Política en Cuba

El trabajo sucio

Por: Smerdiakov 

En determinadas situaciones de extrema delicadeza política, las autoridades y los medios han aprendido que lo más conveniente es hacer silencio. Una de estas situaciones constituye la detención del estudiante Leonardo Romero, cuyos detalles más importantes son bien conocidos. No ha existido ningún pronunciamiento oficial de la FEU, por ejemplo, ni de cualquier otra instancia que el sentido común nos dice que debería pronunciarse. En un primer momento el silencio suele corresponder al deseo de que no se conozca el suceso, pero a veces el suceso se hace más que conocido, y aun así la institución se niega a responder de manera pública. En este caso, la institución se ha dado cuenta de que sus “razones” (las que usa para convencerse a sí misma de que actúa de la forma correcta, y las que pueden ser usadas en el caso específico de Leonardo Romero para darle un castigo legal) no pueden convencer a la opinión pública, de hecho, pueden ser en extremo contraproducentes y dañar su propia imagen. Esta es la razón por la cual casi ningún dirigente suele hacer el trabajo sucio. Un alto dirigente de la FEU, por ejemplo, sabe muy bien que no puede arriesgarse a decir que “si Leonardo Romero es castigado judicialmente, su castigo habrá sido justo”. Esa tarea queda delegada a instrumentos de menor rango, que incluso pueden prestarse de manera voluntaria. El más reciente trabajo sucio ha correspondido al redactor de un artículo que ha calificado como de revolucionario de “rojo desteñido” a cualquier persona de izquierda en Cuba que en los últimos días haya condenado la detención del estudiante. 

En la Universidad de La Habana hasta ahora se había preferido una respuesta tímida, se había llamado a algunos firmantes de la carta a la FEU de “Reclamo por Leonardo Romero”, y se les había dado “información” que pretendía neutralizar la campaña “desinformadora”. Se les había aclarado que la FEU y la Universidad de La Habana se habían preocupado por Leonardo Romero desde el principio, y que él estaba “tranquilo en su casa”. Además se les había aclarado que la protesta había sido pagada por un gobierno extranjero para desestabilizar el paraíso socialista en el cual todos vivíamos, y que sumarse a ella había constituido un delito, y que la detención  por tanto no podía ser llamada represión, porque era constitucional. La información que se les ofreció a los estudiantes no incluyó aclarar que Leonardo Romero se encontraba en la casa por reclusión domiciliaria, y que todavía no se sabía si iría a juicio (todavía no se sabe), y básicamente implicaba que lo moralmente correcto equivalía a lo legal, y que nadie podía atreverse a desafiar la legalidad, porque en tal caso se estaba atentando contra el orden. Como sabemos, que una cosa sea legal no quiere decir de manera necesaria que sea correcta. Además, bajo el argumento de prestarse para algo iniciado por un gobierno extranjero se podría condenar a casi cualquiera. Si alguien saliera a la calle mañana con un letrero contra la detención de Leonardo Romero, por ejemplo, podría técnicamente ser incriminado por “seguirle el juego al enemigo”. Dicho de otra forma, cualquiera que se oponga específicamente a la gestión del gobierno (aunque aclare que quiere mantener el socialismo) puede ser acusado de “seguirle el juego al enemigo”. No pretendo extenderme más en un asunto que otros dominan mejor que yo, solo trato de establecer precedentes. Alguien ha tenido que hacer el trabajo sucio de justificar la represión, ante el silencio de las autoridades y los medios, pero lo ha hecho a puertas cerradas, y asegurándose de dejar a los firmantes en desventaja numérica. En una situación en la que no hubiera existido la pandemia, me habría encantado ver cómo habrían explicado a un teatro con los quinientos estudiantes y egresados que firmaron la carta lo mismo que les explicaron condescendientemente a algunos de ellos, de manera aislada. 

El artículo del “rojo desteñido” (por comodidad lo llamaré de este modo) ha querido dejar claro que en Cuba no existe represión, y que por tanto el cartel por el que fue apresado el estudiante mentía, y era un motivo suficiente para la detención. Lo cual podemos traducir de la siguiente manera: es válido reprimir a alguien si esa persona lleva un cartel con la calumnia de que en Cuba existe la represión. Como cabría esperar, el artículo recuerda al lector que es en el mundo capitalista donde existe represión, que en los países donde gobierna la burguesía es donde se reprime, y que los enemigos que habían incitado aquella protesta querían instaurar un gobierno burgués como el de los países donde sí se reprime. Lamento decirle al autor del artículo que en Cuba gobierna actualmente la burguesía. Que funcionarios del estado o sus familiares son propietarios de empresas capitalistas en Cuba, algunas de ellas espantosamente grandes, mucho mayores de las que ningún trabajador estatal habría podido fundar con sus propios ahorros cuando esos mismos funcionarios decidieron abrir la economía a la propiedad privada. Cuba desde hace años se encuentra en tránsito hacia un capitalismo totalitario, en el cual los últimos vestigios de socialismo (la educación y la salud gratuita, y la libreta de abastecimiento) son usados para tapar todo lo demás, y para evitar un estallido social que destruiría los negocios que se están preparando. No seguiré hablando del tema. Solo quiero que quede claro cuán cínico e hipócrita es este trabajo sucio. Porque ya no hablamos de quienes defienden al gobierno, sino de quienes defienden la represión para proteger a ese gobierno. 

He escrito estas líneas porque tengo un mensaje para todas esas personas que han decidido hacer el trabajo sucio: no sean imbéciles. Están protegiendo la reputación de personas que no se quieren manchar las manos, y que no tienen ningún problema con manchar las de ustedes. Sus artículos y sus charlas a puertas cerradas o a puertas abiertas están meticulosamente dispuestos para que la gente vuelque su odio hacia ustedes, y no hacia quienes son verdaderamente responsables de los problemas. Nadie olvidará las cosas que han escrito o dicho, aunque por miedo a la represión (que ustedes defienden) pocos se atrevan a decírselos en sus caras. Quizás se pregunten por qué deberían hacerme caso. Deberían hacerme caso porque yo estuve cerca de convertirme en uno de ustedes. 

Nota: Este texto ha sido escrito con motivo del artículo «Represiones», coqueteos y rojos que se destiñen.

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