Política en Cuba

El día después

Por: Jorge Fernández Era 
Llegó por fin el 15 de noviembre. En mi ya documentada vida no recuerdo un suceso nacional tan publicitado por el Gobierno, que no escatimó recursos para criminalizar, y convertir en leyenda, a los gestores de una marcha que en cualquier otro país no hubiera pasado de noticia de páginas interiores.
La convocatoria del grupo Archipiélago fue una jugada magistral. Se sabía de antemano de la negativa de las autoridades a permitirla, pero el solo hecho de oponerse a un llamado pacífico a protestar, entre otras cosas, por la encarcelación de personas que ejercían derechos humanos, ponía en entredicho a un Estado que ni se ha tomado el trabajo de aclarar cuántos cubanos, jóvenes en su mayoría, están en esa situación ni qué legalidad puede haber en imponerles penas de cárcel —tampoco negadas por los represores— impensables para delitos que no son tales en ningún Estado de Derecho.
Si estuvieran tan seguros del carácter “ilícito” y “no pacífico” de la marcha, era hora de frotarse las manos: todo el arsenal técnico del Ministerio del Interior y de instituciones afines al Estado —que son todas— hubiera demostrado al mundo a un ridículo grupo de personas lanzando piedras y otros adminículos contra el patrimonio material e inmaterial de la sociedad. Sabían fecha, hora y lugar de la “trifulca”: ¿qué más puede pedirse?
La verdad es que, en tiempos en que escasean los medicamentos, la diarrea ha sido mayúscula, pues la sombra del 11 de julio aún no ha doblado la esquina. Decir “sí, métanle mano, desfilen, los estaremos vigilando, pero háganlo”, era un riesgo que el Gobierno no iba a correr. A los miles que han perdido el miedo a la queja podría sumarse otro montón de gente que le tiene terror a la represalia real y contundente contra todo aquel que se porta mal, esos —de alguna forma somos todos— que viven agazapados en la doble moral del ser y no ser.
Olvídense de la Constitución, de los constituyentes y de los que constituimos la razón de existir de esa carta magna: nunca será permitida una manifestación que atente contra el pacífico desempeño de la aceptación acrítica, del sí por el sí y de la rampante guataquería que ha sustituido al análisis y al debate. En las calles cubanas, cuyos baches son de los revolucionarios, no se permitirá jamás una marcha que despeine un tanto las canas del presidente, no importa si es para exigir un aumento de salarios, una rebaja del precio del transporte o para pedir que nos vendan un pan próspero y sostenible. Te subí cuatro veces el salario, pero por mis timbales te aumenté veinte el precio del pancito que te toca y otros cinco el de la guagua, así que cállate, págale al chofer y camina patrás, que la próxima viene peor.
“Hay espacios para quejarse”. Que vengan los diputados de mi municipio Diez de Octubre y me expliquen por qué coño no abrieron la boca para decirle cuatro cosas a ese Murillo que prometió hace unos meses que la inflación no sobrepasaría jamás lo calculado y ahora se para como si nada para que ellos y los demás “representantes del pueblo” no lo cuestionen un ápice por el “ordenamiento” y le aprueben su burla pública, para que el Buró Político y el presidente lo premien luego “destituyéndolo” con un cargo en Tabacuba.
Cualquier observador imparcial se preguntaría por qué si el lenguaje de Yunior García Olivera es tan “violento, procapitalista e injerencista”, la televisión cubana no transmite al menos diez minutos de sus tantas intervenciones en los medios. ¿Habría mejor manera de “rasgar las costuras de la manipulación mediática” que esa? Pero no, qué va, estaría feo romper la inclaudicable tradición de los medios de prensa de la Isla —tan disciplinadamente parecidos— de negar el derecho a réplica a quienes calumnia. Prefirieron echar mano a esa chapucera y risible revelación de la identidad de un agente que no ha revelado nada, y “asegurado” mucho menos. Como no sea para reafirmar que siempre hay un ojo que te ve e inyectar más miedo que el que nos toca, no se justifica el nivel de improvisación con que organizaron una campaña para exaltar la imagen de un “combatiente” que no ha presentado una sola grabación, un solo documento o una sola prueba de lo pérfido del actuar del joven dramaturgo cubano. Me gustaría ser el Lazarito que no quiero ser para preguntarle a Fernando en Palabra Precisa cuántos meses de vacaciones regaló el Departamento de Seguridad del Estado, porque todos, absolutamente todos los agentes se fueron con la de trapo y no advirtieron a la “fuerza superior de la sociedad” sobre lo que se “tramaba” para el 11 de julio.
El domingo 14 demostraron hasta dónde el miedo ha calado más en quienes lo imponen. Impedir que una persona camine en solitario un kilómetro con una rosa blanca es el desparpajo total, prueba irrefutable de la vergüenza de sociedad que nos están vendiendo como socialismo, donde se supone que la “inmensa mayoría” no debería temer a la “grotesca minoría” y, antes de calificar con los más duros epítetos y acusar sin pruebas a quienes se revelan ante el estado actual de cosas, brindarles un espacio para manifestar su desacuerdo, amplificar las reuniones gubernamentales a sectores de la sociedad menos proclives al triunfalismo y al aplauso.
El mitin de repudio como “fiesta”: he ahí la respuesta del Gobierno al posible capítulo dos del 11J que se auguraba para ayer. Cuánta “hidalguía” en esos que impidieron a Yunior salir de su edificio y utilizaron la bandera cubana para cubrir su imagen, creando, sin proponérselo, uno de los afiches más desgarradores contra el fascismo tropical. Cuánta “firmeza de principios” en los que cobardemente se ensañaron en Miryorly García, Saily González y la madre de esta última. Cuánta “fidelidad a la causa revolucionaria” de los que impidieron a un hombre en silla de ruedas salir a la calle en Pinar del Río. Cuánta impotencia ante esos jóvenes que desafiaron a la turba que se reunió frente a su casa en Santa Clara.
Siento pena por mis colegas de la prensa. Que Arleen Rodríguez Derivet, Premio Nacional de Periodismo José Martí, se desgaste en la Mesa Redonda defendiendo esos actos detestables (perdone, Apóstol); que Humberto López, “Premio de la Dignidad” de la Upec, sea interpelado por la policía en plena Esquina de Toyo por hacer lo suyo desde un celular, o declare en La Coronela que los repudiables repartidores de repudio “la están pasando bien”; y que Randy Alonso Falcón acuda al recurso de llamar “marchante en jefe” a Yunior, sin calibrar que de quien se está burlando es de Fidel, dice mucho de los límites que se han traspasado y hasta dónde podremos llegar todavía.
La del 15 de noviembre fue la “paz” que Díaz Canel define para la patria. Ojalá ayer la ceiba del Templete le haya respondido, mientras le daba tres vueltas, que en esos trescientos sesenta grados hay espacio para todos los ángulos de la sociedad diversa, inclusiva y plural que merecemos todos los cubanos.

Autor

  • Periodista, escritor, editor y corrector. Perteneció al grupo humorístico Nos y Otros

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