Onírica

Lo que vi desde mi ventana

Por: El hijo de Lucy

Ayer cumplí tantos años que no recuerdo cuándo fue la primera vez que reí, o que tuve un sueño. No encuentro en mi memoria el minuto exacto en el que sentí que mi corazón se destrozaba de amor por primera vez. 

Ayer, al verme rodeado de todos mis seres queridos (algunos en presencia física) y mirarle a los ojos, no supe si se alegraban al felicitarme o me extendían sus congratulaciones como condolencias prematuras para algún Sainete Póstumo, o algo parecido que tampoco distingo si  leí en alguna parte, o es invención de una mente cansada. 

Ayer, haciendo balance de lo que ha sido mi vida, o más bien, de lo que han hecho los años conmigo, me doy cuenta de que quizás fui demasiado idealista con la confianza que deposité en este o aquel político, que fui demasiado confiado en que el futuro me lo comería de un solo bocado, porque con veinteytantos años pensar diferente es contra natura. Estoy seguro de que hubiese mejorado muchísimo si hubiera cometido la mitad de los errores que me han arrastrado hasta este minuto, aunque no existiría tal como y soy, y estas líneas serían de otro yo, en algún universo paralelo.

Ayer, apagar la vela del pastel vino a recordarme que la edad no es solo un número (como muchas canciones nos quieren hacer creer), y que viene acompañada de dulces inquietudes y amargos desencantos. Que trae consigo el sabor ese que a nadie le gusta probar, sabor a final. 

Paneo con la vista sus caras alegres y me transmiten pena. Todos actúan como si me conocieran y trato de ser amable devolviéndoles una mueca parecida a una sonrisa que aceptan como regalo divino.

¿Dónde estará mi familia? ¿Por qué me habrán dejado con estas personas que no conozco pero quiero como si las conociese? ¿Dónde estará mi mujer, mis hijos? Tengo tantas ganas de verlos y de abrazarlos, de cargarlos en los hombros y caminar por el mar con ellos, como lo hicimos en las vacaciones pasadas. En este lugar donde el tiempo parece  “pasar de largo” y nunca detenerse, ni siquiera a mover las manecillas de un reloj que ha amanecido junto conmigo. He mirado la luz del sol invadir mi ventana con su impertinencia habitual, pero ahora me pareció tan fría que dudé que fuese ese mismo astro por el que todos, justamente ayer, pasaban sus pañuelos por el rostro.

He oído unos pasos a mis espaldas, pero estoy demasiado cansado para voltearme y saber quién es, seguro que uno de los enigmáticos invitados de la celebración de ayer. 

El dueño de esos pasos es un hombre de sien plateada que se detiene delante de mí y  se arrodilla como para estar a la altura que tengo desde esta silla. Me mira con una calidez que no entiendo pero que agradezco, siempre he confiado en la bondad de los extraños. Pero sus palabras me desconciertan sobremanera.

— Papá ¿te gustó el cumpleaños que te hicimos? No te puedes quejar, trajimos a todo el mundo. Vino hasta mi hermana con sus nietos. ¿Estás cansado? ¿Por qué estás en la ventana con esa luna dándote de frente? Papá, papá, papaaaaaaaaaaaá, ayuda, que alguien me ayude, papaaaaaaaaaaaaaaaaaaá.

También le puede interesar

cumpleaños, cumpleaños, cumpleaños

Puede comentar acá

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto:
Ir a la barra de herramientas