Onírica

Life in plastic, it’s fantastic

Por: Yoel Rodríguez

Sin temor a equivocarme puedo rotundamente afirmar que, en lo que llevas de vida, has estado en contacto con el plástico más de lo que lo has estado con tus seres queridos. Probablemente ahora mismo estás tocando algo que es –o contiene– ese material. La única posibilidad de desmentirme sería que estuvieras leyendo esto en tu noveno mes de gestación, lo cual es imposible, no por tu prematura habilidad lectora, sino por la incapacidad de mi artículo de calar tan profundo. Es muy corto. Pero si por alguna casualidad tú fueras ese hipotético feto-lector y no entendieras aun lo que hablo, agárrate fuerte al cordón umbilical porque te tengo malas noticias:

Una vez nazcas y pases el protocolo de la nalgada, el llanto y los besos, te pondrán en un lugar de plástico llamado incubadora para que tus pulmoncitos se vayan acostumbrando al olor de los polímeros. Volverás a casa en un cochecito de plástico, tendrás juguetitos de plástico para que no te aburras y, si te diera por llorar o chuparte el dedo, no faltará quien ponga en tu boquita una cosa de goma y plástico que cambia de nombre en dependencia del país en que hayas nacido, pero cuya secreta función es preparar tu pueril paladar para el sabor de lo sintético. Hasta la manzana más sana que te comas será producto de un complejo proceso que involucra a ese derivado del petróleo; desde las mangueras, los invernaderos, las macetas, la cesta, el estante del mercado en que la encontraste, la bolsa en que la echaste, la tarjeta con la que pagaste en la caja registradora, la cirugía de la cajera (y probablemente también su sonrisa)… Todo es plástico, feto-lector, el interruptor que presionarás para ir al baño, el cepillo de dientes con el que frotarás tu encía diariamente, tu desodorante, el cabo de tu cuchilla de afeitar, los recipientes del champú y de tus cremas, incluso el protector del retrete donde te sentarás como mínimo una vez por semana, la ropa de poliéster que usarás para el gym, tu celular, tus auriculares… ¡Hasta el agua que tomes vendrá en botellas de plástico! Aun cuando se te acabe el preciado líquido, simpre estará allí ese odiable sólido. Estará cientos, miles, millones de años. Morirán todos tus bisnietos y por algún riachuelo de la India seguirá flotando ese bolígrafo plástico con el que tu padre dibujó su primer corazón. Oh, querido feto-lector, el mundo ya está más contaminado por esa palabra que este mismísimo artículo. Y no podemos evitarlo. Imagínate que ahora, luego del Fatídico Año de La Pandemia, el plástico, por su cualidad de usa-y-bota, se ha convertido en una necesidad. Lo usa más que nunca la industria médica para salvar vidas hoy, pero que –como toda industria– prepara para mañana la agónica muerte de nuestro planeta. Mientras un mediático virus amenaza con extinguirnos, nosotros propiciamos que otro más silencioso lo haga con el resto de las especies. Te cuento que el 90% de las aves marinas llevan plástico en sus estómagos y que mientras escribo estas líneas sobre un teclado de plástico, hay por ahí siete islas de ese mismo material como resultado de ocho millones de toneladas de desechos. Existe incluso un “Mar de Plástico” que se puede ver desde el espacio exterior con más nitidez que la Muralla China, y que no es otra cosa que un monstruoso campo de invernaderos en Almería. De hecho, dado que uno de los aditivos tóxicos del plástico, el potente disruptor endocrino Bisfenol A, contamina la sangre del 90% de la población, me temo que tú ya estás envenenado, feto-lector.

Yo que tú, me pongo ese cordón umbilical alrededor del cuello. Es la única solución. 

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