Política en Cuba

Adir

Ese es nuestro adir (cubano). Pero hay que pelear, incluso con cada palabra, con cada gesto y no cejar. De eso se trata hacerlo.

Por: René Fidel González García

¿Qué hecho, qué drama terrible nos devolverá la razón, la decencia y el respeto? ¿Qué nos hará real la Constitución y sus derechos a nosotros los ciudadanos?

¿La Cuba intolerante y soberbia, despótica y brutal, mezquina y capaz de cualquier vileza que habita entre nosotros, que repta por entre nuestras virtudes y la sencilla alegría de hacer el bien acabará por devorar el alma de la nación que fue soñada para la pasión de la justicia y el decoro humano?

¿Acabará por robarnos el futuro anhelado y por volver miserable el pasado que aún miramos con orgullo? ¿Qué oscuridad terrible nos acecha y pugna por imponerse a nuestro destino de pueblo que ama la libertad y la felicidad?

¿Cuánta complicidad nuestra -de cada uno de nosotros-  será suficiente para ello? ¿Cuán culpables seremos nosotros todos mañana por lo que hoy justificamos, -nos justificamos- apelando al olvido rápido, a lo banal, a la otredad y al silencio? No hay dignidad posible en ello.

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¿Cuándo fue la última vez en este país que alguien asumió públicamente o ante los suyos -cada uno de nosotros-, la responsabilidad por el fracaso o el error?

¿Desde cuándo asume aquí su responsabilidad con el fracaso, su fracaso -el nuestro- el padre y la madre, el ingeniero, el panadero, el médico, el constructor, el campesino, el maestro, el cocinero, el policía, el artista, el barredor de calles, el juez, el trabajador social, el dietista, el psicólogo, el poeta, la enfermera, el machetero, el inmigrante, el hijo, o tú, o yo?

No importa que sea uno mínimo, o mayúsculo, pero que diga -digamos- lo hice mal, no sé cómo lograrlo, no lo he conseguido, y lo admita -les he fallado, se dice- aunque sea para que podamos entre todos darle otra oportunidad, o busquemos – no es fácil encontrar-, o podamos elegir – no es fácil seleccionar– a un relojero serio, a un carpintero puntual y fino, a un zapatero meticuloso, a un albañil organizado y tenaz, a otro lector de tabaqueria, a otro administrador, a otro ministro, a otro político, a un carnicero cabal.

¿Cuándo se volvió un problema que un hombre o una mujer pensara diferente? ¿Cuándo la pobreza, la mentira, los cuartos hacinados, la hipocresía, el tener que escoger cuál medicamento comprar por falta de dinero, la desigual distribución de la riqueza, la injusticia, la necesidad de viviendas dignas, el llanto de impotencia y soledad de nuestros ancianos, el egoísmo, las escuelas de libros, pupitres y pizarras rotas y viejas, los hospitales sucios y despintados, los privilegios, los niños sin juguetes, la insensibilidad, las carreteras abiertas y quebradas, la pleitesía al poderoso siempre, el estar en desventaja por negro, por obrero, por campesino, por no ser hijo de, por maricón, por mujer, por oriental, por no ser ladrón, la indigencia, la corrupción administrativa, el desempleo, la indiferencia, el racismo, el individualismo, la corrupción política, el tener miedo a decir la verdad -la tuya, o la del otro-, el tráfico de influencias y de poder, de impunidad, dejaron de ser nuestros problemas reales para que ahora el pensar diferente, la honestidad de una mujer – o un hombre- común y corriente lo sea?

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¿Será por eso que los baños sucios, nausabundos y rotos -siempre rotos- que plagan nuestras fábricas, las escuelas, las estaciones de policía, las funerarias, las terminales y hospitales, las universidades de toda la República parecen monumentos inconscientes de nuestra maratónica capacidad para no asumir nuestra responsabilidad, o es que son un simple y abrumador testimonio de ella?

¿Y si no, cómo explicarlos entonces?¿Cómo explicarnos con ellos?

Da igual. La pregunta es otra ¿Cómo será explicarnos sin ellos?

Ese es nuestro adir. Pero hay que pelear, incluso con cada palabra, con cada gesto y no cejar. De eso se trata hacerlo, en Holguín, en Manzanillo, o en cualquier lugar de Cuba.

Tomado de La Joven Cuba

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