Onírica

Las nuevas refinerías

Rápidamente las compañías petroleras se fueron a pique, y surgieron las nuevas refinerías.

Por: Alberto Segundo

“Aquel día en que la doctora Lianet descubrió la existencia de la nueva bacteria E. Menstri, en el meteorito que cayó en Pinar del Rio en 2019, seguramente no pensó el cambio que traería a la economía mundial. No fue hasta el día en que “accidentalmente” lanzó una íntima usada al cesto de los reactivos, en los que se encontraba una placa con el cultivo de esta bacteria. ¿Cuál no sería su sorpresa cuando…”
-Pss, niña. ¡Niña!
La voz de alguien interrumpió mi lectura. Dejé el Granma sobre la mesita y alcé la vista. Una mujer gorda, bajita, con un vestido de flores y una jabita en su mano derecha, me miraba inquisidora.
– ¿Tú eres la última?
-Sí -respondí encogiéndome de hombros.
-Ah. Ponte pa la cosa mija. ¿Y quién va delante de ti? -dijo un poco malhumorada.
-Esa mujer del sombrero y las gafas -señalé hacia la susodicha. Ella también tenía una jabita, la cual descansaba sobre sus piernas.
-Ya -dijo en un tono seco y fue a sentarse por ahí.
Intenté reanudar mi lectura.
“¿Cuál no sería su sorpresa cuando, al otro día, de dicho cesto rezumaba sin control un líquido negro y pegajoso? Lianet de inmediato llamó a sus superiores y se hizo una investigación del evento.
Este fue el inicio de un nuevo capítulo para el mundo. Tras varias investigaciones se descubrió que el líquido que manó sin control desde la basura era, ni más ni menos, un hidrocarburo muy similar al petróleo, y que había sido producido ante la interacción entre la E. Menstri y la sangre presa en la íntima de Lianet.
Una importante serie de experimentos se llevó a cabo luego, en colaboración con la hermana nación de China, gracias a los cuales se llegó a importantes conclusiones.
Primero…”
Un sonido, esta vez más estridente, similar al de un timbre, interrumpió mi lectura. Doblé el Granma y lo coloqué sobre mis piernas. La puerta del otro lado de la sala se abrió y una muchacha, joven y esbelta, caminó fuera alegremente.
– ¿Cuánto sacaste? -preguntó la mujer que iba delante de mí.
-100 dólares -dijo la que se dirigía a la salida.
– ¡Niña! ¿Pero a ti cuánto te dura eso? -preguntó sorprendida la señora que me había pedido el último.
-Uff, una semana y pico, y siempre viene a chorros. Duele con cojone, pero vale la pena.
La chica respondió y se perdió definitivamente a través de la puerta trasera. La mujer con sombrero y una bolsita en su regazo se levantó y entró por la puerta que daba al interior del centro. Entretanto, la señora se quejaba.
-A mí ya lo que me viene es casi nada, manchitas nada más.
– ¿Y de dónde sacó tantas? -pregunté señalando el bolso en su mano.
-Eso no te importa -rezongó y se dio la vuelta, ignorando mi mirada.
Ante la reacción, di por terminada la pequeña charla y retomé la lectura del artículo de hoy en el Granma: “Las nuevas refinerías”.
“Primero: la E. Menstri absorbe un químico especial de la sangre y produce, a lo largo de su división, unos 20 litros de hidrocarburos.
Segundo: al variar la temperatura del ambiente en que se desarrolla la bacteria, el octanaje del hidrocarburo producido cambia.
Tercero: la bacteria muere tras realizar este proceso.
Cuarto: la única sangre con la cual ocurre la reacción descrita anteriormente es aquella proveniente de la menstruación humana.
Tras estos increíbles descubrimientos, la economía mundial renació. Ahora era posible producir petróleo, el oro negro, con una bacteria y sangre. Rápidamente las compañías petroleras se fueron a pique, y surgió un nuevo sistema.
Las mayores potencias del planeta vieron su supremacía amenazada y aludieron con prontitud a los derechos humanos, para impedir que se abusara de las mujeres como meras fábricas de combustible.
De este modo, se crearon por todo el globo los centros de recolección de menstruación, para dar un trato justo a aquellas mujeres que quisieran vender su producción mensual. Gracias a estos…”
El sonido de la puerta trasera, que crujía al abrirse, interrumpió mi lectura. Alcé la vista por encima del periódico, sin dejar de sostenerlo. Vi a un par de muchachitas, de no más de 16 años y con una jabita cada una, acercarse y pedir el último. La señora con la blusa de flores levantó la mano, señalando que era ella.
Intenté regresar a leer.
“Gracias a estos…”
– ¿Escuchaste? Dicen que robaron en el almacén de la esquina los otros días.
– ¿Sí? ¿Y qué se llevaron?
La charla impetuosa de ambas adolescentes interrumpió, una vez más, mi lectura.
-Íntimas usadas -respondió la niña muy seria. Yo no pude evitar mirar de reojo a la señora; ella intentaba no prestar atención a la conversación de las muchachitas, en vano.
-No me jodas. ¿En serio?
En ese momento, la mujer, no pudiendo aguantarse más, habló con seriedad.
-Niñas, este no es lugar pa hablar de eso. ¿Ustedes saben lo que se hace aquí?
-Claro -respondieron ellas al unísono, como si de mellizas se tratara.
-Este es un puntico pa vender menstruación -dijo una de ellas.
– ¿Y por qué no van con el estado? -preguntó la señora, con cara de pocos amigos.
– ¿Por qué no vas tú? -respondió la otra sin pensárselo mucho-. ¿Las viejas todavía menstrúan?
-Mocosa insolente -la señora se dio vuelta nuevamente, como si el resto del mundo no existiese.
-Además, aquí la compran más cara. Por particulares todo es mejor siempre.
En ese momento sonó la campanilla y la mujer con sombrero salió del interior, caminó con velocidad y, sin decir nada, atravesó la puerta de salida.
“Es mi turno” pensé y me levanté del sofá. No pude terminar de leer el periódico, pero igual no dicen nunca nada que sirva.
Entré al otro salón, dejando atrás el cuchicheo entre las niñas, el desinterés de la señora, y las bolsas de íntimas usadas. Al pasar la puerta, vi un hombre sentado tras un escritorio, como si de un empresario se tratara. No era una escena nueva para mí, pero siempre me sorprendía la ridiculez del tipo.
– ¡Mariana, entra, entra! -dijo el hombre emocionado al verme- ¿Qué tiene mi mejor clienta este mes para mí?
Cerré la puerta y caminé hacia él, pero no me senté.
-Nada -respondí encogiéndome de hombros.
– ¿Nada? ¿Cómo es eso? Tú y yo teníamos un contrato -dijo, a medias perplejo, a medias molesto. Vio que yo no traía ninguna bolsita y se preocupó.
-Tú sabes que puedes confiar en mí. Yo no soy ninguna cualquiera de esas que le vende sus íntimas al primero que aparezca -respondí un poco ofendida.
– ¿Y entonces?
-Precisamente porque tenemos un contrato, vengo para pedir una licencia por maternidad. Estoy embarazada.

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