Cebolla, Julio Pernus, Cuba
Onírica,  Política en Cuba

Dios y los Reyes de la Cebolla

Amanece en mi barrio y muchos vecinos corren para marcar en el agro, pues ha nacido la bola de la llegada de cebolla a precio estatal, un producto casi impagable en los últimos tiempos.

Por Julio Pernús

La cámara los mira de frente, mientras ellos esperan la señal para hablarle a un  periodista que acaban de conocer, junto con la llegada de la policía a sus casas. El temor les corre por la sangre, mientras ven escabullirse de sus ojos un futuro acumulado. Unos minutos después, ya el camarógrafo anuncia que la grabación está lista. Un nasobuco intenta ocultar por algunos instantes la inquietud de unos labios antes de declararse culpables en una especie de juicio televisivo, pero real. Sus madres, esposas e hijos sostienen casa adentro y a duras penas los ríos de llanto. Saben que la vida les cambiará de un momento a otro, cuando el “hombre de la casa” comience a vivir en el desierto que le espera tras haber acaparado en su entorno algunos años de prosperidad.

En casa vemos el noticiero y ya esperamos ansiosos algún reportaje donde se desenmascare alguna ilegalidad. Muchas veces he pensado: es justo el castigo y la vergüenza mediáticos. Pero, cuando terminaba esa noche la emisión estelar, al tratar de emplear unos datos móviles rápidos y furiosos, el estado de WhatsApp de un sacerdote amigo me deja pensando, pues rezaba: “les pido a todos los que tengan mi contacto, poner en sus oraciones a la familia de los Reyes de la Cebolla, los protagonistas del reportaje del noticiero, pues los conozco, son personas buenas que cometieron errores y atraviesan un momento difícil.”

Amanece en mi barrio y muchos vecinos corren para marcar en el agro, pues ha nacido la bola de la llegada de cebollas a precio estatal, un producto casi impagable en los últimos tiempos. En la cola, algunos televidentes uniformados de juicio mediático, comienzan a dar condenas de descarados y vividores a unos “reyes”, a quienes solo conocen por medio del cuadrado fluorescente.

Antes de proceder a condenar al prójimo, producto de algún juicio ejemplarizante en los medios, una reflexión serena puede llevarnos a preguntarnos con sinceridad qué ha provocado su situación. No se trata de defender lo indebido, ni de solidarizarnos con el delito, pero también es posible abrir un poco más allá nuestros ojos y sentir la situación de inhumanidad que sufre ese hombre, tras haber sido despojado de cualquier  presunción de inocencia, incluso por nosotros, los televidentes, que hacemos la cola para comprar la cebolla que acaparaban injustamente.

Pablo VI expresó que “la evangelización es pasar al hombre de condiciones menos humanas a condiciones más humanas”. Como cubano tengo temor a que la sostenida precariedad económica, responsable de producir toda clase de pobrezas, pueda convertirnos cada día en ciudadanos más estériles, con una calidad de vida -entendida en sentido profundo- cada día menor. Pues por calidad de vida entiendo también vivir en una comunidad social, barrial, con la capacidad tangible de amar, de albergar esperanzas, de tener fe en el crecimiento humano -con las posibilidades económicas que esto implica-   y espiritual.

Dios acostumbra hacerse sentir cuando nos encontramos en las fronteras de nuestras vidas, en aquellos momentos en que sentimos tambalear nuestras seguridades humanas. Ahí y entonces aparece su presencia infinita y nos acompaña en medio de ese desierto existencial de la desolación, que Lezama dibujó con sus letras diciendo: “que crece indetenidamente, sin libertad, sin posibilidad, sin imagen, sin poesía”. Pues ahí en medio de ese insilio nuestro, lleno de límites que marcan nuestros pasos, ahí delante de esa cámara, también está Jesús.

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