Política en Cuba

La Isla en Peso

Apuntes sobre cómo encarar al miedo desde la fe

Por: Julio Pernús

El aislamiento producto de la pandemia nos ha permitido revisar lecturas pendientes, la Isla en Peso  de Virgilio Piñera estuvo entre los versos que pude apreciar tras caer en mi biblioteca digital.  

La poesía reflejada en la Cuba avistada por el autor no puede ser consumida en un solo sorbo, ni en un único concepto, pues en  su interior expresa la espiritualidad de un ser humano mutilado, detestado, pero en verdad eficaz con su voz de denuncia, un descifrador de la irrealidad, que se desprende de lo real según sus versos, diría uno de sus discípulos más cercanos, Antón Arrufat.

un descifrador de la irrealidad, que se desprende de lo real según sus versos

Antón Arrufat.

Los últimos acontecimientos sucedidos en el entorno social del país y que aún no terminan, me han hecho percibir en algunos amigos de la Iglesia un cansancio petrificador; es como si en sus hombros cargaran todo el peso de la Isla. A quienes no vivimos estos sucesos en primera persona nos costará mucho entender su situación. Por eso, preferimos en ocasiones proyectar una distancia mental de esa realidad, no tocar las redes para evitar impactarnos con el sufrimiento del otro, cuyo pecado es pensar distinto a los que están dentro de la línea de permisibilidad imaginaria trazada hace varias décadas en un discurso definitorio. Quizás por eso una mente enajenada puede estar libre tras atravesar una puerta dibujada en un barrio pobre de La Habana y salir fuera, aunque permanezca preso dentro de las fauces de la institución.

El padre Chema, un jesuita vasco que suele mandar a varios amigos contenidos de interés por correo electrónico, escribía en uno de ellos sobre la necesidad de aprender a vivir el presente y dejar detrás el pasado; un sabio consejo, pero bien difícil de seguir al pie de la letra. Todo buen ignaciano sabe del valor de la huella dejada en el cuerpo tras una herida y cómo de ahí puede germinar un proceso de conversión radical del que luego no habrá vuelta atrás. A veces siento que mis amigos están en ese lugar, un espacio donde sus vivencias y principios no les permitirán volver a ser los de antes.

Antes de teclear la primera letra, deseaba darles –y darme- un buen consejo a los lectores de este texto sobre cómo encarar el miedo. En realidad, no sé. Solo les pediría que, como Iglesia, no se deje de abogar por que el pensar distinto  no sea convertido en un castigo capaz de encerrarnos a “salvo” en un hospital dentro del infierno. El miedo es un tema recurrente en la vida de las personas, Jesús también lo sintió y en Getsemaní nos hizo ver que, vivido a su manera, nos hace humanos.

La Iglesia, compuesta por hombres y mujeres, en no pocas ocasiones se siente asaltada por ese miedo real, capaz de paralizar, pero en otras lo enfrenta, como estos muchachos que a pesar de todo sueñan y actúan por un horizonte distinto. Algunos podrán decir: eso no es valentía, sino temeridad, puro instinto de supervivencia. Las personas de fe saben de la fuerza del Espíritu y el poder tangible de la oración. Con ellos como guía en los propios modos de proceder, se podrá descolocar al miedo al intentar darle un abrazo.

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