Onírica

Los surfistas del asfalto

Por: Yoel Rodríguez

Eran las seis de la tarde sobre las cabezas crepusculinas de los impacientes; sobre los relojes derretidos en sus muñecas, sobre los resoplidos al final de sus narices, sobre sus abanicos furiosos, sus sudores resignados, sus hombros, sus espaldas, sus caras, y sobre mí. Eran las seis de la tarde. La guagua era una doncella acicalándose durante horas para acudir retrasada –como siempre– al añorado encuentro con nosotros, sus pasajeros, sus amantes desesperados; que cazando gotas de sombra, en las dos orillas de acera nos habíamos dividido, dejando entre unos y otros el río de cemento por donde ella debería pasar, parar y llevarnos a nuestro destino. Eran las seis de la tarde. Indiferentes a todo esto, los surfistas del asfalto maniobraban sus patinetas, ofreciéndonos un espectáculo irrepetible en la conclusión de cada murumaca, despegando por momentos sus ruedas del suelo y dándole así juguetones pellizcos a Newton, a sus leyes absurdas. Eran las seis de la tarde. No, no los pude contar bien, creo que eran aproximadamente más de tres y menos de cinco; pero uno solo hubiese bastado para demostrarnos a los transeúntes, a los pedestres, qué tan monótona es nuestra existencia comparada con la suya; que mientras ellos escribían sus historias al margen de la ciudad-cuaderno, nosotros diariamente tratamos de no salirnos del renglón, porque así está establecido. Eran las seis de la tarde. Uno sorteaba con envidiable destreza todos los baches donde zapatos ordinarios como el mío suelen tropezar; otro portaba su yeso con gesto napoleónico, como un trofeo o la huella de una guerra ganada contra sí mismo. Eran las seis de la tarde.  A cada uno de ellos vi caerse de su tabla en reiteradas ocasiones; pero inmediatamente se levantaban, se desempolvaban y volvían a la carga como si cada revés, cada caída, fuera una victoria a la inversa. Eran las seis de la tarde. De pronto la calle volvió a ser un río de cemento o una alfombra –ya no tan roja, porque el sol se escondía–; por una esquina se asomó la remolona doncella, que al vernos tan exasperados se asustó y siguió de largo, con sus otros amantes colgando de las puertas. Eran las seis de la tarde. Los surfistas del asfalto, aun pudiendo navegar la ciudad en sus tablas, decidieron quedarse ahí frente a todos, frente a mí, y volvieron a darnos una lección silenciosa; incluso uno se cayó y se dio un terrible golpe en el codo, pero se paró como si nada, aguantando con una mueca el dolor en la coyuntura. Eran las seis de la tarde, casi las siete.

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