Onírica

La cola y los idiotas

Colas en Cuba.

Una cola de picadillo, Aristóteles y muchos, muchos idiotas. Estrategia etimológica para alcanzar un turno.

Por: Alex Correa Iglesias

El gobierno piensa que somos todos  idiotas, decía  una mujer frente a mí mientras la cola del picadillo se estiraba como acordeón. Idiotas, pensé: ¡que palabra tan griega! Cuando uno está dispuesto a permanecer en una cola, y hacerlo por muchas horas, ha de arreglársela para no morir de aburrimiento.

El aburrimiento, señora, es no tener qué hacer con el tiempo libre. 

Los griegos antiguos inventaron casi todo nuestro vocabulario político; inventaron mucho más, pero en una cola hay que aprender el arte de la economía -¡vaya! palabra griega- de recursos. 

Idiota, por ejemplo, sale del griego ideotes ( ιδιωτης )  y describe aquellos que, aún siendo libres, eran tan pobres que quedaban relegados a su vida privada y por tanto incapacitados de participar en la vida pública, en la política. El idiota de entonces era libre toda vez que poseía lo suficiente como para no depender de otros, pero no tanto como para alcanzar el ocio, que como sabemos es algo más que un todo incluido en Varadero o una data de dominó con los amigos del barrio.

La libertad ( Ελευθερία/ Eleutheria) era algo mucho más complejo que decir lo que les daba la gana, significaba, antes bien, no tener relaciones dependientes  de otros para la reproducción de vida, por esa razón una persona sin propiedad no podía ser considerada libre o ciudadano y por tanto quedaba incapacitado de ejercer derechos políticos.

Aristóteles, un pensador conservador y anti democrático, adoraba a los idiotas y encontraba perfecto que los granjeros y otras clases de pobres libres no se asomarán a la política y se mantuvieran ajenos al ejercicio público. 

Aristóteles, que fue en parte el inventor de esa palabra de moda llamada democracia, considerada que una república ideal era aquella dónde el demos (los pobres libres y no esa mala traducción llamada pueblo) por idiota, se mantenía tan ocupado en  el negocio que quedaba privado de ocio y por tanto de tiempo suficiente para ocuparse de  las causas de las cosas y participar en la política. 

Así que va y le doy la razón, señora, todos somos idiotas, al menos todos en esta cola y en la del frente, la de mañana y el día después. El asunto sigue siendo cuándo, de una vez, acabamos con Aristóteles.

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