Cultura

Improbables y necesarias convergencias

Por: Arian Rubio

Hay en las artes fenómenos inexplicables, por dolorosos. Otros son terriblemente difíciles de explicar por perentorios. Lo que me pasa suele ocurrir cerca de ese prolongado cierre de ojos y pensar: este es un elegido, he aquí una inteligencia superior. Para este individuo la modestia de lo ordinario fue una pesada cruz hasta el último aliento. Pobre de él. Pobre de ellos. Pobre de Julio Cortázar y Krzysztof Kieslowski que no se conocieron. Y pobres de nosotros que los perdimos hace tanto. 

Si de una obsesión supo ocuparse el gigante argentino en cinco de sus cuentos (puede que olvide algún otro) y una novela, fue del fenómeno del “doble”, comúnmente llamado a la alemana: doppelgänger. A los títulos me remito: Lejana es el tercer cuento de Bestiario (1951), que es su primer libro de relatos publicado, una narración sobre la que debemos volver más adelante. El interés por este tema se torna obsesión en Final del Juego (1956) con la aparición de Una flor amarilla, donde se trata el doble espaciado en el tiempo e identificado por una de las partes que se reconoce cuando fue joven. Axolotl da lugar a la identificación de la otra parte en un singular animalito con mirada profunda. Por tercera vez aflora el tema en esa revisitada catedral del relato, conocida como La noche boca arriba, donde el doble vive y se identifica en el mundo onírico. En 1963 nos dio a luz Rayuela, obra que en sus diferentes niveles de lectura tampoco se desdobla de la obcecación de las dualidades, discernibles aquí en los binomios Oliveira/Traveler, tan parecidos a veces, y Lucía (la maga)/Talita a los ojos nostálgicos del Oliveira, que va cayendo presa de la locura y yuxtapone la identidad de una en la otra. So riesgo de errar, añadiría una tercera dualidad, acaso de menor importancia, sujeta el rejuego opcional de Morelli/Cortázar, si uno se decanta por la lectura alternativa que ofrece el tablero de dirección. Volviendo sobre el territorio del cuento, en Queremos tanto a Glenda (1980) aparece Orientación de los gatos, que al igual que en Axolotlindaga en la dualidad humano/bestia, identificada esta vez por un ente exterior al fenómeno, y no por ninguna de las partes que comparte la dualidad sospechada, en este caso la novia del narrador y un gato. 

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Krzysztof Kieslowski se acercó al tema del doble en una de sus películas más célebres: La doble vida de Verónica (1991), al parecer ignorando del todo la existencia del argentino, y molesta mucho pensar que ese fuera el caso, porque el director y guionista polaco estaba dotado de varios atributos que lo perfilaban como creador ideal para llevar al argentino a la gran pantalla.

1-Trabajaba y ponderaba la concisión, y a su Decálogo me remito, donde el tiempo de duración promedio de cada filme es una hora. Cortázar fue, por sobre todas las cosas, un maestro de la narración concisa.

2-Krzysztof gustaba de crear esas pequeñas grietas dentro de la realidad mundana, esas grietas que mostraban la existencia de algo más. Julio vivió defendiendo esa grieta. 

3-El polaco tendía al lenguaje poético, al lirismo en todas y cada una de sus imágenes brutalmente hermosas y sugerentes. “Máquina de escribir bellamente” es el halago que le escuché al maestro Eduardo Heras León en referencia al argentino.

4-A su manera, Kieslowski coqueteó bastante (nada menos que en su obra francesa) con los fenómenos del azar, la comunicación y la coincidencia rara, tal vez sin sentarse a escuchar lo que el gigante sudamericano pensaba sobre el concepto de “figura”.

A todo, súmese que vivió en París cuando creó un monumento cinematográfico lleno de desencuentros, inspirado en la bandera francesa; el mismo París que treinta años atrás otro extranjero escogió como escenario para los juegos de escondidas de dos amantes deslumbrados por cada nuevo rincón de la ciudad que descubrían. Súmese también que al polaco se le daba trabajar a dúo en el guion y colaborar en equipo. Pero todo se queda en lo que pudo ser y no fue. 

Otros pueden contentarse con la cinta Blow-up, de Michelangelo Antonioni, cuyo origen fue el cuento de Cortázar Las babas del diablo (1959), que fue un win win para el escritor (aumento de público lector, más cuatro mil MLC por los derechos, unos treinta mil de ahora ajustando la inflación), para el productor Carlo Ponti (25 millones) y para el cineasta italiano (una Palma de Oro en 1967), nada de lo cual evitó que verla fuera una gran decepción para un servidor, cuya opinión poco debe importar. Decepción en tanto filme, nada más lejos que juzgar la adaptación libre del cuento… pero es que se hace aburrida, larga, sin ritmo, sin gracia, y la cara de David Hemmings no ayuda mucho. Y es que el cuento es demasiado bueno también, por qué no decirlo. A mí que me maten, pero muero asegurando que a Cortázar aquel filme que vio en Holanda, ni fu ni fa. Y si de paso digo que ese villano contemporáneo que lleva el nombre de Mel Gibson, a años luz distante de figurar en las listas de directores relevantes, donde Antonioni puede estar campeando hace décadas, sin haber leído La noche boca arriba o al propio Cortázar ya de lleno, por ende obviando toda reminiscencia fantástica en su filmelogró con Apocalypto una trama infinitamente más entretenida y magnética que la de Antonioni. Pero desvarío, cuando lo que realmente necesito expresar es que no era Antonioni, era Kieslowski el tipo. Y si era el italiano a la primera, pues por lo menos que el polaco hubiera hecho también un par de cintas ex profeso, habiéndose armado con Las armas secretas o quemado con Todos los fuegos el fuego. Hechos que el argentino conocería en algún punto, sabedor de que las sensibilidades convergentes, las poéticas dialogantes, pueden dar nacimiento a obras inmortales, así sean sus dueños un polaco y un argentino que se entiendan en francés y caminen por semejantes recovecos del mismo París en diferente tiempo. Porque creo intuir que La doble vida de Verónica, bella como es a sus tres décadas ya de vida recién cumplidas, pudo haber ganado en valores si Kieslowski conociese Lejana; eso al menos, si bien Cortázar no viviría diez años más para ver el pubis más bello del cine en las Verónicas polaca y francesa, y hacer la necesaria parábola agregando los moretones de sus Alinas húngara y argentina, con pies llenos de nieve, ya bastante envejecidas en su memoria. 

Julio Cortázar y Krzysztof Kieslowski, Julio Cortázar y Krzysztof Kieslowski, Julio Cortázar y Krzysztof Kieslowski

Autor

  • Red Label, el café con su justa dosis de chícharo, cigarro suave o fuerte según el día. Descubrí que aun puedo hacer diez planchas la semana pasada.

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