Onírica

 Roberto

estereotipos caseros y feminismo.

Por: Elaine Roca Aguiar

Crecí en una casa de mujeres, solteras e independientes. Cuando se rompía el cable de un electrodoméstico, había que comprar otro. Mi bisabuela coleccionaba cadáveres de ollas, hornillas y planchas. Para poner un cuadro debía venir un vecino a marcar y abrir el hueco; hasta que llegó Roberto. Mi abuela se casó, siendo yo muy niña, con un Mayor del MININT que había ido a la guerra en Angola.

Roberto me enseñó a pelar cables, juntar y darle vueltas al teipe, poner tomacorrientes y armar las lámparas de luz fría que dieron cuando la Revolución Energética. Cambiamos juntos todas las lámparas de la casa, las últimas diez las pude armar yo sola. Me enseñó a reparar las guirnaldas de luces del árbol de navidad, que como en Cuba las reciclamos, salen rotas cada diciembre. Amor propio era lo que sentía al ver mi árbol todo luminoso después de c+/ogerme la corriente cien veces, hasta que no, y entonces me creí electricista prodigio. ¡Una niña electricista!

Roberto tenía un motor al cual apodé Palmiche. Como Elpidio, iba yo a subirme en los botes de la marina, a tocar el timón de un barco y a ver cómo sacaban los peces vivos del agua. Me enseñó a escamar pescados, a superar mi miedo a los ojos gelatinosos que parecían charcos de sangre coagulada, a limpiar los camarones y a cortar como vikinga, con un cuchillo en mis manos, las cabezas de langosta. Me dejaba pelar ajos y patatas y al final preparaba una comida exquisita.

Conocí y alimenté a los perros rastreadores de drogas, billetes y salidas ilegales en Varadero; unos pastores alemanes en aquel tiempo, y quizás aún, más grandes que yo. Me habló del cuidado que debía tener con un arma de fuego y clasificó para mí los tipos de drogas. Fue la primera vez que vi cocaína. Claro, Roberto también me enseñó a poner cuadros en la pared, a usar un tornillo y un destornillador, un taladro y un martillo y me mostró, para la tranquilidad de mi cerebro de niña, lo que había adentro de los relojes. De adolescente, Roberto me obsequió mi primer celular.

Un 24 de diciembre asábamos carne y Toby, el perro de la casa, trepó a la parrilla y se robó un pollo. A forma de escarmiento, Roberto acuchilló a Toby contra la pared de la terraza. Me asomé a la puerta y como estaba la luz apagada, distinguí en el suelo unas gotas oscuras y arrinconado, un bulto agonizante que gemía. Lo montó en el motor y fue a enterrarlo. Desde entonces y definitivamente, nada volvió a ser como antes.

Digo definitivamente porque mi abuela, desde que puedo recordar, vivió la experiencia doméstica de un campamento militar. Nunca he visto yo régimen de horarios más estricto. Comida a la hora, ropa planchada a la hora, casa limpia a la hora, botas lustradas a la hora. De lo contrario, el nombre de ella se escuchaba a dos cuadras de la casa y estremecía Varadero. Tal fue el trauma, que el día que Roberto se marchó, mi abuela no volvió a limpiar su casa en cinco años.

Cuando abandoné el lugar de mi infancia, lo hizo también el oficial del MININT al que llamaba abuelo.

Podría quedarme con las peores imágenes y nada más, pero mi árbol de navidad sigue encendiendo las luces que con ternura de relojero corto y empato cada año. Tendría que decir, para ser correcta, que fue Roberto un hombre machista y dejarlo ahí; pero cuando veo a mis amigas feministas, a las que admiro y aprecio, llamar a un hombre para colgar un cuadro, siempre me acuerdo de Roberto y no puedo evitar sentirme agradecida.

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