Onírica

La apuesta

Realmente era un tipo raro. A la gente de nuestra edad no le gustan los tipos raros. Quizá haya sido por eso que comenzaron con aquella estúpida apuesta.

Por : Adrián Pernas Álvarez

Siempre había sido un tipo raro. Apenas sonaba la campana, a las seis de la mañana, se levantaba. Se quitaba el short que usaba para dormir, se ponía el pantalón de la escuela y los zapatos, pero no la camisa, nunca la camisa, para no ensuciarla antes de estar listo. Abría la taquilla y sacaba su cepillo y su pasta de dientes. La gota como grano de frijol y directo para el baño. Siempre era el primero en llegar al baño. Se lavaba con paciencia los dientes. Se enjuagaba la boca, se lavaba las manos y la cara. Orinaba. Y se volvía a lavar las manos. Se secaba y volvía al cubículo. No decía palabra alguna hasta que se la pidieran. Se enganchaba la camisa, se la abotonaba, tomaba la mochila y largaba para el comedor. Como llegaba tan temprano, era siempre el primero en la cola del desayuno. Luego de terminarse el banquete mañanero bajaba a lavarse por segunda vez la boca, quizá para ahora tener algo con verdadero sabor en la lengua.

Siempre tan callado. Siempre leyendo algún que otro libro. Muchas veces los terminaba antes de que tuviéramos que salir de pase, entonces los repetía. No le gustaban los deportes. No le gustaba la música de moda. No le gustaban las recreaciones. No le gustaba el dominó, ni el alcohol, y las muchachas parecían no importarle en lo absoluto, tampoco lo parecían los muchachos. A veces estaba en el aula, en el cubículo, o en cualquier otro lado donde nosotros, y nunca lo notábamos. Solo había dos momentos en que era imposible no notarlo: a primera hora en la mañana, cuando se lavaba los dientes, o cuando se levantaba en medio del turno de clases para sacarle punta a algún lápiz. Era raro que nunca usara portaminas, siempre lápices, y siempre les sacaba punta con una de esas cuchillas que ponen los barberos en las navajas para afeitar.

Realmente era un tipo raro. A la gente de nuestra edad no le gustan los tipos raros. Quizá haya sido por eso que comenzaron con aquella estúpida apuesta.

Para el resto de los muchachos era tan raro que quisieron cambiarlo. Y apostaron a que lo lograban en menos de tres meses. En el primero quisieron que probara alcohol, y hasta que se emborrachara. Pero no lo lograron. Luego intentaron con los deportes, el dominó y las recreaciones. Nada. Finalmente, en el tercer mes, consiguieron que una muchacha aceptara acostarse con él en uno de los laboratorios. Lo llevaron allá, sin explicarle el motivo, y los dejaron a los dos dentro. Nadie sabe exactamente qué pasó en el laboratorio, pero de seguro saben que no pasó nada.

Nadie ganó, porque todos apostaban a que lo harían cambiar. Para la próxima apuesta, lo único que varió fue el tiempo necesario y el monto de dinero a cobrar. El único en el albergue que se mantuvo fuera de la primera apuesta fui yo; para la segunda, estaba seguro de que no lo cambiarían. Aun así no participé. Esta vez volvieron al inicio, a intentar que bebiera ron. Sin embargo, recurrieron a métodos más… dejémoslo en persuasivos. Comenzaron a burlarse sobre el hecho de que no hubiese estado con aquella muchacha y amenazaron con contárselo a toda la escuela, a menos que aceptara beber aquel destilado de quién sabe qué que guardaban desde quién sabe cuándo. No le importó en lo absoluto.

Le tiraron todas sus ropas al alero, le pusieron la taquilla en el techo, incluso una vez lo cargaron mientras dormía y lo dejaron toda la noche en sala de estar, sin sábanas, con el único objetivo de ganar aquella estúpida apuesta. Parecía que ahora tenía calma solo cuando se lavaba los dientes o le sacaba punta a sus lápices.

Y pasó el tiempo y el abuso crecía y la apuesta aumentaba su precio y cambiaba de a poco, pero cada vez un tanto más allá. A los muchachos de mi edad no les gustan los raros. Entonces llega el punto en que los raros sobran. Fue así como surgió la siguiente apuesta: Vamos a hacer que deje la escuela. Tan difícil le harían la vida —y la vida, en un sentido general, no es muy fácil, y en una beca, mucho menos.

Le cambiaban la comida de la semana por comida echada a perder; le robaban y desaparecían ropa; le arrancaban hojas, en las que tenía clases o tareas a entregar, a sus libretas; lo encerraban en los laboratorios, en las aulas, en el albergue; le bajaban el short y lo exhibían en calzoncillos en los turnos de educación física; no lo dejaban dormir; ni siquiera bañarse en paz. En ocasiones le cambiaban el refresco y lo sustituían por orine reducido con agua. Una vez, en la noche, fue al baño a orinar y le arrojaron encima toda la mierda del día, que habían acumulado solo para ese momento.

Pero nunca se fue. Ni nunca cambió.

Y cada mañana se levantaba y repetía su rutina. Y solo entonces, y cuando afilaba sus lápices, todo volvía a como era antes. Quizá porque, en el segundo caso, la presencia de un profesor no era conveniente para aquel tipo de travesuras que rozaban la malicia, y, en el primero, porque todos estaban muy cansados como para hacer aquellas travesuras.

En algún punto, todo pareció volver a la normalidad, o sea, a como era antes de que empezara la apuesta: durante una semana entera no lo molestaron más. Creí entonces que ya la habían dejado a un lado, que ya lo habían dejado a él en paz. Él seguía como siempre, con sus libros, su rutina mañanera, su impecable cepillado de dientes después de cada comida, el afilado de su sinfín de lápices…

A los muchachos de mi edad no les gustan los raros. Y para ellos él era demasiado raro. Después de aquella semana, le echaron ron en uno de los pomos de agua —¿cómo no se les había ocurrido antes, cuando la apuesta era otra?— y una vez se dio el primer buche, lo sujetaron y lo obligaron a terminarse el pomo por completo. Vomitó enseguida, pero ya estaba borracho. Lo llevaron a un laboratorio y lo dejaron desnudo allí. Me pareció que aquello era una estupidez, después de todo, si querían que estuviera con alguna muchacha, tenerlo en ese estado no ayudaría en nada. Entonces supe que la apuesta había vuelto a cambiar. Ya todos estaban convencidos de que no había manera de que abandonara la escuela. La apuesta ahora era otra: Vamos a hacer que se suicide. No lo dejaron en el laboratorio a estar con alguna muchacha, lo dejaron a que algún muchacho, quizá más de uno, lo violara.

Al otro día no parecía recordar nada y era evidente su resaca. Se levantó y siguió su rutina de cada mañana. Se lavó los dientes una y otra vez, pero no parecía estar satisfecho. Algún mal sabor debía quedarle aún. Luego de desayunar, se cepilló por enésima vez. A cado rato lo aquejaba algún dolor, en especial alrededor de la espalda baja. En el aula algunos se burlaban de él. Todo aquel no relacionado con la apuesta que pasaba cerca lo veía con una mezcla de lástima y repulsión. Nadie se atrevía siquiera a saludarlo. Se dio cuenta de que algo iba mal, probablemente a causa de algún suceso que no guardaba en sus recuerdos más recientes. Y mientras afilaba la punta de unos de sus lápices, oyó una conversación y unos gemidos de dolor… y su nombre. Salió del aula y vio dos muchachos con un celular. Supo en ese momento qué había sucedido. Aún con los lápices y la cuchilla fue al baño y se lavó los dientes, esta vez consciente del mal sabor en su boca, en todo su cuerpo.

Cuando regresamos al albergue estaba más callado que nunca. Se lavó la boca una y otra vez. Los demás solo sabían burlarse. Todos estaban seguros de que de la mañana siguiente no pasaría. Yo, que hasta entonces no me había pronunciado respecto a la apuesta, hice la mía propia. Cuarentaicinco a una: de ganar tendría más dinero de todo el que había visto en mi vida.

Siempre había sido un tipo raro. Y esta vez no dejaría de serlo. Apenas sonó la campana, a las seis de la mañana, se levantó. Se quitó el short que usaba para dormir, se puso el pantalón de la escuela y los zapatos, pero no la camisa, nunca la camisa, para no ensuciarla antes de estar listo. Abrió la taquilla y sacó su cepillo y su pasta de dientes. La gota como grano de frijol y directo para el baño. Siempre era el primero en llegar al baño y esta vez no fue la excepción. Se lavó con paciencia los dientes. Se enjuagó la boca, se lavó las manos y la cara. Orinó. El cepillo lo llevaba en un bolsillo del pantalón. Mientras se lavaba de nuevo las manos, se acercó a él un muchacho, el más entusiasta respecto a la apuesta, el que la había iniciado y el que más seguro estaba de que la ganaría. El muchacho le tocó una nalga y comenzó a burlarse, pero él le agarró la mano que intentaba ofender más su mancillada hombría. Se volteó, le torció la mano y lo hizo ponerse de rodillas en un gesto de dolor. Entre sus manos sujetó la maraña de pelos del otro muchacho, sacó el cepillo de dientes y lo puso en su cuello. Los demás que lo vieron comenzaron a reír, hasta que él apretó el cepillo y un hilillo de sangre brotó. Cruzó el cepillo de un lado a otro. El muchacho cayó al suelo, llevándose las manos a la herida para evitar que más sangre brotara. Su camiseta se embarró de sangre. Sus manos también. Se las lavó, se quitó la camiseta, quitó la mitad de la cuchilla que siempre usaba para afilar los lápices de dentro del cepillo, la echó en la basura y regresó al cubículo. Se secó las manos. Y se puso una nueva camiseta. No dijo palabra alguna y nadie se atrevió a hablarle. Se enganchó la camisa, se la abotonó, tomó la mochila y largó para el comedor. Yo cobré la apuesta que acababa de ganar.

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