Opinión

El ala del colibrí

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Trato de no ser absoluto en mis razonamientos. Dudo de cualquier verdad establecida, incluso de las que creo mías. Para mí, la coherencia no está en la convicción a ultranza de que algo es de tal modo, o debería ser de tal modo. Basta que comience a sospechar de que una de mis premisas es endeble para que me cuestione cualquier elaboración intelectual, y le ponga crítica. Incluso, llego a sentir cierta angustia cuando me reconozco demasiado identificado por algo o con alguien.
Tal vez, por ello, jamás podré volver a pertenecer a organización política alguna, ni adoro ningún Dios, ni creo en los líderes, ni menos en las religiones… Sé bien que los amigos, como los amores, transitan junto a uno un trayecto de la vida, y luego mueren, se dispersan, se diluyen…
Pero una canción, un texto poético, eso es otro tipo de bendición. Una buena canción te salva para siempre, se te vuelve un asidero ante la duda constante.
De todas las canciones que habré escuchado en mi vida -y he escuchado miles, por mis 22 años de trabajo en la radio-, de todas las que prefiero; hay dos que me hacen sentir que, si bien no acepto absolutismos racionales, sí estoy expuesto al imperio de la belleza, como todo Ser Humano mas o menos normal.
Una de esas canciones, quizás sólo una docena de amigos saben que existe porque aún no se ha hecho pública. La otra, lo digo tajante y definitivamente, es Alas de Colibrí, de Silvio Rodríguez.
Alas de Colibrí, por su letra, más que por su música, forma parte de esas escasísimas verdades fundamentales que tengo: la de asumir lo diverso, lo aparentemente olvidado, lo desdeñado, lo marginado, lo que tal vez pocos quisieran para sí, como parte de mí mismo.
Tal es el poder de Alas de Colibrí que, dada la hipótesis absurda de que Silvio Rodríguez no fuera el trovador que es, la persona que es, sino otra completamente adversa a mis convicciones o mis dudas; o si -más absurdo aún-, sólo hubiera compuesto esa canción, le tendría el mismo respeto, admiración y cariño crítico que le tengo a él, y a toda su obra humana.
¿Y por qué cuento todo esto?
Nada, por cosas que uno eventualmente ve por este mundillo de las redes sociales, cuando de repente un domingo se pone a escudriñar donde no debería, y encuentra a gente grosera mofándose de lo imperfecto en apariencia o en alma, gente de entraña enrarecida que, en vez de combatir con honor al que está en otra trinchera, zahiere la dignidad de aquel como quien rasga el ala de un colibrí, y entonces uno ve a alguien querido haciéndole coro.
Porque soy un hombre de pocas certezas que, sin embargo, fácilmente puede ser salvado por un par de canciones, hoy, simplemente, quise hablarles de una de ellas.

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