Onírica

Al volver de distante ribera

Por: Jorge Fernández Era 

Un pelotero cubano seleccionado uno de los cien mejores deportistas del siglo XX en la Isla fue ignorado indecentemente de una lista de glorias del beisbol santiaguero en el más reciente juego de las estrellas. La nota de aclaración de la Dirección de Deportes de esa provincia roza la ignominia, poco les faltó para decir que Antonio Pacheco fue estrella y parece brillaba, pero en realidad es un astro hace rato apagado que solo fulgura dados los años luz a que se encuentra.

Un aeropuerto ha sido reabierto hoy después de una larga espera. Para el egoísta que algunos llevan dentro es medida precipitada que traerá como consecuencia la entrada al país de portadores de la enfermedad que desde hace un año asola al planeta. No recuerdan —tampoco es su culpa, los medios oficiales y el propio Gobierno han hecho silencio casi total sobre el asunto— que miles de compatriotas quedaron varados en el mundo entero, que cada uno tiene una historia que hacer sobre la angustia del no regreso.

De atletas y de aeropuerto, de traiciones a la patria que son traiciones de la patria trata un cuento que escribí en tono de humor hace casi una década y que hoy conserva plena vigencia. 

Al volver de distante ribera

Entre los pasajeros que pugnan por salir del avión hacia el pasillo que los conducirá a la terminal aérea, sobresale uno con mono deportivo de cuyo cuello cuelga una medalla dorada. La funcionaria de inmigración lo conmina a ser el último en emprender el recorrido.

—Disculpe, compañera, pero en el aeropuerto de Roma el embajador cubano nos aseguró que seríamos los primeros en bajarnos.

—Las circunstancias han variado. Espere.

Después de dejar pasar frente a sus narices a ciento ocho italianos, siete noruegos, treinta ucranianos, otros setenta y nueve turistas de dudosa procedencia y un diplomático tailandés que en vez de pasaporte porta sus cartas credenciales, el cubano obedece a la muchacha, quien lo invita a seguirla. A mitad de camino le indica otro pasillo.

—¿Pasa algo? Le juro que lo único no declarado es este emepetrés. Es para mi hijo y lo venía oyendo en el viaje…

—Apáguelo y acompáñeme, ahora va a oír otra cosa.

El atleta pierde la cuenta de las veces que ha doblado a izquierda o derecha antes de llegar a una estrecha puerta que se abre como por arte de magia. Adentro, en la amplia oficina, un oficial con ropa verde olivo le espera tras un buró.

—Siéntese, ciudadano, y bienvenido a la patria… ¿Café?

—No, gracias. Me tomé un whisky en el avión, y me gusta, las pocas veces que lo tomo, conservar el saborcito en la lengua.

—Whisky: excelente elección… Espero no haya sido mucho el que ingirió, le conviene mantener la mente fresca para contestar algunas preguntas.

—Comience entonces. Me tienen intrigado con todo esto, y estoy loco por ver a mi gente.

—Yarislandi Rumayor Pitaluga… ¿Es ese su nombre?

—Sí, pero Héctor Rodríguez, el locutor, me mencionó una vez como Pitaluga, el coloso de Madruga, y así me conoce todo el mundo.

—Miembro del equipo nacional de carrera a campo traviesa…

—…¡y campeón mundial de la modalidad de potreros, con récord incluido, desde el miércoles pasado!

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—Eso último veremos si se le agrega a su ficha… ¿Y el resto del equipo?

—Se bajaron en Canadá quejándose de descomposición… para mí que por unos bistés de búfalo que nos dieron tras la clausura de la competencia.

—Lo engañaron, han desertado en pleno, ya están hablando hasta por los codos.

—Mire eso… Pensé vendrían en otro vuelo. El sobrecargo del avión, ante mi insistencia, me aseguró que ya estaban bien… Ahora entiendo lo que quiso decir.

—¿Ignoraba que desertarían?

—No me comentaron ni jota… soy el secretario general del comité de base.

—Exacto. En su expediente consta que le costó muchísimo trabajo aceptar el cargo. Alegó que no tiene el don de influir en el colectivo, debilidad que acaba de demostrar con creces.

—¡Tampoco así!… les advertí que tantos bistés les revolverían el estómago.

—¡Pues tenía que olerse que el daño no sería en sus sistemas digestivos y sí en sus cerebros! A ver: si fue el atleta más destacado del evento, ¿por qué no trajo consigo la copa que le otorgaron a Cuba como nación mayor acumuladora de puntos?

—La traía el capitán del equipo. La besaba constantemente. Dijo que significaba mucho para todos, criterio que yo compartí, por supuesto.

—No iba a decir otra cosa. Los cables aseguran que el trofeo posee un valor de cincuenta mil euros, casi lo mismo que el Estado cubano invierte en un solo año en la preparación de ustedes. Sus compañeritos, en retribución, han llegado en su carrera más lejos que nunca. ¡Y el deber suyo era sospechar que algo se fraguaba, defender esa copa con su vida e informar al compañero de seguridad de la delegación!

—¡Pero si es el masajista, y también se quedó en Canadá!

—¡Mientras el alto mando no decida otra cosa, él es quien los atiende, cada cual sabe el rol que juega y el reto que se nos impone! El suyo, se lo recuerdo, era estar al frente de un colectivo de jóvenes frutos de la Revolución, como secretario general del comité de base.

—¡Y aquí estoy de regreso, ¿no?!

—A eso iba: ¿por qué regresó?

—¡¿Cómo que por qué?! Porque esto es lo mío. Aquí están mi familia, mis amigos, la gente del barrio…

—Y el Comandante: ¿no cuenta?

—…Claro, también. ¿Pero a qué viene todo esto?

—¿A qué viene? ¡¿No se da cuenta del daño político implícito en el hecho de que una delegación de atletas, directivos, médico y masajista traicionen a la patria?! Le digo más: el presidente del Comité Olímpico Cubano, el Gallego Fernández, está levantado desde las dos de la mañana para venir a recibirlos. ¡Y ese anciano ya no está para madrugaderas ni para disgusto semejante!

—¿Y por qué me lo dice a mí?

—¿Y a quién se lo voy a decir? ¿A mi abuela?

—Ahora que habla de su abuela: allá afuera debe estar la mía, es contemporánea con el Gallego. ¿Por qué no me dejan salir para acabar de ver a la familia? Seguro me tienen armado tremendo recibimiento por lo de la medalla de oro y el récord mundial.

—¡Nuestro deber es depurar responsabilidades! No puede quedarse impune una deslealtad como esta. Acabo de hablar con el vicepresidente del Inder que atiende la carrera a campo traviesa y me confesó que para recuperar el nivel alcanzado por nuestro país en ese deporte harán falta no menos de diez años, y habrá que trabajar muy duro desde la base. Cuenta con usted para preparar a los futuros campeones.

—¿Qué insinúa?

—Que después que se tome unos días de vacaciones, si en la investigación no sale a relucir alguna otra flojera de su parte, comenzará a trabajar como entrenador de los niños que se preparan en la Loma del Burro… Y ya que mencionó la bienvenida que su familia se trae entre manos, le anuncio que más grande es la que tienen preparada el Gobierno y las organizaciones políticas y de masas. Como no vamos a hacer el papelazo de sacarlo solo para allá afuera, hemos encontrado una solución coyuntural.

Por la puerta del fondo entran diez individuos con indumentaria deportiva similar a la de Pitaluga.

—Le presento al equipo nacional de carrera a campo traviesa que regresa victorioso del Campeonato Mundial de la disciplina.

—¡¿Pero quién va a creer que ese gordo es deportista?!

—¡Respete al coronel Alzugaray, que a pesar de haber cumplido su guardia, helo aquí, enfundado en un uniforme que ni le sirve, tras haber aceptado altruistamente bajar de grado militar y fungir como capitán de la selección! Ahora póngase otra medalla, para que no desentone con las que pudimos conseguirle al resto de sus compañeros de equipo, y agarre bien esta copa, no vaya a ser que se rompa, es un préstamo del Museo del Deporte… ¡Adelante, que al pobre Fernández le va a dar un soponcio si lo hacemos esperar más!… Y cambie esa cara, cualquiera pensará que no le alegra regresar a suelo patrio.

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