Onírica

Preguntas al vacío

Por : Ana Barnes

El día en que se fue dejó todas las preguntas sin responder. No tuvo tiempo. Ni ella misma imaginó la inmediatez del abandono, lo repentino del punto final. A veces es así, no hay nada que se pueda hacer.

Pero las preguntas se quedaron, persistentes, huérfanas como nosotras, necesitadas de explicación. Las que habíamos hecho en silencio, las que esperaba responder en cuanto se sintiera mejor, las que nunca llegamos a intentar.

Abrir todas las cajas del closet, de su closet, del de ellos. Buscar las cartas, los papeles, los antiguos carnés de bibliotecas o de viejos trabajos. Pedazos plastificados de una vida, restos de una pertenencia, de un partido tomado, de una postura reivindicada. Solo eso queda de toda una existencia, nos decimos con los ojos, temiendo pronunciar cualquier palabra que abra las compuertas que mantenemos cerradas sin apelación.

Aparecen las fotos de familia. Algunas en sepia, formales, elegantes, a caballo, con trajes claros y sombreros de paisano. Luego otras en blanco y negro, en uniformes, con sonrisas de hacedores de mundo, de triunfo supremo, de futuro. Ya las últimas en colores, menos rotundas, menos definitivas, desde lugares más cuestionables y diversos.

Ahí se acaban las fotos impresas. Las recientes no se imprimen, no se materializan, se quedan flotando en la virtualidad de estas vidas que ya no se parecen al mundo real.

Seguimos escarbando, abriendo, desatando cintas rosas y azules con manchas amarillentas, hurgando en viejos monederos, en carteras desechadas. Cartas de abuela durante la Campaña de Alfabetización, de papi desde Tarará, allá por el año 66, de nuevo a abuela desde aquel trabajo voluntario en la Isla, desplumando pollos para quién sabe qué. Dice que el olor se le quedó en las manos por días, aunque se lavara con aquel único jabón duro que se llevó para todo el mes.

Viejos telegramas de la Empresa de Correos y Telégrafos, ni sabíamos que aquello se llamara así. Felicitaciones por cumpleaños, avisos de llegadas de los abuelos de Las Villas, tarjetas por el Día de las Madres, por cada año, cada compañero, cada familiar, cada vecino… toneladas de tarjetas con rosas y colores.

Ya no quedaba en dónde buscar. Sentadas en el cuarto, en medio de ese nuevo silencio, la cama llena de papeles y cintas, de postales y carnés. De diplomas y fotos. El librero atestado de volúmenes viejos, deslucidos, manoseados, surcados por insectos sin honor. Ahí estaba todo, ese infinito mundo que nos dejó. Esa era su respuesta a todas nuestras preguntas, a las que hicimos y a las que no.

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