Política en Cuba

El Juego de ajedrez (I)

Por: Boris
Hubiera sido una tarde cualquiera en otra pequeña ciudad de Cuba si no fuera por la escolta policial que estaba apostada en las afueras del parque; una pareja en cada esquina del lado que da a la calle principal. Lo notamos desde que dimos el rodeo pasando frente a ellos para entrar y buscar un banco con sombra. La interrogante nos mantuvo ocupados durante unos minutos hasta que con sólo virar la cara se nos presentó la respuesta: Martí con el rostro mirando en dirección al nacimiento del sol, quizás intencionalmente, reinaba sobre el panorama.
Para la mayoría de los cubanos los símbolos políticos pasan desapercibidos constantemente. Hemos sido bombardeados por ellos desde la infancia con el fin de adoctrinarnos. La idea de un “proyecto nacional” anclada en toda una serie de significaciones con una marcada ideologización empieza en el preescolar y todo el devenir de la vida del ciudadano cubano promedio. Una vez terminada la educación -el principal aparato ideológico del Estado- quedan toda una serie de mecanismos funcionales que atraviesan toda la sociedad cubana que van desde los más burdos hasta los más sutiles. Desde filtros laborales -que incluyen sindicatos y toda la burocracia laboral- hasta los más burdos -aparatos represivos en toda la extensión de la palabra- el Estado se erige como una gran maquinaria ideológica. Sin embargo, no evitaron el vandalismo político a los bustos de Martí. ¿Es que acaso no funcionan?
Bustos dañados, de manera intencional o no, se pueden hallar por todo el país. Su sobreabundancia y exposición los hace propensos a daños o vandalismo. El símbolo en sí mismo es tan vulgar en su omnipresencia que pasa desapercibido sin, tan siquiera, ser un objeto decorativo más. Es parte de la banalización de la política en lo que a Cuba refiere. La retórica y categorías que pudieran darle una trascendencia a los discursos han terminado por ser tan manidas que pierden su carácter concreto. No representan nada y nada dicen.
Para mí, un ciudadano común sin ningún vínculo extraordinario con el Estado y los focos de poder, la vida cotidiana impone prioridades sobre la política y la ideología. ¿Qué le sucederá entonces a millones de amas de casa o padres de familia que tienen que procurar un plato de comida sobre la mesa o a niños y adolescentes que viven entre las preocupaciones escolares y la angustia de crecer?
Del otro lado del estrecho de la Florida sucede otro tanto. Tras sesenta y un años de poder y varias rupturas discursivas, ¿qué cosa es el “castrismo”? ¿El de La Historia Me Absolverá? ¿El de Palabras a los Intelectuales? ¿El que plantea un concepto de Revolución que hasta un delincuente buscado por estafa en EUA como fue Gilberman reprodujo en un mural de su mansión?
Quizás la explicación al despliegue policial que vi hace unos días esté dada en lo que sólo se explica como un juego de ajedrez propagandístico que apela a la falta de sentido en la vida de todos aquellos que no participamos del juego; aquellos a los que vivir les parece más trascendente que la política.

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