Onírica

La prohibición

Por: René Fidel González García

La prohibición era como una fiebre que recorría minuciosamente el país desde la isla grande hasta el último de los cayos desde hacía muchos años. Su aparicion era súbita. Nadie la decretaba oficialmente pero de acuerdo a la sabiduría popular parecía ser pulsada de frases sacadas de contexto de los dos, o tres, discursos públicos que se pronunciaban para el país todos los días a excepción de algunos fines de semana, y que luego eran retrasmitidos, diseccionados y estudiados prolijamente a lo largo de los meses en una especie de plan infinito minuciosamente organizado para que fueran coherentes entre todos cada uno de ellos.

— Lo dijo pero no lo dijo, decían algunos interpretes. Otros, más metafísicos, pensaban que si lo había dicho era por algo y que en definitiva, si las frases aparecían, luego de ser publicadas en los periódicos y materiales de estudio de las organizaciones en las antiguas vallas de publicidad con grandes letras rojas, o negras, según las circunstancias, tenía que ser para el bien de todos.

Agunos teóricos de la conspiración, la raza más irreductible y endémica entre los criollos y de la que formaban parte personas de cualquier credo político o religioso, del gobierno, sin que importase su jerarquía, o que florecía entre los que les adversaban con un odio inagotable que a ratos parecía una declaración de amor torpe y empecinada, afirmaban con vehemencia en sus reuniones ocasionales, que en realidad la prohibición era administrada en el país por unas pocas personas en dosis milimétricamente calculadas desde ciertas oficinas y que nunca sabríamos a ciencia cierta su verdadero alcance y sentido porque ni siquiera ellos lo sabían. Pero era, en un país en que cualquier persona era capaz de ofrecer una explicación para todo sin mayor protocolo y disimulo, tan solo una teoría.

La mayoría acababa por creer, al final, que en última instancia no era algo que tuviese que ver con ellos, pero lo cierto es que, aunque casi nunca dejase huellas en las anémicas y arrítmicas ediciones de la Gaceta de la Republica, la prohibición era detectable en el día a dia de todos y con el pasar de los años, en la historia nacional y en la vida de las personas, sus efectos serían estudiados como el mayor de los cataclismos naturales o humanos visibles en la edad geológica de la isla y de sus habitantes.

Yo, Jesúscristo, nací en una de esas aparentes remisiones de la prohibición que acontecían cíclicamente luego un período de brutal predominio.

Fue eso, o el accidente de la falta de atención de la registradora pública, pero cuando mamá escuchó que le preguntaron qué nombre le pondría al niño que en sus brazos lucía como un semáforo absurdo su cabeza desproporcionada y cruzada por las dos bandas azules que le dejaron para toda la vida los forces con que le ayudaron a venir al mundo, no lo dudó ni un instante, aunque estuviera segura que aquella mujer nerviosa, risueña y culona, con figura de querida de turno de algún compañerodirectordelaempresa, le diría bucolicamente: tiene que ser otro nombre.

No lo hizo. Por el contrario, la mujer le preguntó, deteniendo por un segundo el movimiento mecánico de la pluma con que había tomado el resto de los datos del suceso y aguzando al mismo tiempo las orejas en un gesto instintivo de antigua trabajadora de una fábrica de textiles reciclada a funcionaria del Registro Civil para huir del acoso de garañón del hijo de puta del Director de la textilera, – ¿junto, o separado?.

Para mi madre, en realidad aún desquiciada por el dolor de la herida y los costurones intrincados de zapatero de urgencia que le hizo la doctora tratando de reparar los destrozos causados por mi nacimiento, aquello fue un buen augurio para seguir lidiando con la plaga de la burocracia, que ya para ese entonces estaba declarada inextinguible en el país por alta razón de Estado, y una potente señal de que el niño quizás había heredado de su marido el don de gentes de dos generaciones de comerciantes gallegos encallados en Cuba.

Pero cuando Papá supo por fin mi nombre al llegar tres días después del parto de una de las movilizaciones masivas para recoger café, que en aquel momento eran el último esfuerzo para sacar al país del subdesarrollo, miró a su mujer a los ojos por unos segundos y en un alarde de buen corazón capaz de encubrir que tardaría apenas unas horas en irse de nuevo le dijo mientras se quitaba la camisa encartonada de sudores y restos de hormigas maceradas a dedo y rabia en la pegajosa humedad de los cafetales: lo vas a convertir en un inadaptado.

Papá se llamaba Pedro González y se enamoró de mamá cuando la vió alfabetizando con las botas podridas y rotas en un paraje de la Sierra Maestra a un puñado de haitianos que habían olvidado todo menos su tierra e idioma. Era nieto de un quinto español que fue dejado por muerto por su jefe en la debacle de la batalla de Mal Tiempo y que luego se regresó en 1899 a Cuba para empezar a hacer dinero quemando maderas sin raza para hacer carbón gracias a la insistencia de un compatriota que desertó en plena batalla con una temeridad parecida al miedo de sus compañeros para pasarse a los famélicas y negras huestes independentistas cubanas y que llegó a ser sargento antes de que el fin de la guerra le advirtiera sin disimulo que hacía frente a su destino una vez más, o moriría tan pobre como los ancianos tristes y callados de su aldea natal.

A sus 30 años Pedro González era un hombre que miraba de vez en vez ensimismado e intentando sin mayor suerte descifrar su propia época y el rumbo de su existencia, el desbarajuste de su familia y el mundo íntimo y tumultuoso que sus padres y 12 hermanas y hermanos, compadres, comadres, empleados, choferes y cocineros y vecinos habían hecho en un orgulloso pueblito del oriente cubano, cuya vida diaria y destinos parecían ser una metáfora sobresaltada del río Mayarí y sus impredecibles y majestuosas crecidas.

Lo había comprendido mientras cortaba cables y alambres para desenredar los cuerpos sin nombre de puercos, personas, gatos y perros ahogados cuando el ciclón Flora soliviantó al Mayarí y él, apenas agachado sobre las maderas crudas de un bote, se quedó pensando en que bajo las aguas achocolatadas y mal olientes estaba el pueblo entero y un futuro que ya nunca más sería igual.

Quizás por eso mismo había tomado tempranamente la previsión de construir junto a su mujer un dique para mantener a sus descendientes a salvo el mayor tiempo posible del caos, o el orden, según se mirara, que ocasionaban las temporadas de la prohibición en la vida pública.

“Aquí no se habla delante de ellos ni del trabajo, ni de la política”, acordaron Clara Rojas y él una noche en que sacaban cuentas de los restos de los salarios solemnes que ganaban para hacer la compra de juguetes del día de los Reyes. Los dos sabían que era más fácil decirlo que conseguirlo, pero confiaron en la ventaja inicial que creían tener.

Abuelo, un republicano golpeado prematuramente por la prohibición en un viaje a su terruño en medio de la guerra civil española, le había advertido lo que se venía a inicios de 1959 de camino a uno de sus almacenes con una carga de mercancías: ” De estás cosas no hay forma de escapar, cuando ocurren, consumen dos vidas enteras antes de amainar”. No entendí, no podía hacerlo, papá era joven aún, tendría un poco más de cuarenta años en ese entonces – me contaría al punto de arribar a los ochenta años de vida y certificando con un gesto estarse por cumplir la primera parte de la sentencia de su padre- él había apoyado a los rebeldes y dos de sus hijos se habían ido con Fidel Castro a la Sierra Maestra.

Para el momento en que nací, papá y mamá vivian ya en el centro de la ciudad de Santiago de Cuba, y por así decirlo, ambos se sentían parte de algo más grande que cualquier otra cosa que valiese la pena.

Los vecinos al interior de cada casa del barrio, a medida que la confirmación de mi nombre se esparció, hicieron su propia cosecha. “Tan comunista y mira el nombre que le pone su mujer al hijo”, dijo intentando monopolizar el escándalo pero certera en la auténtica autoría del nombre Josefa, la antigua maestra normalista que apenas unos años atrás fuera una ferviente admiradora de Batista y que era ya en ese momento la eficiente organizadora de la organización vecinal. “¿No es que estaba prohibido creer en Dios?. Esta Revolución es grande”, ironizó en la oscuridad del cuarto matrimonial Pepe Grillo que se esforzaba por despistar, incluso allí, su pasado de preso contrarrevolucionario por error con un reluciente título de ingeniero y una oreja gacha por un accidente de mecánica privado.

No serían los únicos, pero el certificado de defunción de la novedad fue emitido finalmente por Pancho, un chino apergaminado y vital que sufragaba su inveterado gusto por la refinación doméstica de alcoholes elaborando en las noches en la absoluta orfandad de su miseria y soledad unas cremitas de leche que arrollaban los escrúpulos de los más limpios y melindrosos, cuando en el portal de la tienda de la esquina, más conocida como “La carnicería” que a diferencia de su homónima lo era por ser sede oficial de los cotilleos más alevosos y cruentos de las vecinas, dijo desde su rincón preferido y tocándose con parsimonia asiática el rostro hierático, verde y desfigurado por sus edemas de alcohólico sin borracheras conocidas: los niños nacen para ser felices.

No le faltaba razón al chino que cuando murió ya abstemio y a causa de lo que los más cercanos al evento creyeron fue un lento proceso de desvanecimiento en forma de vapores alcohólicos de su cuerpo, había sido testigo de excepción de la desaparición de varias camadas de aquellos niños nacidos en la década de los 70 para ser felices, pero en cualquier caso todos los vecinos, salvo quizás dos o tres ancianos que navegaban sin banderas de conveniencia las apacibles aguas de la demencia, tenían muy presente cada día, ya fuera por experiencia propia o por las evidencias y el rastro de miedo que dejaban las de otros, que la prohibición era tan minuciosa y ubicua como selectiva.

Podía, en efecto, dañar a todos y respetar a algunos sin ninguna racionalidad aparente, o por el contrario recaer sobre unos pocos dejando a la mayoría con la sensacion de ser parte de un rebaño de vacas que miraba con asombro y sin dejar de pastar al desafortunado congénere que un rayo extraviado en una mañana sin nubes dejaba despatarrado y calcinado sobre la yerba.

No era de extrañar por eso que muy pocos se enteraran que en aquellos años un brote de la prohibición largamente incubado había afectado a los intelectuales del país, salpicandolos como un esputo descomunal e implacable por fábricas, almacenes y empleos que reunían la doble condición de anónimos y anodinos, o sumiendo, a los casos más graves e intratables, en la locura del incivil extrañamiento en sus casas atestadas de libros y muebles viejos, la muerte prematura e infantil por enfermedades curables como el hastío, o el cinismo de creerse más grandes que el país, sin darse cuenta, o desdeñando por pura desesperación, que su condición de afectados por la prohibición en una tierra que confiaba de los intelectuales sólo después de muertos, era una especie de lotería cantada a la fama y el enaltecimiento público que unos pocos de ellos alcanzarían por turnos imprevisibles, si tenían la paciencia de envejecer domesticados e inermes, oficialmente felices e incondicionales.

( La prohibición. Fragmento. )

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