Onírica

Macondo

Por: E. Roca

La vida la encontré en Macondo. Los pueblos vivos no tienen tiempo de morir ni de dar la vida; hay que regar el huerto, bañar a los chiquillos, estudiar la alquimia y los hechizos. Los pueblos vivos no tienen tiempo para las urnas ni para consignas. Hay que trabajar mucho aquí, me dijo Arcadio, para estar pensando en la diferencia entre el azul y el rojo. Y si Úrsula quiere pintar la casa de blanco, será pintada pues, del color que Úrsula decida. Me senté a llorar, con los libros entre las manos, en medio de aquella polvareda de casas de paja, fango y madera. Después de atravesar la ciénaga, creyendo que iba a enseñar algo, a cumplir la tarea otorgada, llegué y no había ni escuela. Bienvenida sea a Macondo, pero como usted ve, aquí la mayoría no quiere escribir o leer. No tienen tiempo mija, pero tengo montado un negocio de animalitos de caramelo que va viento en popa, si quieres me ayudas, me dijo Úrsula. El primer día lloré, pero al mes, ya me parecía a la gente de Macondo. Sustituí los pantalones y las botas por una saya larga con delantal y sandalias. Mis libros se los comió Rebeca, junto con tierra y trozos de cal de las paredes. Convencí a Úrsula y además de gallos y caballos, sacamos a la venta fénix y sirenas de caramelos. Sirenas para conciliar buenos lazos, fénix para curar rápido. Me volví silenciosa, aprendí a escuchar y a ser servicial con todo el que se paraba a la puerta. Para comunicarme, cuando fue necesario, adopté las formas de Macondo. Visitaba el cuarto de alquimia en la tarde y por la noche miraba al cielo y dormía. Cuando abrió la primera escuela de Macondo, casi no recordaba ni la escritura. Un jueves en el río Melquíades convaleciente me comentó: menos mal que aprendiste a morir a tiempo. Tuve suerte. No conocí nada más luego de Macondo. Vivo allí profundamente.

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