Onírica

Esperar

Por: Miguel Alejandro Hayes 

De cierta bibliografía soviética aprendí que bastaba una vida humana para construir el socialismo. Y una vida humana en Cuba, como promedio, son poco más de 75 años, casi llegando a los 80.

Los que pasan los 70 años ya han vivido casi toda esa vida, y no conocen el socialismo. De hecho, ahora que suben los precios y solo tienen una pensión miserable, es cuando más lejos han estado de él. Pero esa vida humana ha transcurrido, por entero, esperándolo.

Enfrentó bandidos, 2506s, hasta un bloqueo naval al borde de un holocausto. Lo hizo mirando a lo lejos, aunque los sesenta no dieron mucho.

Esa misma vida hizo la Zafra, así, en mayúscula. Lo dio todo. Y la Zafra fue calor, sudor, pachanga socialista, ron entre amigos, no más.  Quedó esperando.

Los ochenta también fueron de espera. Mientras los rusos avisaban que estaban a un paso del comunismo, tal vez aquí se esperaba encontrarlo al doblar de la esquina, aunque más se esperaba el final de una guerra de liberación nacional en otro continente. Eso sí llegó.

Tampoco faltó la construcción de la vivienda propia, en grupos, en contingentes. En sobredosis… el principal estupefaciente político, porque los pueblos no solo consumen opio.

Se habló de que ya se podía empezar a construir el socialismo, pero los ochenta solamente trajeron los noventa.

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La vida humana nunca ha esperado tanto un gran milagro como el que no bajó en los noventa. Tal vez fue la convicción en la espera lo que sostuvo el año noventa y dos, y luego el noventa y cuatro. Gracias a todo eso la vida llegó a los dos mil.

Apareció el petróleo de Chávez, y los chinos eran más amigables. Entonces parecía que todo sería para algo. Al menos un maestro se distanció más de los 150 pesos cubanos, inconvertibles.

Las tiendas tenían pacotilla, el todo por uno, muchos juguetes con luces, carne de res por la izquierda, y las últimas oleadas de cerveza de pipa. La Habana se caía menos. 

Esperar debería ser un proceso acogedor. Y quizá los dos mil fueron la menos desagradable de las terminales de espera, o quizá solo era el temba, que ya estaba más calmado, más cansado.

Lo bueno es que la espera fue premiada con el derecho a entrar a hoteles, a vender la casa propia, a comprar algún carro viejo, a tener un negocito.

Pero en la segunda década del dos mil la vida humana ya se arruga. Tanta espera la desgastó. Fiel devoto, no guardó mucho, porque el socialismo se lo daría todo. Entonces no pudo ir al hotel, abrir un negocio (el mismo que condenó en su espera, y se hace el que lo olvidó), ¿para qué vender la casa?

La vida humana no conocerá el socialismo. Ese no podrá ser su destino, ni la arrancada a los de la silla de atrás. Su legado es la espera. El andén sin raíles. El dejarse existir. 

Esperar es resistir, decolonial, anticapitalista, ofensiva cultural. Es lo que comienza a escuchar la vida humana. Aunque para ella esperar es vencer. 

vida humana en Cuba

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