Opinión

La Cabaña sin ton ni son

Feria del libro. 

Por: Jorge Fernández Era

Todo aquel que emite criterios debe tener la humildad de aceptar cuando se equivoca. Y yo he metido la pata al formular opiniones infundadas sobre un evento al que verdaderamente no asistí (lean si no Comer es crecer). No imaginan los lectores la vergüenza que sentí ayer al ver la Mesa Redonda y darme cuenta de que lo que asumí como Feria Internacional del Libro en el Complejo Morro-Cabaña era simplemente una suma trigonométrica de timbiriches de co(rey)midas, arte(in)sanías, (fe)afiches y otros demonios.

La FILH se celebró en otro lugar y no me enteré. He aquí algunas de las cosas que se oyeron en Cubavisión entre siete y ocho. Son pruebas de mi infamia.
Crecimiento o estabilidad de la Feria. Lo de estabilidad debe referirse a los cimientos de la añeja fortaleza.
La Feria es un éxito cuando pasa totalmente inadvertida en los medios hostiles. Se infiere que el éxito de lo que hacemos depende de si lo mencionan o no nuestros enemigos. Es una excelente noticia, hay que tratar de que nunca se enteren.
Hubo unas mil quinientas acciones literarias. Yo conté mil cuatrocientas noventa y nueve. No sumo el libro que le censuraron (le restaron) a Alina Bárbara López Hernández, sobre lo cual nadie ha brindado una convincente respuesta (y debe darse una respuesta, ya no importa si convincente).
Algunos dijeron que la Feria se veía vacía respecto a otros años. Nótese qué fácil diluir la verdad en la conjetura.
Los extranjeros se asombran cuando ven libros con precios tan mínimos. Ese cuento lo oigo desde pequeño, ya es hora de que sea publicado.
El promedio de libros por visitante aumentó, y eso nos dice que los que fueron, fueron a buscar libros. Aquí los datos: 417 619 visitantes compraron 604 000 ejemplares (y 103 000 muslos de pollo). Yo adquirí nueve libros: ¿a quiénes les habré quitado el derecho a los suyos?
Es un hábito para las familias ir a pasar el tiempo [y a perderlo]. A veces van y no necesariamente entran en La Cabaña. En esto concuerdo.
Se ha ido limpiando de cosas no literarias el espacio de La Cabaña. ¡No jodas!
Nada, que fue más fácil ver a un hermano de tu padre en La Cabaña engullendo un pollo chiflado que encontrar la novela La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe (sobre el Tío Sam sí se publicó bastante).

Hubo demasiadas ofertas con olor a choza, a cuarto de desahogo de cuanta mierda compramos a esa sociedad decadente que se llama capitalismo y que no queremos (eso decimos) para esos niños y jóvenes que las consumen con nuestra anuencia.
Que alguien me diga, para no errar de nuevo, hacia dónde trasladaron el principal evento cultural cubano.

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