Política en Cuba

El juego de la culpa. ¿Quién gana?

Por: Danilo Euser

El ignorante de la filosofía culpa a los demás por su situación. El estudiante de filosofía se culpa a sí mismo. El sabio no culpa a nadie.

EPICTETO ·

¿Culpar a los demás de lo que sucede? ¿Sentirse culpable acerca de situaciones vividas? ¿Qué se consigue con el juego de la culpa?

Existe la tendencia a pensar que lo que sucede viene de fuera, que son los factores externos los que hacen sentir de una manera determinada y, cuando lo sentido no gusta, se señala a algo o a alguien como responsable de esta sensación. Al culpar al otro se libera la responsabilidad propia. Sin embargo, se olvida que al renunciar a la propia responsabilidad se otorga el poder a los demás y se convierte el individuo en víctima.

Culpar tiene un coste: la pérdida de nuestra libertad. Además, el papel de víctima trae consigo una auto-percepción de debilidad, vulnerabilidad e indefensión, que son los componentes principales de la apatía y la depresión”. (1)

La culpa aleja de lo realmente importante: la solución. Al culpar, se deja de pensar en cómo mejorar o remendar proactivamente lo sucedido, y se adopta un rol pasivo y reaccionario. El individuo se convierte en juez y tirano, en lugar de reparador e ingeniero, que busca solucionar lo que pasó y prevenir que se repita algo similar.

Finalmente, la culpa no deja de ser una interpretación, individual o grupal, de algo, que puede ser así, o no.

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad.

MARCO AURELIO ·

La culpa es “una auto-condena y auto-invalidación de nuestra valoración y valor como ser humano”. (2)

¿Por qué debe algo ser siempre “fallo” de alguien? ¿Por qué debe ser introducido todo el concepto de “malo” en la situación en el primer lugar? ¿Por qué debe alguien estar equivocado, ser malo o culpable?”.

No nos damos cuenta de que encontramos una gran recompensa al culpar a otro de nuestra desgracia: “Conseguimos ser inocentes; podemos disfrutar de la autocompasión; conseguimos ser mártires y víctimas, y conseguimos ser los destinatarios de la simpatía”. No es un deseo consciente sin embargo “es el propósito inconsciente de la culpa”. Lo importante es el deseo de obtener “el castigo de otra persona, y combinarlo con el autocastigo”.

“La culpa en sí misma engendra sentimientos negativos y los sentimientos negativos en y por sí mismos también engendran culpa”. Y hemos vivido durante tanto tiempo en este ciclo que ni siquiera lo reconocemos.

“La culpa es tan omnipresente que sin importar lo que hagamos sentiremos de algún modo en nuestra mente que “deberíamos” estar haciendo otra cosa”.

De una u otra manera se proyecta culpa sobre el mundo que nos rodea “es por eso que la mayoría de las personas necesitan de un “enemigo”.

Dicotomía «Bueno o Malo»

El ser humano tiende a valorar prácticamente todo como bueno o malo, es casi automático, se hace sin pensar demasiado. Evolutivamente esta diferenciación y etiquetación simple ha sido útil para la supervivencia, pues tener bien establecido las cosas malas o peligrosas procuraba evitarlas o repelerlas a toda costa, teniendo así mayores probabilidades de no sufrir sus consecuencias.

Sin embargo, no deja de ser algo muy simplificado, y si bien en el entorno antropológico y salvaje donde evolucionamos fue positivo, en el de la sociedad humana moderna supone problemas para las percepciones y reacciones ante los estímulos y sucesos a los que nos enfrentamos actualmente.

La mayoría de cosas y hechos que vivimos son muy complejos como para poder resumirlos en una polaridad de bueno o malo, y hacerlo suele conducir a interpretaciones erróneas y limitadas de lo que hacemos y somos. Etiquetar de esta forma pone una barrera enorme en la capacidad para comprender lo que sucede de una forma profunda, objetiva y real, sobre todo cuando se trata de cosas externas.

Dicho esto, sí es posible discernir, hasta cierto punto, las “cosas buenas” de las que no lo son, sin caer en estos sesgos cognitivos y limitaciones mentales. Los antiguos filósofos estoicos, por ejemplo, hacían una interesante distinción sobre estas cuestiones…

Lo bueno, lo malo y lo indiferente.

Algunas cosas son buenas, otras malas y otras indiferentes. Lo bueno es la virtud, lo malo lo que se aleja de la virtud. Lo indiferente son todas las cosas que no están en tu control ¿Dónde debes buscar entonces lo bueno y lo malo? En ti, en lo que te pertenece. En lo que no te pertenece no debes usar los términos bueno o malo.

EPICTETO ·

Para los estoicos, solo las cosas que dependen completamente de nosotros pueden ser buenas o malas, el resto son indiferentes. Siguiendo esta lógica, lo único bueno es actuar con virtud: «acorde a nuestra naturaleza», o sea actuar guiados siempre por la razón y por la moral, entendiendo que tenemos una responsabilidad social de ayudar a los demás. Por tanto, lo único malo sería lo contrario.

Esto implica que lo bueno siempre está en poder del individuo, ya que independientemente de su situación, es posible pensar con sabiduría, actuar con coraje y justicia, y demostrar disciplina. Lo malo, por tanto, también está solo en sus manos: actuar de manera irracional o alejada de la virtud. (3)

Los estoicos recomendaban centrarse en lo que verdaderamente se puede controlar: el comportamiento en el presente y la respuesta a lo que sucede. Valoraban los comportamientos por sí mismos, y consideraban el resultado indiferente.

Por tanto, si se pone el foco en lo que está bajo control del individuo: sus actitudes y conductas, y se es crítico con ellas desde una perspectiva de aprendizaje y auto-superación, se aleja la culpabilización, tanto externa como interna.

Comprenderemos que lo que hacen o dicen los demás es indiferente a nosotros, a lo que somos y hacemos, abandonando para siempre el papel de juez con los demás, y centrándonos en convertirnos en maestros, mediante el ejemplo, de lo relevante y positivo, para nosotros mismos, y para el resto.

El doctor en medicina y filosofía, psiquiatra, escritor e investigador sobre la consciencia, David R. Hawkins, en su libro  Dejar ir. El camino de la entrega  habla sobre el apego y todo lo que se hace por mantenerlo, y dice que “el miedo a la vida es en realidad el miedo a las emociones”.

Para Hawkins “los apegos crean una dependencia, y la dependencia, debido a su naturaleza, intrínsecamente lleva al miedo a la pérdida”. Y el miedo paraliza, la mayoría de los “No puedo” son en realidad “No quiero”. Tras los “No puedo” o los “No quiero” con frecuencia hay un miedo” y donde hay miedo hay culpa.

Nos invita a observarnos a nosotros mismos cuando nos dice “el primer paso para dejar de culpar es ver qué estamos eligiendo culpar”. Perdonar no es reconocer una equivocación, es soltar. Es entregar nuestra percepción completamente, abandonando todo juicio y dado que todo juicio es realmente a uno mismo, nos hemos liberado en el proceso.

Es posible convertir toda relación en una oportunidad para conocernos a nosotros mismos. Los otros son espejos en los que tenemos la ocasión de vernos y reconocernos, en los que podemos ver nuestra esencia para saber lo que tenemos que trascender, lo que tenemos que superar.

Al aprender a observarnos liberamos al otro de llenar nuestras necesidades. Es necesario dejar de proyectar la culpa en los demás y tomar conciencia de que nuestras proyecciones al final se vuelven contra nosotros y, si las liberamos, nos liberamos. Tal vez sea este es el secreto para encontrar el equilibrio y la coherencia en nuestras vidas.

“No hay ganador en el juego de la culpabilidad”.

D. R. HAWKINS ·

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