Onírica

El regalador de sombrillas

Por: Capas de Opinión 

Llovía. 

Llovía tanto que parecía no escampar jamás. 

Julio andaba, ese fatídico día, con sus zapatos rotos. Desgastados de tiempo y de marchas. De inconclusas y perennes reuniones donde, en favor de no aburrirse, solía descalzarlos desde atrás mientras emergían, cual ojos en la noche, un par de medias enamoradas de calcañares gruesos de tanto zapato apretado durante sus 50 años.

Encontrar donde resguardarse; más que parecer una necesidad ante tanta lluvia, venía a tono con los deseos de un buen café caliente, equilibrado al límite entre el grano y las impurezas, entre la honestidad y el aprovechamiento del vendedor. Una eterna apología entre comerciante y producto. 

Contra, de esta voy a atrapar la gripe de mi vida -pensó, mientras recorría con la vista, la infinita calle y junto a ella, la imposibilidad de detenerse bajo algún techo, árbol o lo que fuere a fin de evitar el constante tintineo frío de la lluvia sobre su espalda, sus hombros y hasta de sus pensamientos. Un perro cruzaba la vía, sin molestia alguna, sin prisa. Era como si hubiera aprendido a vivir mojado. A comprender la diferencia entre un día de sol y la bondad de lo cambiante del tiempo. Un perro adaptado a este tipo de clima.

La Habana nunca mejorará su alcantarillado, ni nada -escuchó que le decía alguien.

Se dió vuelta y tras de sí, figuraba un hombrecillo de apenas unos 30 años y que, a juzgar por los pliegues de rostro, ciertamente expresaba más edad. Julio no dijo nada. Sonrió como quien se resigna. Como quien opta por expresar empatía ante la solidaridad de aquel instante; pero por dentro abrigaba una queja que no podía expresar. Secreta. Una que iba mas allá de sus zapatos rotos, de su tarde mojada, de un perro conforme y ahora justo, escuchando un aporte de alivio ante la contrariedad del momento; gracias a su nuevo conocido, entre el clima, la ciudad y el caudal de agua que corría calle abajo cubriendo sin piedad la mitad de la altura de sus zapatos.

Te puedo regalar una sombrilla -dijo el hombrecillo- sin que pudiera oírsele sino solo cuando prestas atención a la boca y te concentras.

Gracias pero ya estoy llegando -contestó Julio en tono desconfiado, incrédulo a la bondad incluso del regalo en sí mismo. Dentro de él pululaban todas las preguntas del mundo sobre llegar a ninguna parte, luego de haber salido de no se sabe dónde y que le contaran sus ancestros.

No creo que vayas a ningún sitio siguiendo por esta calle. Desde hace mucho tiempo han sido clausuradas toda las salidas posibles a otras vías. La clausura y el derrumbe está muy de moda en estos tiempos en conocidas construcciones en esta maravillosa ciudad -replicó el hombrecillo.

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Julio no había caído aún en la veracidad de su interlocutor. El no era de La Habana. Para Julio todas las calles y barrios y formas eran lo mismo. El entorno es muy semejante en el campo. Las diferencias del verde, sus tonos, van solamente en el tipo de árbol y no de la savia con que se alimenta. Se escuchó un trueno a lo lejos. La lluvia parecía arreciar. Julio tenía que continuar.

Entonces decidió girar a la izquierda. Se detuvo. Quería, involuntariamente, volver a escuchar a su conocido advertirle del uso correcto o no de la dirección elegida. Silencio.

Julio se volvió otra vez. Ahí estaba el hombrecito que parecía no mojarse, no sentir nada. Ni la lluvia, ni la ciudad, ni los derrumbes, ni los cambios. Solo miraba a Julio, con lástima. 

Te puedo regalar una sombrilla -volvió a decir. Y tomó, de una enorme maleta verde, un paraguas viejo. Roído de tiempo y de aguaceros, pero que pudo abrirlo sin dificultad.

Gracias una vez más, pero ¿de qué me servirá si como ves, ya voy todo hecho un harapo de aguas? -dijo Julio mientras se encogía de hombros, consecuente en su amabilidad como complemento de su respuesta.

No es para que lo utilices ahora sino después -decía aquel personaje desconocido, pero de cierto modo entrañablemente familiar, mientras estiraba su brazo, paraguas en mano y mirada atenta.

¿Cómo que después, qué sentido tiene un después? -indagó Julio, totalmente confundido y extrañado. Mientras intentaba descubrir, ansiosamente todo lo lejos que llegaba la vía hacia la izquierda. La que estaba a punto de elegir pero aún nadie le aconsejaba tomar. Ni para bien ni para mal.

Otra vez el perro que había visto anteriormente cruzó la avenida. Se detuvo a menos de un metro del hombrecillo y su paraguas. Este, sin más, comenzó acariciar al can. Todo parecía indicar que se conocían de hacía mucho tiempo. La lluvia caía entre las manos de su compañero y el pelaje del animal. Un perro cansado, viejo, marcado de tantos días y noches es todo lo que pudo pensar de aquella escena cuando de pronto, aquel hombre de baja estatura y delgadísimo cuerpo comenzó a decirle:

La vida son cambios que se suceden, uno tras el otro. Más asiduos, mientras más inconforme con ella eres. Vivir es una especie de sortilegio en el que, a menos que te fortalezcas interiormente, vivirás subyugado a esta, y a sus designios. Llover te hace cambiar aunque no lo creas. Cada gota es una nueva perspectiva ante la visión de lo que conforma tu realidad. Una posibilidad tras otra de ser tu mismo volviendo desde no se sabe dónde cada vez

¿Para qué quiero entonces la sombrilla que me deseas dar, si ya con mojarme, desde lo filosófico, me planteas que seré distinto? -preguntó Julio mientras caminaba lentamente hacia la izquierda, siempre hacia la izquierda.

Por esa calle, más abajo, hallarás muchos que, como tú, también se preguntan lo mismo. El sentido del después cuando ni siquiera se han preguntado la valía del momento anterior. Una especie de vicio de entregar el intelecto o las ganas, o las alas. Este paraguas es, de pronto, el único regalo que podría hacerte, cúbrete ante la radiación y luz de la abundancia sin que se pierdan tus humildades. Protégete, de las lluviosas acusaciones de quienes no entienden que seas tú mismo, tomes el camino que tomes. 

Había dejado de llover. Un viento suave de tarde y nada más. 

A lo lejos, calle arriba, iba un hombre, de unos 50 años con sus zapatos rotos, mojados de tiempo y de reuniones vacías. Sostenía un paraguas viejo, abierto hacia el cielo, hacia el mundo, hacia la vida.

Iba cantando una canción apenas perceptible a la vez que acariciaba con su mano derecha cada fachada que lo miraba mientras andaba. 

¿Cuál será la suerte de esos que entregan sus alas? – pensaba mientras tocaba con sus manos dos pequeños bultos en su espalda, debajo de su camisa. Secos y aterciopelados.

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