Opinión

¿Por qué lloran los abuelos y las abuelas?

Por: Julio Pernús

Ahora tengo 30 años. Antes de darme cuenta seré un anciano y me gustaría poder construir una sociedad que valore y proteja a este grupo generacional como su tesoro más preciado, después de los niños. No sé si tendré que vivir en un asilo, pero sueño con verlos convertidos en lugares acogedores y de fácil acceso.

Hace días, mientras viajaba en un A20 rumbo al Cerro, una señora que definiría como una corredora de asilos -si existe esa profesión-, hablaba por su celular en alta voz:

Mire, Roberto, a su mamá le puedo resolver alguno de los asilos de la parte sur, cerca de la casa de su familia. Yo tengo los contactos para mover los papeles de la seguridad social, aunque no le garantizo ese otro que Ud. prefiere.

La voz del teléfono replicó: Desearía que usted hiciera esos trámites lo antes posible, es que tengo que regresar a la Yuma. Por dinero no se preocupe, yo preferiría el que le dije, pero si consigue uno de los buenos, me da igual.

Aquí en Cuba tendemos a cambiarle el nombre a las cosas y al tráfico de influencias lo llamamos “ayuda por la izquierda” o “amiguismo”; pero el que no tiene quien le resuelva, ¿qué hace?, ¿llorar? A un familiar que fungía como inspector de salud le tocó visitar algunos asilos de su municipio.

Casi siempre llegaba en horario de almuerzo, pues además de solucionarle un problema económico, le garantizaba conocer la calidad de la comida que daban a los beneficiarios. En uno de estos lugares, lo sentaron aparte y le sirvieron un buen bistec. Él, oliéndose algo raro, preguntó a la muchacha que lo atendía si los ancianos también habían comido así. La dependiente lo miró algo extrañada y le replicó:

Mire, no exagere, que usted sabe cómo se vive en Cuba. A estos viejos les queda una afeitá, pero nosotros tenemos que seguir luchando.

El inspector, tras un largo proceso institucional, logró sacar a parte de la mafia que laboraba en su interior, aunque, según le aseguraron los propios sancionados, ellos eran miembros de un “sistema” que sería continuado con mayor fuerza por sus sustitutos.

Una vez fuimos un grupo de jóvenes como voluntarios a un asilo. Allí vimos de todo: ancianos limpios que recibían visita continua de su familia y otros con un gran hedor, pues nadie se ocupaba de ellos. Al preguntar a uno por qué andaba siempre triste me contestó:

Lo peor de este lugar es la soledad, es deprimente ver cómo la familia nos deja aquí y se olvida de nosotros, pero qué les voy a pedir, si en la casa me trataban como una carga.

Hoy sería un buen día para pensar en esos abuelos y abuelas que viven en los asilos.

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