Onírica

Elegua

Por: Varela Leyva 

Su cariz marchitó mientras navegaba en los añejados recuerdos. Habían pasado décadas desde aquellas fiestas religiosas en casa de papá. Nunca pudo borrar el ambiente mágico y místico, repleto de dioses enormes y altares colosales, que vislumbraría en la víspera de San Lázaro. Cerró los ojos cuando escuchó los aullidos de los poseídos, mordiendo frenéticamente los labios y esos toques de tambores anunciantes del desenfreno y la pérdida total de la conciencia.

Sin embargo, calmaba los palpitantes dolores de cabeza marcados en sus sienes, el caballo Elegua no parecía estar presente dentro del bullicio acalorado. Miraba de modo tranquilo a su dueño, papá, quien acariciaba y peinaba los cabellos blancos y largos. Sabrá Dios qué fuerza lo enloqueció para que enterrase un puñal en el boliche de las patas delanteras del animal. “Changoté, que yo subí, que yo bajé” musitaba mientras le ordenaba levantar su cuerpo herido y desplomado en el suelo. Una vez más se coló en la velada, bendecida por luna llena, la esencia misteriosa e inconcebible para muchos mortales. Se le prendieron los ojos a Elegua y puso de pie su ensangrentada silueta. Corrió entre el público que aplaudía y deseaba también pintarse de rojo.

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Elegua

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Pensaba en tus manos, con tus dedos finos y huesudos, siempre con anillos, grandes o pequeños, no importaba, tampoco el metal, a veces plata, níquel, alpaca, u otro que recordara alguna ocasión. “Este me lo regaló Claudia en Sevilla, y aquel lo compré en la feria artesanal de Angelmó”. Todos tenían un recuerdo tras su forma, y un significado. Con el tiempo y la artritis algunos de tus dedos cambiaron, ya no eran bellos, no te gustaba la forma que adquirieron, parecían tener un desorden contrario a la estética y sentías vergüenza de ellos, y eso te hacía esconderlos. No importaba, yo pensaba que eran hermosas tus manos, similares a las de una pianista, que no encontró en su destino el instrumento que las hiciera brillar. Esas manos eran capaces de escribir tiernas poesías, coser maravillosos vestidos y blusas cuando no había dinero para comprarlas, tejer infinidad de botines de bebés y chalecos con los colores que tu querías reunir, juntando el cariño a las hebras de la lana, también podían cocinar los mejores postres en los días domingo, el flan en la olla con un delicioso caramelo de azúcar. Tus manos podían acariciar con ternura a todo ser que se te aproximara. Recuerdo cuando era pequeña, te miraba con admiración en Rapel, tus manos tocando la guitarra, cantando feliz esa canción “… para olvidarme de ti voy a cultivar la tierra”.

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