Onírica

Ponchado

el que camina con uno. 

Por: Giordan Rodríguez Milanés

 

I

 

Mal rayo me parta, es lo que uno se dice cuando se te poncha la bici a 7 km de la casa, pleno mediodía, cuando ya te arden los ojos por el sol y el sudor, te duelen las nalgas, las piernas, la espalda y la cervical.

 

Hermano, ¿por aquí habrá un ponchero?

 

Le pregunto a un joven que espera un transporte bajo la caseta de una parada de bus, en un lugar llamado El Congo, entre Los Letreros y San Francisco.

 

Ponchero, no. Pero en la casa verde, al lado del consultorio, hay una bomba de aire.

 

Y allá voy. Una casita humilde. De cubierta de abesto cemento, de esas que se irían a bolina si batiera un huracán. Al ver que el gusano (válvula) de mi rueda no se entendía con la manguera de la bomba, de la era soviética (mi gusano es de los duros, diseñado por los americanos,según me explica, y yo pensando en la polisemia y ciertos blogueros), el dueño va hasta su propia bicicleta, le saca el gusano a la goma delantera, y me dice:

 

Vamos a ponerle este. Luego mi hijo le quita el muelle al tuyo, que es lo que lo hace duro, y se lo ponemos a mi bicicleta.

 

Y al minuto la goma se hincha.

 

El de la bomba se fija en que me llevo la mano al bolsillo:

 

De eso nada, compay. Yo lo veo pasar a usted por aquí a millón. Y ya me dijo que hoy ha recorrido casi 100 km. Se ve que se está preparando para algo duro.

 

Lo hubiera abrazado si no fuera por la COVID.

 

II

 

Y el Dios de los Ateos me castiga. No me parte un rayo a mi. Le parte dos a la llanta trasera y la tuerce, parece que por coger un bachecito con poco aire pues lo ha ido perdiendo por alguna fisura. Estoy justo frente a la entrada de San Francisco, como a 6 km de casa.

 

Decido caminar.

 

Al terminar de subir la loma de El Merendero, mi reserva de agua está caliente. El sol me está derrotando. Entonces lo veo. Lleva sobre sus hombros dos sacos que contienen trozos de madera. Un anciano de apenas 1 metro 55 cms de estatura:

 

¿Te ponchaste, mijo?

 

Y se me torció la llanta.

 

Al ratico me cuenta:

Me eché 21 zafras y me jubilaron con 300 pesos, mira tú. Entonces vine para allí, al doblar para Guasimal, con mi mujer a la que ya le han dado dos isquemias. Levanté una casita con mis manos. E hice un pozo buscando agua para sembrar unos 17 cordeles. Pero huesos fue lo que encontré. Cantidad de huesos. Se lo dije a los jefes de por aquí y mandaron a unos tipos que dijeron podría ser un enterramiento aborigen pues por ahí mismo pasaba el camino real cuando no existía esta carretera.

 

¿Y de verdad eran de aborígenes?

 

¡Vaya usted a saber!. Nunca más volvieron por aquí. Y yo cogí to la huesera, y la volví a enterrar en otro lao. Porque tenía que arar y sembrar, porque hay que vivir. Y mucho trabajo pasé pa que me pusieran agua. Y la corriente la cogí de un almacén. Vino uno y me quiso poner mil 200 pesos de multa, pero le dije que lo pensara bien, que yo tengo una lengua larguísima y que iba a contar to el peloteo, y entonces na má me puso 60 y a los dias me pusieron la corriente.

 

Y así caminamos juntos como 3 km hasta la entrada de Guasimal.

 

Mire, esa casita que se ve allá. Ahí tiene su casa. Cuando ande por aquí llegue, que un poco de berenjena y cariño se va a llevar, porque mis 17 cordeles algo dan. El médico que me operó de la hernia me dijo que tenía que reposar seis meses. Ta loco.

 

Tiene 74 años. Mide 1 metro 55 centímetros. Los trozos de madera son para sacarle los clavos y ayudar a construirle algo a una vecina.

 

Ni he sentido el tramo con su compañía. Y ahora yo, tan blandito, me quejo del sol y mi calambres, y mis dolores, que nunca han producido ni una berenjena para brindarle a aquel que camina con uno…

 

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