Historia

Una insuperada hazaña… mal recordada

Por: José Gabriel Barrenechea
A ratos, aunque en verdad ya no tanto como hace treinta o cuarenta años, se escucha en nuestros medios, círculos académicos y hasta controversias de barrio, ensalzar una y otra vez a la guerra de Indochina, a finales de los sesentas y comienzos de los setentas del pasado siglo, como la más desigual de todos los tiempos. Que esto se diga en el resto de Latinoamérica no nos causa asombro. A fin de cuentas allí las guerras más desiguales contra potencias extranjeras nunca excedieron la relación de tres a uno, y en cuanto a lo técnico, ejércitos libertadores los hubo mejor armados que los que la decrépita, ocupada ella misma España por los ejércitos napoleónicos, pudo ponerles enfrente. Pero que semejante opinión se vierta en Cuba no puede más que descorazonarnos. ¿Es que acaso olvidamos nuestra Historia, en específico nuestra Guerra de los Treinta Años (como acertadamente la llamaba Don Fernando Ortiz), con la que nos sacudimos de encima la dominación colonial española que nos ahogaba económica, política y socialmente?
“Vino el Remington y junto con el Remington la ofensiva; se acabaron los indios y se conquistó el Desierto”, así escribía el general Ignacio Fotheringham en su La vida de un soldado, refiriéndose a la vital importancia que tuvo para la conformación territorial definitiva de la República Argentina aquel arma, que permitió finalmente enfrentar con éxito las cargas de caballería de los bravos aborígenes araucanos. Pues bien, a solo dos años de su salida al mercado ese mismo fusil remington 1867, de tiro central, fue masivamente enviado a la isla de Cuba en 1869, dándose el caso de que en la propia España, donde el gobierno debía enfrentar una guerra, la segunda carlista, y numerosos y diarios pronunciamientos, sus unidades siguieron usando el ya obsoleto fusil de avancarga hasta bien entrada la década de los setentas.
No obstante, a diferencia de en las pampas argentinas ese fusil de poco o nada sirvió en las llanuras camagüeyanas. Como muy bien lo demuestran Palo Seco, Naranjo-Mojacasabe o las Guásimas.
Pero es en la guerra del 95 que se manifiesta en toda su magnitud esa voluntad de Madrid de armar con lo último a su ejército colonial en la Isla de Cuba. Sobre todo para lograr contener esa enfermiza costumbre cubana que tan bien describe cierto coronel andaluz de las aventuras de Elpidio Valdés, la de que “oyen un tiro y nos asaltan a machetazos”.
Mucho se repite en la Cuba de hoy que los americanos enviaron a Vietnam sus más modernos armamentos convencionales, y no es una exageración, pero pocos parecen conocer que a esta islita el gobierno de la regente Doña María Cristina envió el que por entonces era un fusil revolucionario, el máuser de repetición. Tan revolucionario que con ligeras mejoras fue el fusil orgánico de la Wermacht durante toda la II Guerra Mundial (los americanos compraron su patente en 1903 para producir una variante bajo el nombre de Springfield, con el que equiparon a sus infantes hasta 1942, y que era el arma reglamentaria del ejército batistiano al que enfrentó Fidel Castro y su Ejército Rebelde a finales de la década de los cincuentas). Esta arma adelantada a su tiempo, junto al cañon Krupp especialmente diseñado para la “guerra cubana”, y a otros adelantos técnicos como los heliógrafos mejorados, o el extendido uso del transporte por ferrocarril, convirtieron al Ejército de Cuba en el más moderno de su tiempo (1897). Al menos fuera de las fronteras de Europa Occidental, y aquí incluimos al mismísimo ejército de los EE.UU., como se demostró fehacientemente en los accesos de Santiago de Cuba.
Esta mayor desigualdad técnica en nuestras guerras de independencia resalta más por el hecho de que mientras a los vietnamitas los apoyo masivamente la poderosa URSS, y hasta la China de la Revolución Cultural y el acercamiento a Washington (los trenes soviéticos para abastecer a su aliado, tanto de trigo como de modernos cohetes tierra-aire, siguieron cruzando a diario por el territorio chino, aun cuando las dos potencias socialistas estuvieron a un paso de la guerra en esos mismos tiempos), a nosotros los cubanos no nos apoyó nadie. Expedición tras expedición fueron enviadas a Cuba antes de abril de 1898, gracias únicamente al sacrificio de las emigraciones y a la diligencia de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) en Nueva York, en especial gracias a la labor del Delegado del mismo a la muerte de Martí, Tomás Estrada Palma. Y esas expediciones, que necesariamente debían llegar por mar, se veían obligadas a burlar el masivo dispositivo naval español.
En su El ejército español en Cuba. 1868-1878, René González Barrios y Héctor Esplugas Valdés, nos advierten que “…Para ese año (1870, cuando comenzaron a llegar 30 modernas cañoneras compradas en los EE.UU.) la escuadra española destacada en La Habana (ya) contaba con 52 buques, con 250 cañones a bordo, y 5 857 hombres de tripulación, lo cual la convertía en la más poderosa escuadra de la península en los mares del mundo.” A lo que agregamos que en mayo de 1898 España contaba en Cuba con 61 buques, que aunque no aptos para enfrentar a una flota de alta mar como la estadounidense del Atlántico, si se bastaba muy bien para mantener vigiladas nuestras costas de expediciones. Las cuales, y es bueno no olvidarlo, con todo y ello se atrevían a dejar sus alijos a la vista de La Habana, Cárdenas o en las costas de una provincia tan vigilada como Pinar del Río.
Es, no obstante, en la relación ocupante-ocupado donde realmente se destaca la superioridad cuantitativa y cualitativa de nuestro esfuerzo bélico. Un estadounidense por cada setenta vietnamitas en 1969, el año climático de la guerra indochina; un español por cada siete cubanos en el 95, o sea, ¡un soldado español adulto por cada siete cubanos de todas las edades o sexos! Pero es que en la del 68 la relación incluso parece haber sido más desfavorable todavía. Y es que si según Carlos de Sedano y Cruzat, en su libro Cuba desde 1850 a 1873, habitaban el archipiélago cubano en 1869 exactamente 1 399 811 personas, y si por otra parte creemos al coronel ibérico Francisco de Camps y Feliú, nada sospechoso de afinidad con el bando mambí, cuando en su libro Españoles e Insurrectos escribe que el Ejército de Cuba llegó a tener durante la Guerra de los Diez Años 270 000 hombres sobre las armas, entonces dicha relación muy bien pudo haber sido de uno a cinco, algo nunca visto en toda la ya larga historia de las guerras humanas.
Tengamos en cuenta que la suma total de los soldados que el gobierno de Madrid despachó para someter a poco más de un millón de cubanos en cualquiera de las dos guerras (unos 500 000), excede a la de todos los ejército europeos enviados a este lado del Atlántico, desde la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, hasta la expedición británica para recuperar las Malvinas en 1981.
Por último, la comparación de las víctimas de la guerra es más que clara: dos millones de vietnamitas, uno de cada diecisiete; 200 000 cubanos en las estimaciones más frías solo para la última guerra, uno por cada ocho. Porque para quien hoy no lo sabe, o pretende olvidarlo, las aldeas estratégicas fueron solo un juego de niños si se las compara con la Reconcentración que nos impuso España, y que se encargó de aplicar el genocida Valeriano Weyler. Solo en la Habana el Cónsul General de los Estados Unidos informó a su gobierno, con fecha 14 de diciembre de 1897, que de 101 000 reconcentrados habían muerto nada menos que 52 000. En su mayoría niños, mujeres y ancianos guajiros llevados a la fuerza a morirse de inanición en los portales de los pueblos y ciudades cubanas, que era lo único que los “patones” dominaban de esta Isla para mediados 1897.
En un final, que resulta imposible negar la magnitud y desbalance de la guerra Indochina como una de las más desiguales, pero el reconocerla debe servirnos a los cubanos para recordar que nuestros tatarabuelos, y bisabuelos, superaron con mucho ese listón, o cualquier otro impuesto en la ya milenaria historia humana. Y esto, lector, es vital que lo sepas.

Un Comentario

  • Norma Normand Cabrera

    Felicito al autor. Y le agradezco. Es de lo mejor que en temas de Historia de Cuba he leído. Cierto que pocos justiprecian las hazañas de nuestros próceres. Magnífico!!!

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