Fotografía: Wendy Pérez Bereijo
Onírica

Lunes

Fotografía: Wendy Pérez Bereijo

Por: Anckla

El dilema de todos los días, ver la parada repleta y los taxis llenos, pero más probable que montarse en la guagua.
Si llegas tarde o faltas, das la excusa para no perder la poquita divisa, de que con estos precios de ahora si me gasto para ser puntual, pierde sentido tener este empleo.
Hoy, reunión del sindicato. El lamebotas y chiva que cobra, se ocupa más de eso que de comer en su casa, y piensa más en joder al prójimo que en mejorar su situación.
Otro medio día perdido en discutir lo pendiente hace tres meses. Nadie tiene tiempo para horas voluntarias cuando el techo se te cae encima y las cazuelas se llenan de telaraña.
El carro del pan no llegó por la mañana. El caballo fue al veterinario y le mandaron reposo, ¡en pleno 21 y tracción animal! Un pan de $10 me parte el día. Mejor los cigarros que son $7 y lo demás para transporte. ¡Qué hambre carajo!
El camello no paró. No cabe más nadie. Si va al veterinario lo sacrifican por fatiga extrema. Y yo que empiezo a ver estrellitas azules.
Tengo que hablar con el de producción. Ya cuadré con el de la puerta para pasar las cosas. No me gusta, pero no veo salida para esto.
Viene un rutero de $5. Se me jodieron los cigarros si lo alcanzo. La caminata después sin desayuno está dura, pero debe darme tiempo si no saludo a la de la cafetería. Igual no puedo darme el cafetazo sin fumar. ¡Qué mujer más luchadora! Sale más tarde que yo, no ha estudiado más que el pre, y gana el triple que yo en el mes.
Para esto valen los universitarios aquí. Me gustaría invitarla a la playa para que deje un poco el uniforme, ¿pero cómo? Si sale bien la jugada en el trabajo, si la invierto en salir, no como. Pero esa sonrisa, su café calentito y la mirada de que me da la caja de criollos porque es negocio… Sé que no le agrada mi vicio, aunque si disfrutamos ese pedacito del día -lo mejor del día, de hecho-.
Ya no me tira los besos, ahora me abraza sobre el mostrador para marcarme con creyón las dos mejillas. Para que protesten, dice. Pero sabe que nadie pasa más que la noche. Me interesa ella y lo sabe.
Pero, ¡hay Mi pequeña llave del caribe¡ Más bien parece una caja fuerte oxidada, puesta al sol, vacía y desgastada. Sucia, rota, y dicen que también bloqueada, por dentro y por fuera.
Con mi salario entre $25, y a veces pagándolo a $23 porque en el mercado los taxistas y otros, no aceptan la doble moneda, cadeca atestada para quitártelo a $24, ya no sé cuánto vale, pero sí cuánto nos cuesta.
Por lo menos voy sentado, y Marco Solís, aunque lo detesto, es más tolerable que reguetón, que suena como mis tripas hoy.
Igual de molesto, el solecito no hace el trayecto más fácil. Ahí está la cafeteria y tengo sed.
Sus besos no se detienen ante el sudor y la cara me delata. Estoy encantado de verla. Después del agua fría y café, por la casa me iré recuperando. ¡Miento!, ella me calienta más, y me refresca la vista mejor que todo lo demás. Me comenta coqueta que huelo mejor sin el humo del cigarro, aun sudado. Y que cierran hoy para reparar los baños y pintar las paredes. Eso explica el short corto de mezclilla y la camiseta blanca. Eso de pintar y reparar no pasa sino en empresas particulares como esta.
El baño donde trabajo es unisex, a ratos no se limpia por falta de vountarios y personal de limpieza. Y los ladrillos y cabillas de los techos y paredes están manchadas de lechada desde la inspección del año antespasado.
Ya voy tarde. Las palabras me sobresaltan y dicen de aprovechar el día y bajar a la playa de 16. Pero: no cobro hasta fin de mes, y moviéndome con las cositas extras recojo más que la divisa. Sin acordarme del hambre le suelto mirando esos ojitos pillos que no paran de mirarme: si no te molesta que me bañe en calzoncillos, me uno a tí. Ella sonríe y pregunta si los llevo puestos, y después de asegurarme le respondo alegremente que sí, por suerte estamos a lunes.

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