Historia

Martí y Fray Olallo

Por: Norma Normand Cabrera
José Martí fue bautizado el sábado 12 de febrero de 1853, apenas con quince días de nacido, en la iglesia del Santo Ángel Custodio, la misma donde en la novela inolvidable del cubanísimo Cirilo Villaverde cayera apuñalado por un vengativo rival, en el día de sus bodas con otra, el burlador de la infeliz mulata Cecilia Valdés.

En su libro Martí, Hombre, dice el Dr. Gonzalo de Quesada y Miranda, a propósito del acontecimiento:

Cae el sol por la ventana emplomada, cierra los ojillos almendrados del neófito y esparce luz sobre la pequeña frente, ya singularmente alta y despejada.
‘José Julián’… repiten monótonos los labios del capellán, en medio del silencio, ‘ José Julián’…
“Las aguas bautismales humedecen el rostro del niño; termina el sacramento. Un cristiano más, piensan todos rutinariamente, sin darse cuenta de nunca haber estado menos errado semejante pensamiento.

Solo que entre el concepto formado de la palabra por los presentes y el hondo sentido que le dará en su vida el bautizado existirá una diferencia tan profunda que, de imaginárselo siquiera sus padres y sus presuntos mentores espirituales, hubiesen alzado las manos con espanto ante lo que en sus mentes sencillas, mantenidas en la oscuridad por un clero interesado en conservarlos en explotable ignorancia, les parecería como una tremenda herejía.

En efecto, él será cristiano; cristiano, como explicará en una cartilla escrita en plena madurez, dedicada al hombre del campo, a quien le habla con todo su corazón:

Cristiano quiere decir semejante a Cristo (…) un hombre sumamente pobre, que quería que los hombres se quisiesen entre sí, que el que tuviera ayudara al que no tuviera, que los hijos respetasen a los padres, siempre que los padres cuidasen a los hijos; que cada uno trabajase, porque nadie tiene derecho a lo que no trabaja; que se hiciese bien a todo el mundo y que no se hiciera mal a nadie.
Cristo estaba lleno de amor para los hombres. Y como él venía a decir a los esclavos que no debían ser más que esclavos de Dios, y como los pueblos le tomaron un gran cariño, y por donde iba diciendo estas cosas se iban tras él, los déspotas que gobernaban entonces le tuvieron miedo y lo hicieron morir en una cruz.
De poder hablar, como lo hizo en la cariñosa censura al campesino en su cartilla, le hubiese dicho a sus padres: « ¿por qué confías a manos extrañas la cabeza de tu hijo?, ¿por qué no le echas el agua tú mismo?», ya que para él: « El hombre que vale más no es el que sabe más latín, ni el que tiene una coronilla en la cabeza. Porque si un ladrón se hace coronilla, vale siempre menos que un hombre honrado que no se la haga. El que vale más es el más honrado, luego la coronilla no da valor ninguno.

Y continúa el Dr. Quesada: Pero ha concluido el rito; queda firmada el acta. Cumplida la tradición, el padre vuelve a sus deberes militares; y la madre, al pie de la modesta cuna donde el niño soñoliento de tanto ajetreo dormirá plácidamente, sin signo alguno de lo que habrá de ser: un eterno rebelde”…
Ese mismo día, un cubano huérfano que fuera depositado el 15 de marzo de 1820 en la Casa Cuna de San José en La Habana, cumplía treinta y tres años (la llamada, popularmente, “edad de Cristo”). Por un papel prendido en sus ropas cuando lo abandonaron se supo que nació el 12 de febrero, mas no el nombre de sus padres. Como los demás de su condición, fue bautizado Valdés: José Olallo Valdés.

Tan pronto como en 1835 el adolescente se unió a la Orden Hospitalaria, y desde entonces, hasta su fallecimiento, ocurrido en 1889, vivió y trabajó en el Hospital de San Juan de Dios, en el hoy Camagüey. Obviamente, la Guerra del 68 lo encontró allí, prestando sus servicios como enfermero y cirujano, conocimientos adquiridos de forma empírica y mediante la mucha práctica hospitalaria, primero en La Habana y después en Puerto Príncipe.
En el hermoso trabajo Héroe de la Caridad, publicado en la Revista Palabra Nueva de diciembre de 2008, expresa en uno de sus párrafos el Dr. Roberto Méndez:

El beato sirve a todos en el hospital, lo mismo a un soldado español herido en batalla que a un cubano que subrepticiamente le llevan para que cure sin que lo sepan las autoridades. No atiende a credos ni a facciones, en todos ve a su prójimo doliente. Pero él, manso y paciente, más de una vez se rebela contra órdenes injustas.

Hay, sin embargo, un rasgo que lo dejaría definitivamente inscrito en la Historia y la Cultura cubanas: el 12 de mayo de 1873 entró en la ciudad de Puerto Príncipe el cadáver del Mayor Ignacio Agramonte, caído el día anterior en los potreros de Jimaguayú. La soldadesca y los voluntarios españoles, regocijados, querían profanarlo y hasta arrastrarlo por las calles. Lo impidieron el fraile y el capellán del hospital, el presbítero Manuel Martínez Saltage, criollo valiente y de vida irreprochable. El cuerpo sin vida del Bayardo fue arrojado en la Plaza de San Juan de Dios. Olallo lo hizo conducir en parihuelas hasta el final del corredor izquierdo del hospital, donde le limpió el rostro y las heridas. Luego rezó junto al capellán las oraciones de difunto, hasta que las autoridades decidieron llevarse el cadáver.

Confluyen así -apunta el Dr. Méndez- en un momento decisivo de formación de lo cubano, un héroe de las guerras de independencia, jurista y militar, paradigma de integridad ética, para el que patria y religión nunca fueron excluyentes, y un hombre de Dios, para quien la caridad y la justicia debían ir siempre de la mano. En una época en la que la cuestión religiosa estaba tan sujeta a manipulaciones políticas, esa escena resultaba fundacional para nuestra nacionalidad.

El 29 de noviembre de 2008 la Plaza de la Catedral de Camagüey resultó pequeña para dar cabida a los miles de cubanos llegados de todas partes del país, y otras muchas personas, compatriotas o no, de diversos lugares del mundo, para celebrar la ceremonia de Beatificación de José Olallo Valdés, Hermano Hospitalario de la Orden de San Juan de Dios.
Su fiesta se celebra, según disposición del Vaticano, cada 12 de febrero, fecha de su cumpleaños.
Acostumbrados los cubanos a la riqueza de nuestra historia, no debe asombrarnos cómo de nuevo se unen dos efemérides tan caras a todos: el bautizo de José Julián, devenido Apóstol de la Independencia, Héroe Nacional de Cuba, y el nacimiento de otro José, Beato cubano y Héroe de la Caridad.
Sirvan estas líneas como sencillo homenaje de recuerdo, respeto y devoción hacia tan entrañables figuras, cubanos que se desenvolvieron casi en la misma época turbulenta y decisiva para nuestro país como lo fue la segunda mitad del Siglo XIX. Aunque en contextos diferentes, ambos actuaron guiados por sentimientos de infinito amor y entrega sin límites hacia los demás, pilares de la fe cristiana y características de nuestra conciencia patria: el religioso Fray Olallo, consagrado a la noble vocación de curar a sus semejantes y luchar a brazo partido contra la muerte, pero enfrentando también a las autoridades coloniales cuando trataban de impedirle atender a los cubanos heridos, y el revolucionario Martí, dedicado su vida entera a hacer a Cuba libre, a sanarla de los males que la aquejaban, y para quien ser cristiano es ser rebelde a todo lo que representa injusticia en el mundo.

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