonio Fernández Estrada. Defensa de Julio Antonio Fernández Estrada. Defensa de Julio Antonio Fernández Estrada

Autor

  • Jurista e Historiador. Ha impartido clases, cursos, seminarios y conferencias en universidades de más de una decena de países. Dirigió varias publicaciones y editoriales nacionales en Cuba y trabajó por varios años en la Casa del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, del que fue asesor y director. Son de su autoría, entre otros libros, La verdad no se ensaya. Cuba: el socialismo y la democracia (Editorial Caminos, La Habana, 2012) y Estado, participación y representación políticas en Cuba (CLACSO, Buenos Aires, 2011).

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