Historia

Para que nada se olvide

Y ahí quedan, frente a nuestra conciencia, las palabras inscritas en el Memorial de la Paz en Hiroshima, para que nada se olvide. 

Por: Ana Barnes 

Este jueves, el mundo recuerda uno de los sucesos más trágicos de la Segunda Guerra Mundial. Hace hoy 75 años, el 6 de agosto de 1945, en horas de la mañana, caía en Japón la primera bomba atómica de la historia de la humanidad. Las consecuencias de esta catástrofe aún son visibles hoy.

Cuentan los que la han visitado, que cuando uno se pasea por Hiroshima, las huellas del pasado están por todos lados, a pesar del dolor. No hay un monumento, una tarja conmemorativa, que esté ahí por casualidad, que no cuente su propia historia.

Como, por ejemplo, la sencilla placa colocada en el hospital Shima, reconstruido hoy después de recibir en pleno la primera bomba, lanzada por un bombardero americano B-29, que habían bautizado Enola Gay (por el nombre de la madre del piloto, Paul Tibbets). Se cuenta que esta primera bomba explotó casi 600 metros encima de la zona y arrasó con todo lo que había en kilómetros a la redonda, bajo temperaturas imposibles, que oscilaban entre 3000 y 4000 grados Celsius.

O como otra edificación, que aparentemente es solo una ruina, pero tiene el mérito de haber sido la más cercana al epicentro que pudo aguantar en pie, después de que todo el cobre que recubría su armazón en acero se derritiera casi instantáneamente. Los japoneses dudaron mucho tiempo sobre lo que harían con este edificio, para algunos un vestigio demasiado doloroso, pero para otros el símbolo de una supervivencia. Finalmente se impuso la necesidad de recordar que Hiroshima sigue en pie, y el edificio en ruinas es hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Hiroshima 6 de agosto de 1945

Todavía los historiadores debaten sobre el impacto de este ataque nuclear en el final del conflicto bélico, pero por la magnitud sin precedentes de la devastación y la gran cantidad de víctimas, no quedan dudas sobre su carácter de crimen de guerra.

Sin embargo, los Estados Unidos nunca han pedido oficialmente perdón, por algo que esto pueda significar, ese perdón histórico. En 2016, Barack Obama fue el primer presidente americano en funciones que visitó Hiroshima, y rindió honores a las víctimas, haciendo un llamamiento a la desnuclearización. Como lo hizo luego el Papa Francisco, en 2019.

Pero lamentablemente, un mundo sin armas nucleares parece cada vez más lejano. Las potencias mundiales rehúsan todo avance significativo hacia el desarme, mientras los países que no las tienen comienzan a impacientarse por el inmovilismo. Las alertas van sobre todo a Estados Unidos y Rusia, que continúan en su pulseo sobre sus sistemas de misiles respectivos, cuando la comunidad internacional les reclama liderazgo en el desarme. Pero es como pedir peras al olmo…

Y ahí quedan, frente a nuestra conciencia, las palabras inscritas en el Memorial de la Paz en Hiroshima, para que nada se olvide, para que nadie se canse, para que alguien recuerde que las “políticas equivocadas” pueden llevarnos al desastre:

“(…) Por la presente, lloramos a todos los fallecidos en el bombardeo atómico. Recordamos, con mucho dolor, las numerosas vidas sacrificadas por las políticas nacionales equivocadas. Para asegurarnos de que tales tragedias no se reproduzcan jamás, nos comprometemos a transmitir la historia de estos sucesos a las generaciones futuras, de Japón y del resto del mundo, y a construir lo más pronto posible un mundo de paz, libre de armas nucleares.”

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