Onírica

Endeble

Por: Elaine Roca

Ese hombre se está muriendo. Míralo verde, muy verde. Aprieta la mandíbula como agonizando molesto, reprimido, bravo con la vida. Aguanta el aire para hablar. La furia no lo deja engordar tres libras. “Yo quiero aclarar, yo quiero puntualizar, porque así como lo pones tu pareciera…”, dice.
Nunca le ha crecido un pelo en la barba. Su cara erosiona. Señor, se vale gritar ¿necesita ayuda?
Una toalla mugrosa entre cuello y camisa aguanta toda energía para que su condición de humano no lacere las estrellas del traje. El traje es la armadura que sostiene un cuerpo delgado. Tela de exoesqueleto.
Cerramos ventanas por miedo, hablamos bajito por precaución, de reojo el resto acuerda para no dañarlo. Coincidimos que al exponerlo, el aire de la ventana lo vuelve nada, lo borra, lo hará libre.
Ese hombre se está muriendo y un uniforme de medicina cobra sus días porque él no grita ni deja al sudor comunicarse, crear un hongo y hacerse vida.

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Siempre había sido un tipo raro. Apenas sonaba la campana, a las seis de la mañana, se levantaba. Se quitaba el short que usaba para dormir, se ponía el pantalón de la escuela y los zapatos, pero no la camisa, nunca la camisa, para no ensuciarla antes de estar listo. Abría la taquilla y sacaba su cepillo y su pasta de dientes. La gota como grano de frijol y directo para el baño. Siempre era el primero en llegar al baño. Se lavaba con paciencia los dientes. Se enjuagaba la boca, se lavaba las manos y la cara. Orinaba. Y se volvía a lavar las manos. Se secaba y volvía al cubículo. No decía palabra alguna hasta que se la pidieran. Se enganchaba la camisa, se la abotonaba, tomaba la mochila y largaba para el comedor. Como llegaba tan temprano, era siempre el primero en la cola del desayuno. Luego de terminarse el banquete mañanero bajaba a lavarse por segunda vez la boca, quizá para ahora tener algo con verdadero sabor en la lengua.

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