Política en Cuba

Para decir la consigna, uno, dos y tres

Por: Alexander Hall Lujardo

Los lemas o consignas constituyen una representación simbólica para expresar el apoyo hacia determinadas ideas o instancias de común aprobación a través del lenguaje. Su empleo es de uso común en el seno de instituciones laborales, militares, escolares o de otra índole, en las que se invoca a determinados grupos la exaltación de sus energías, en acto de efervescencia por la defensa de principios, intereses o concepciones, al tiempo que pretende encumbrar ciertos cánones, a lo interno de una sociedad, con los postulados que proclama. Sin embargo, su propuesta se transforma en escudo fantasioso en cuanto se convierte, de modo amorfo, en disfuncionalmente repetitiva.

Su estandarización ha provocado funestas consecuencias socioeconómicas, así como notables digresiones de índole subjetiva en la cultura. Su práctica se convierte en motivo de choteo cuando ésta pierde su carácter auténtico, hecho que conduce al reflejo expresivo de un ofuscado escenario, tornando como favorable una impresión contraria a la realmente existente. En tales casos, se convierte en posesión de colectividades reducidas a la condición de reiterar hasta el cansancio frases carentes de sentido con la realidad. Es allí, donde su práctica ha dejado de ser un componente vigoroso para trastocarse en indiferencia, deviniendo en expresión satírica ante el mal funcionamiento de la institucionalidad.

La consigna debe ser objeto de la más elemental espontaneidad; su acomodo forzoso a diversas instancias la conduce por senderos divergentes a los fines supremos de bienestar social. No se puede defender con ahínco lo que no palpita con sinceridad, por lo que su imposición o uso estandarizado quiebra su esencia creativa y razón de ser. Es ahí donde ha transmutado en herramienta subversiva de sujetos a los que se les ha impuesto una determinada forma de sentir a través de la expresión oral.

Su reiteración desganada se transfigura en artefacto ofensivo de los actores que la expresan, al tiempo que exhibe una clara manifestación de desacuerdo burlesco hacia los que desde planos superiores la indican como ejercicio habitual. Por ello, al dictar un enunciado carente de consistencia con su entorno, se vindica como mecanismo contestatario, aunque la extensión de dicha lógica hacia otros sectores de sujeción en la dirección político-administrativa pondría en riesgo subjetivo las propias estructuras sociales.

La consigna adopta una expresión enérgica en la voz de seres conscientes, quienes con irreductible valor salen a las calles para expresar su inconformidad contra toda manifestación que merezca el repudio de grupos comprometidos en la defensa de derechos usurpados o ideales justos. Allí, el espontaneísmo, acompañado por la conciencia organizativa, forman un todo indisoluble que imposibilita cualquier encasillamiento en la forma de actuar de sus miembros, convirtiéndose en poderosa arma filo-cortante que pone en peligro los fundamentos sistémicos. En semejante contexto, el desgano pusilánime no es viable a los fines de reclamos populares que conviven bajo modelos exigentes de movilizaciones recurrentes para alcanzar los objetivos trazados por sus componentes sociales. Por ende, tiene en sí misma un fuerte contenido que tiende a la disrupción, al constituirse en herramienta de cambio.

La idea carente de contenido insistentemente repetida en sociedades imbuidas por una conceptualidad enajenante a los fines propuestos por los más encumbrados teóricos de semejante alternativa, constituye una estrategia efectiva en las manos de sujetos desprovistos de posibilidades de ascenso en el plano socioeconómico, en cuanto ésta contribuye a la inestabilidad, al ser capaz de sembrar el escepticismo y la apatía generalizada cercenando los cimientos de una sociedad fantasmagórica de la opresión, cuyo principal sostenimiento es la manifestación formalmente aprobatoria de inciertas mayorías, a la vez que instrumento endeble de perpetuación ideológica mediante la manipulación política, amparada por las innúmeras simbologías hegemónicas del poder para legitimar su dominación, sentando las garantías de su indiscutible exabrupto. En tales casos, el poder revolucionario de la consigna se torna doblemente indiscutible.

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Autor

  • Estudiante de Historia y activista afrodescendiente de ideas socialistas.

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