Política en Cuba

El inconforme incorforme

feria del libro.

Por: Jorge Fernández Era
Había decidido no responder a Hermes J. Moreno Rodríguez desde que leí el eufemismo («arbitraje de los contenidos») que inserta en su refutación a mis escritos (Comer es crecer y La Cabaña sin ton ni son), pues me decepcionó mucho fuera utilizado por una persona informada e inteligente. Pero al ver que para afincar sus criterios se vale (como se ha hecho común en casos como este) de la descalificación del oponente (hipercríticos que se dedican a hacer valoraciones superficiales, ceguera intencional, deseos de criticar sin que nada más importe), ahí le van algunas otras valoraciones:
Al arbitraje de los contenidos (alias censura) le puse nombre y apellidos. No hablé de un volumen que fue desechado en su evaluación. El libro de Alina Bárbara López Hernández fue aprobado por un Consejo Editorial en Matanzas y luego por otra institución afín en el Instituto Cubano del Libro.

Pero los censores (mal nos pese la palabra) sí no tienen nombre y apellidos ni han puesto la cara. Es de suponer que cuando los argumentos revolucionarios que se manejan para un acto de este tipo tienen un basamento ideológico, sus ejecutores tengan la valentía de defender públicamente su decisión. Y uno espera, ante el secuestro de la cubierta de un libro (lo que pasó, mal nos pese la palabra), que los implicados en su aprobación previa se ofendan ante tal proceder. Pero Hermes da por sentado que si el libro hubiera sido de la editorial que dirige, agradecería a los funcionarios partidistas por hacer un arbitraje que él y su Consejo Editorial obvió, además de optar por la callada como respuesta, que es lo que ha sucedido hasta el momento con el libro de Alina. Quizás hasta alegue que el libro de ella es uno más entre los cientos que se presentaron en La Cabaña, olvidando que la Revolución nos enseñó que hay que indignarse ante la bofetada que se le dé a un solo ser humano en este planeta, en esta tierra, y que el texto de Alina —por demás trabajadora del sistema del libro cubano— es tan importante como cualquier otro de los que dignificaron el programa de la Feria.
Se queja de los que ven mal todo, pero no dice nada de los que todo lo ven(ve) perfecto. No hace el menor comentario a mi señalamiento sobre esos libros (los vi, nadie me lo contó) que son una exaltación de la estupidez, la banalidad y el egoísmo; ni siquiera le preocupa el ejemplo (lo vi, nadie me lo contó) del sellito laudatorio de la pornografía, que venía acompañado de otros que vendían a jóvenes y niños la imagen de empresas y símbolos que una vez expulsamos para que jamás volvieran a suelo patrio; o con el de los afiches (los vi, nadie me lo contó) que benévolamente se permitió comerciar para que nuestros hijos y nietos (sus hijos y nietos) cuelguen en las paredes símbolos de una cultura decadente y perniciosa.
Le preocupa el hipercriticismo, pero no el acriticismo, ese mal que nos hace mucho más daño del que supuestamente hace el otro. El primero tiene el coraje de señalar cosas que hay que cambiar. El segundo las esconde y, en su ceguera intencional, pasa ficha para que no cambie nada. Es el acriticismo que lleva a la Mesa Redonda a explicar que la menor cantidad de personas en la Feria se debió al transporte y el combustible, cuando todos los que cruzamos el túnel en ómnibus fuimos testigos de que, a diferencia de otros años, la cola esta vez fue de los ómnibus esperando por nosotros mientras los choferes demoraban la salida y clamaban por que se llenaran estos. Es el acriticismo que le lleva a afirmar que la gran carpa estuvo llena de libros, cuando ni siquiera se colmó de gente como en otras ocasiones.
No fui a La Cabaña a otra cosa, como insinúa Hermes en su hermenéutica. Si he dicho lo que he dicho es porque la Feria del Libro me duele muchísimo. Si le parecen extrañas mis valoraciones, debía extrañarle más el clima de complacencia que ayuda a eternizar con su actitud y no hace otra cosa que matar a la inconformidad, condición natural de un revolucionario.

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