Política en Cuba

Generaciones y revolución

A modo de Introducción

Por primera vez, sale a la luz digitalizado, el texto Generaciones y Revolución, escrito por Ricardo Jorge Machado en marzo de 1965. Publicado en ese año el suplemento cultural El Caimán Barbudo dirigido por el escritor Jesús Díaz, el texto manifiesto fue escrito por un magro joven de 25 años, presuroso con un libro de Aristóteles bajo el sobaco, profesor –junto a Jesús- del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.

Anotado probablemente bajo la sombra protectora de los árboles del Parque de los Cabezones, no muy lejos de la cafetería del Hotel Capri, Woodstock de la tribus urbanas del momento, el texto de Machado hace visible -con justas dosis de esquematismo juvenil- el “malestar de la cultura” que se produce en el seno de la Cuba verdeolivo. Desde el Caribe, donde campea la flota norteamericana que invade Santo Domingo, la isla se aparta de la división del campo socialista: el diferendo entre la China de Mao y la Unión Soviética de Brezhnev y Kosiguin. “No somos satélite de nadie” proclamará desafiante Fidel Castro en el acto del 13 de marzo de 1965, y alerta sobre un Viet Nam que se bate solitario contra el imperialismo de Johnson y Mac Namara.

Cuba protagoniza la herejía ante un Socialismo del Este burocratizado, en un arco de independencia que culminará la definición (1968) de los Cien Años de Lucha. Hacia el interior, contradictoria, producirá los eventos de la UMAP (1965-1967) y la expulsión de Allen Ginsberg, el cine anticomercial del ICAIC, o el festival de la Canción Política (1967) auspiciado por Casa de las Américas, entre otros fenómenos culturales de la “década prodigiosa” que exigen nuevas luces para su análisis. Vanguardia cultural y vanguardia política se cruzan las manos en Cuba por primera vez, desde Octubre de 1917. No sin fricciones; no sin crear sus propios guettos.

Releído con la lupa de medio siglo, el texto de Machado tiende enlaces- desde la ideología- con el parricidio de La Noche de los Asesinos, de José Triana, la poesía de Víctor Casaus y Wichy Nogueiras, y la violencia excluyente de Los Años Duros, de J. Díaz. Es un espíritu irreverente que será reivindicado por la revista Pensamiento Crítico, empeño intelectual que Machado integra, y que unirá a Juan Marinello y Hebert Marcuse, Vicentina Antuña y el estructuralismo francés, el espendrum del Black Power y Now, de Santiago Álvarez,

La historia de los años 60 cubanos es aún un prisma por redescubrir. Agradecemos a R.J. Machado por compartir un texto ya imprescindible.

(Abelardo G Mena/ Habana Insider)

Generaciones y revolución

Por: Ricardo Jorge Machado

(marzo 1965)

Ricardo Jorge Machado nació en 1940. Actualmente es profesor de filosofía de la Universidad de La Habana.

Lo cierto es que nadie podrá acusarnos de que aquí se intenta colocar en primer plano una preocupación estrictamente personal. Recientemente en un número de la Gaceta de Cuba (mayo de 66) apareció una entrevista hecha a once escritores, seleccionados y clasificados atendiendo a su extracción generacional. Las preguntas contestadas versaban también sobre el problema generacional. En nuestra opinión, dicha entrevista es uno de los testimonios más sugerentes entre los publicados últimamente en nuestro país.

El autor se considera en deuda con varios de los entrevistados, aún cuando en el momento de la publicación de sus respuestas, las presentes consideraciones estaban ya elaboradas en lo esencial. Estamos agradecidos en primer lugar porque algunas de sus observaciones nos reafirmaron en opiniones de las que estábamos convencidos sólo a medias. Otras, al reflejar aspectos no previstos del todo por nuestra parte, nos obligaron a precisar más ciertas ideas y a meditar más seriamente sobre sus posibles interpretaciones.

En realidad, el tema sobre el que se desarrolla este trabajo constituye una vieja preocupación del que lo escribe. Una preocupación que fue agudamente revivida por el discurso de Fidel, el 13 de marzo último. Las implicaciones éticas y políticas de este discurso fueron en verdad el estímulo que nos impulsó a ordenar y profundizar nuestras ideas sobre la problemática generacional.

Creo que antes de comenzar a desarrollar en firme este asunto es necesario señalar ciertas peculiaridades a las que viene aparejado. Hay que decir ante todo que nos encontramos ante algo que durante mucho tiempo fue visto por ciertos pensadores escleróticos, como cosa sospechosa y por tanto casi declarada tabú.

Quedó entonces durante mucho tiempo en las manos o en las cabezas, si se quiere de los pensadores burgueses, quienes se aprovecharon de lo lindo de esta generosa donación. Como se sabe esta costumbre «marxista» de hacer generosas donaciones a los científicos burgueses puede ser ilustrada con regalos de mayor envergadura «burguesas» o lo que es lo mismo, inútiles, y colocadas graciosamente en el regazo de los pensadores idealistas, los que ni cortos ni perezosos comenzaron a desarrollarlas a su manera y en la búsqueda de sus propios fines. Al mismo tiempo, del otro lado de la barrera, nuestros pensadores-avestruces palmoteaban tontamente felicitándose por estas «hazañas».

Afortunadamente la terca y tozuda presencia de los hechos los ha obligado a volver grupas. No quedó más que lamentar, después de estas infelices ocurrencias, que durante algún tiempo, la Sociología por ejemplo no será más que en importantes universidades socialistas una simple asignatura en los últimos años de la carrera de Filosofía, mientras que en varias universidades de países capitalistas existe toda una licenciatura dedicada a esta disciplina y que es necesario cursar en varios años.

Ya es hora de que aprendamos la lección y perdamos la equívoca costumbre de regalar ciencias u objetos de estudio a nuestros adversarios. No tenemos entonces por qué mostrar una injustificada inhibición intelectual ante problemas como el de las generaciones, aunque en cierta época fuera explicable por imposiciones de la lucha ideológica como forma de contrarrestar la influencia de quienes planteaban maliciosamente la tesis de la lucha de generaciones como sustitutiva de la de clases.

Es fácilmente comprensible que los hombres progresistas del mundo de habla hispana para ceñirnos más a nuestra realidad desconfiaran de un tema que venía envuelto en las obras de Laín Entralgo, Julián Marías y especialmente en las de Ortega y Gasset, ese galante y seductor mago Merlín de la literatura filosófica. Una última consideración sobre el tema, referida a la forma de abordarlo. Podríamos hacerlo optando por uno de estos dos métodos:

a) Reunir una cantidad apreciable de literatura sociológica lo más seria posible sobre el asunto, estableciendo relaciones entre los diferentes puntos de vista y haciendo acrobacias críticas ante cada uno de ellos, sin perjuicio de que podemos ilustrar esa exposición mediante ejemplos extraídos de nuestra propia realidad. Se hace un ajiaco teórico con todos ellos y se sirve de una manera más o menos aceptable. Y al igual que hay quienes sacan un libro de otros libros, nosotros obtengamos un artículo de unos capítulos.

b) El otro método comienza también por la asimilación de toda una obra previa. Lo que puede lograrse fácilmente consultando, por ejemplo, el artículo dedicado a las generaciones en el diccionario filosófico de Ferrater Mora y estudiando la bibliografía allí señalada o también acercándonos a alguna recopilación coherente sobre el asunto. Una vez que hayamos incorporado críticamente este material proyectemos nuestra capacidad de análisis sobre la historia reciente o pasada de nuestro país o de otros países, y extraigamos así a nuestras propias conclusiones independizándonos en lo posible del material consultado. Este último método es el que intentamos poner en práctica con este trabajo.

¿Qué es una generación?

La sociología burguesa ha encontrado casi todos los elementos que componen la categoría social de generación. Aunque los nexos que se establecen entre ellos son a manudo falsos, al igual que sus conclusiones. Por lo pronto podríamos agradecerle una definición (haciendo una síntesis del material revisado) que recibimos más o menos así: las generaciones están constituidas por un número de hombres que nacen y mueren en fechas aproximadas, los cuales se han formado una sensibilidad común, creada gracias al conjunto de experiencias semejantes que han vivido. Es también un resultado de la integración de factores biológicos (el hombre como ser vivo) y sociales (los hechos históricos). Se reconocen una etapa ascendente y otra descendente en las generaciones. Algunos pretenden fijar con edades demasiado exactas los límites de cada una de estas fases.

Otros rasgos de orden secundario pudieran ser señalados; sin embargo aquí nos interesa subrayar, por considerarlos los más importantes y además porque en general son subestimados o no señalados, los siguientes:

1) Ante todo es preciso reconocer a las generaciones como entidades contradictorias. Este carácter contradictorio viene impuesto en primer lugar por la estructura clasista de las sociedades establecidas sobre la propiedad privada. Por otra parte la naturaleza contradictoria de las generaciones es reforzada por la existencia en el seno de cada una de ellas de grupos y sectores que se desarrollan con una dinámica propia aunque dependiente tanto de esa estructura clasista como de la fisonomía espiritual de cada generación.

2) De la característica anterior se desprende la necesidad de ensamblar orgánicamente la categoría generación con la de clase social de una parte y de otra con la de grupo social. La generación como categoría histórica sólo puede ser estudiada con relación a las clases y a los grupos. Es por ello un concepto resultante, cuyo contenido viene dado por la actividad de las clases y los grupos en una sociedad dada. Pero tanto unas como otros no influyen por igual sobre la conducta de una generación.

En las sociedades divididas en clases antagónicas el papel decisivo le corresponde a las clases, evidentemente. En el socialismo- debido a la desaparición progresiva de las clases el factor primordial va a estar constituido gradualmente por los grupos. La sociología burguesa se ha ocupado con bastante objetividad de la estructura y funcionamiento de los grupos sociales.

3) Ya hemos señalado los factores biológicos y sociales como elementos constitutivos de las generaciones. Algunos se inclinan a asignar al factor biológico un papel decisivo. Aunque no es posible de hecho establecer una separación entre ambos, es preciso señalar el error de quienes establecen lo biológico como lo fundamental, así como el de los que se limitan a concebir un equilibrio mecánico entre estos dos factores. En realidad, el factor biológico (el hombre y las diferentes etapas de su vida) sólo le corresponde jugar un papel pasivo, de simple receptáculo del contenido dado por la época que le corresponde vivir a cada generación. El agente activo y fundamental es por tanto la historia. (Véase la formación de la conciencia generacional).

Ténganse pues en cuenta de ahora en adelante, estas tres observaciones para apreciar el sentido en que usamos el término generación.

Sobre la conciencia generacional

Esa comunidad de experiencias vividas por un grupo de hombres (impresionados por los mismos acontecimientos históricos, lectura de los mismos libros, etc.) configura la estructura mental de los mismos. Crea estados de ánimo y tendencias de conducta semejantes. Crea en fin, lo que pudiéramos llamar una conciencia generacional.

El proceso de formación de esta conciencia generacional se realiza a veces simultáneamente con el de la formación de la conciencia de clase y también puede coincidir con la aparición de los diversos grupos dentro de una misma generación. En este orden de importancia: 1) conciencia de clase, 2) conciencia de grupo, 3) conciencia generacional.

Puesto que existen intereses de clases y dentro de ellas de grupos. Los intereses de éstos nunca han de sobreponerse a los de aquéllas. Un grupo cuyo interés tropiece con el nervio de la clase a la que está ligado se liquida a sí mismo. La conciencia de los grupos son las formas de expresión de la conciencia de clase, por eso no ha de haber necesariamente entre ellos antagonismos irreconciliables. La conciencia generacional será entonces, repito, una especie de resultante de las dos anteriores.

Ella es, si se quiere, como una línea que se refracta en ángulos diferentes a través de las distintas clases y grupos. Esta línea está formada por un conjunto de vivencias producidas por causas idénticas, pero que sufren diversas interpretaciones. La vivencia es generacional, su interpretación clasista y su matiz grupal.

Muy esclarecedor al respecto resulta este párrafo de Lukács: «En efecto, un pasado igual desde el punto de vista histórico asume en cada vida humana una forma diferente: los mismos acontecimientos son vividos de modo distinto por hombres diferentes por origen, cultura, edad, etc. pero también el mismo acontecimiento tiene sobre los hombres efectos extraordinariamente diferenciados; proximidad y lejanía, centro y periferia… Y frente a estos acontecimientos ningún hombre es espiritualmente pasivo, sino que se encuentra siempre ante alternativas cuyas consecuencias pueden llegar desde la posición firme, a compromisos astutos o necios, justos o falsos y aún a la capitulación».

El orden de importancia que hemos señalado a estas formas de conciencia, no corresponde por supuesto al orden en que aparecen históricamente. Nos inclinamos a pensar que durante algún tiempo durante los años de iniciación puede existir todavía un predominio de la conciencia generacional, sobre todo cuando la de clase y grupo son todavía débiles. Más tarde cuando éstas se consolidan, aquélla va diluyéndose entre ambas y atenuándose progresivamente.

Quizás esto es lo que explica pongamos un ejemplo simple aún a riesgo de parecer superficial que en la Revista de Avance hayan coexistido hombres como Juan Marinello y Jorge Mañach, de tan diferentes actuaciones políticas posteriores. Aún cuando en esa época mantenían concepciones contrapuestas, la conciencia generacional era tan fuerte como para disminuir la pugnacidad entre ellas. Andando el tiempo la conciencia de clase se impone en cada uno de estos hombres y ya no será posible encontrarlos defendiendo una misma trinchera. Uno entrará al Partido Comunista, el otro, al engendro fascistoide del ABC.

Por último, esta conciencia se estratifica y queda como un conjunto de actitudes, ideas, creencias, que tiende a proyectarse sobre la sociedad en que aparece y a darse una interpretación de ella. Pero esto no suele quedar en una mera interpretación de esa sociedad, sino que deben manifestarse intentos de modificar esa circunstancia social. En la elaboración de esa interpretación de la sociedad juegan un papel decisivo los órganos de expresión, revistas, prensa, etc., a través de las cuales los grupos de esa nueva generación, expongan sus puntos de vista. Esta tarea ha de ser necesariamente polémica porque las nuevas concepciones chocan inevitablemente con una masa de opiniones establecidas y consagradas por la inercia y la tradición.

La conciencia generacional se forja y se consolida en la lucha contra estas concepciones caducas, que no deben ser nunca rechazadas en bloque, sino asimiladas, integradas, en la medida que ellas contengan elementos objetivos.

¿Quiénes forman la conciencia generacional?

Esta tarea les corresponde a los intelectuales: políticos, escritores, artistas, pensadores. Ellos forman los distintos sectores de una generación y éstos constituyen al mismo tiempo el ámbito donde se mueven los grupos. (En la sociedad capitalista: los diferentes partidos políticos, que aunque en el fondo sirven los intereses de una clase, mantienen discrepancias en cuanto a los métodos a utilizar para mejor servirla y el partido de la clase obrera. Los artistas y escritores: las diversas capillas que expresan otras tantas tendencias estéticas.) Ni la conciencia de clase ni la generacional fraguan simultáneamente en cada uno de estos sectores. Entre todos forman las vanguardias de una generación (clases y grupos) y han de enfrentar tarde o temprano una tarea generacional, vista siempre a través del lente clasista.

Esta tarea es abordada desde diferentes ángulos de la realidad, la que es apreciada según el caso con la óptica del político (son los más prácticos de los intelectuales) o con la del pensador o la del creador. Entre estas ópticas no se produce inmediatamente una coincidencia, es por ello que los sectores no cobran conciencia de sus responsabilidades políticas al mismo tiempo (todos tienen responsabilidades políticas en cuanto que están forados por simples ciudadanos).

Son los políticos quienes juegan una función decisiva en la creación de la conciencia generacional. Ellos, con la ayuda de los intelectuales más politizados, deben descubrir a los ojos de los demás sectores, o lo que es lo mismo, ante la clase social que ellos representan los grandes objetivos por los que hay que luchar. De la eficacia de los políticos depende fundamentalmente la clarificación de esos objetivos, así como la debida coordinación que facilite su obtención. (Adviértase que en este epígrafe no queda señalada la dinámica específica de cada uno de estos sectores. Reconocemos la generalidad de estas observaciones la mayor parte de las cuales podrían ser aceptadas más bien como hipótesis de trabajo en investigaciones de sociología concreta o de sicología social).

La acción simultánea de varias generaciones sobre un mismo plano histórico: la generación dominante

Regularmente sobre un mismo plano histórico operan cuatro generaciones, aunque este número puede variar según las condiciones históricas concretas. Pero cada cual incide sobre este plano desde un ángulo diferente.

Una de ellas ocupa un lugar preponderante. Aquella que en su momento pudo lograr más cabalmente los objetivos que perseguía, y por ello la mayoría de sus miembros fueron los que protagonizaron los actos de mayor importancia política, intelectual o artística, dentro de un período determinado. Es por eso la de más vitalidad y la de más prestigio en el seno de la sociedad. Usando las categorías gramscianas, pudiéramos llamarla generación hegemónica y dominante. (Excepción hecha de períodos históricos carentes de hechos relevantes.) Destaquemos de paso que son factores históricos objetivos los que permiten u obstaculizan el proceso de conversión de una generación en dominante.

Expliquemos brevemente el contenido que aquí damos a los términos dominante y hegemónica. Una generación es dominante entre otras razones cuando la mayoría de sus miembros controlan las instituciones sociales más importantes de un país. Será al mismo tiempo hegemónica cuando los miembros de las demás generaciones especialmente las nuevas la reconozcan como la de más capacidad y autoridad para desempeñar las funciones de mando.

Este reconocimiento se manifiesta a través de un acatamiento respetuoso, fundado a menudo en la admiración.

El tiempo en que una generación es dominante y hegemónica debe coincidir aproximadamente con la fase de ascenso y consolidación de la misma. Este carácter dominante y hegemónico podría a veces mantenerse hasta las fases iniciales del período de descenso. Aunque una generación excepcionalmente vigorosa puede iniciar su etapa de descenso e incluso avanzar mucho en ella y continuar siendo dominante y hegemónica.

Pero el momento en que la generación dominante deja de ser hegemónica llega inevitablemente. Entonces su autoridad, su prestigio, su derecho a mantenerse en las palancas de mando, comienza a ser discutido por las generaciones que la suceden.

Aparece la época del relevo o la sustitución generacional. La naturaleza de este proceso de sustitución pacífico o agudamente polémico depende en primer lugar de la actitud que asuma la generación dominante ante la pérdida progresiva de su hegemonía. Si ella no llega a comprenderla, si no se mantiene por tanto a la altura del momento (un duro momento, por cierto) tiende a generar entonces en muchos de sus miembros una actitud que pudiera definirse como un NO PASARÁN, sostenido insolentemente o taimadamente según el caso, ante los ojos de las generaciones posteriores.

Se inicia un período de antagonismos generacionales. Los individuos de la nueva generación comienzan a juzgar con demasiada severidad a los de la vieja generación y se interrumpe la comunicación entre ambas en muchas zonas de la sociedad. Cada generación se vuelve sobre sí misma y se falsean las relaciones entre ellas. Pero la vieja generación no puede prescindir del todo de los jóvenes, necesita apoyarse en parte sobre la nueva generación y para ello selecciona a los genuflexos, los domestica y los exhibe como ejemplo de «confianza en la juventud». Por eso hay jóvenes que piensan con ideas viejas.

La pérdida del carácter hegemónico se evidencia en la aparición de las primeras formas de la senilidad política. Esta se expresa en la dificultad creciente para resolver nuevos problemas, en la desconfianza sistemática hacia los hombres jóvenes, y sobre todo en la disminución de la capacidad para entusiasmar a los miembros de otras generaciones.

Cabría señalar aquí, que de la misma manera que dentro de la nueva generación podemos encontrar jóvenes sin juventud, podemos, dentro de la vieja generación hallar a los que, ateniéndose firmemente a ciertas normas éticas elementales y a un sentido riguroso de la dignidad personal, conservan la lozanía de espíritu que les impide caer en actitudes reprochables. Por eso existen viejos con mente joven.

La situación aludida anteriormente ha quedado plasmada incomparablemente en esta descripción de Unamuno, inspirada en las condiciones de la España de principios de siglo:

«Se ahoga a la juventud sin comprenderla, queriéndola grave, hecha y formal desde luego: como Dios a Faraón se la ensordece primero, se la llama después, y al ver que no responde se la denigra. Nuestra sociedad es la vieja y castiza familia patriarcal extendida. Vivimos en plena presbitocracia (vetustocracia se le ha llamado) bajo el senado de los sachem, sufriendo la imposición de viejos incapaces de comprender el espíritu joven y que mormojan: «no empujar muchachos», cuando no ejercen de manzanillos que acogen a su sombra protectora. «Ah, usted es joven todavía, tiene tiempo por delante», es decir «no es usted bastante camello todavía para alternar». El apabullante escalafón cerrado de antigüedad y el tapón en todo. «Los jóvenes mismos envejecen o más bien se avejentan enseguida, se formalizan, se acamellan, encasillan y cuadriculan volviéndose correctos, como un corcho pueden entrar de peones en nuestro tablero de ajedrez y si se conducen como buenos chicos ascender a alfiles».

La historia republicana de la Cuba prerrevolucionaria, sometida, explotada y humillada, podría servirnos también para encontrar en ella situaciones como la descrita.

Sobre la educación generacional

Este aspecto será expuesto atendiendo a las circunstancias existentes en la Cuba revolucionaria. Es por tanto una meditación realizada sobre nuestra realidad social inmediata. Esta se caracteriza por la existencia de una clase dominante, el proletariado, que tiene en sus manos el dominio de la atmósfera intelectual y política del país.

La problemática generacional toma un cariz muy diferente en las condiciones de la construcción del socialismo. En esta sociedad uno de los rasgos fundamentales en cuanto a esta cuestión se refiere, está dado por el hecho de que la clase obrera no comparte con ninguna otra la función educadora de las masas y dentro de ellas la de las nuevas generaciones. Nadie discute que la educación de estas nuevas generaciones es una de las tareas más importantes del poder revolucionario. Se trata entonces de obtener claridad sobre las formas y métodos de desarrollar esta misión educativa, tarea mucho más difícil de lo que parece y para el logro de la cual no bastan las buenas intenciones.

En nuestra opinión la educación de las nuevas generaciones debemos abordarla partiendo ante todo y sobre todo de este hecho: el reconocimiento del derecho de cada generación a tener una personalidad propia, definida, que permita distinguirla de las demás. Cada generación tiende a expresarse a través de formas que le son peculiares. Estas formas pueden ir a veces desde una moda o una afición a determinada música, hasta ciertas posturas mentales ante asuntos de mayor envergadura, como los problemas éticos.

Por eso debemos ser cautelosos y analizar muy cuidadosamente, antes de endilgarle connotaciones ideológicas negativas, a determinadas formas de peinado o ciertas modas de vestir. No es que neguemos la tesis de que la música o la moda pueden esconder en algunas ocasiones intenciones contrarrevolucionarias, o al menos desviaciones de orden moral. De lo que se trata es de que una nueva moda o un peinado algo chocante no implican necesariamente una desviación ideológica.

En última instancia, si algunas de estas modas, o ciertos tipos de música llegan a convertirse en símbolos políticos contrarrevolucionarios, las causas habría que encontrarlas, no tanto en las iniciativas ideológicas de nuestros enemigos, sino más bien en nuestra torpeza o falta de perspicacia para crear desde nuestras posiciones símbolos que estén en consonancia con la sicología y las preocupaciones de los jóvenes.

Esta incapacidad se hace más evidente si consideramos el hecho de que todos los aparatos de formación de conciencias, como la escuela, la radio, prensa y televisión, están en nuestras manos, mientras que el enemigo cuenta a lo sumo con una o dos emisoras internacionales de onda corta y de difícil audición (lo que no debe subestimarse, claro está, al igual que la influencia de los residuos de la ideología burguesa).

Bien pobre papel haríamos si con esta aplastante supremacía de recursos propagandísticos, perdemos aunque sea una sola y pequeña batalla de orden ideológico y no logramos influir sobre la gente joven en el sentido que a la Revolución le interesa. ¿En qué lugar quedaría olvidada entonces la audacia revolucionaria? Debemos pues aprender a respetar la personalidad de la nueva generación deponiendo toda actitud de aire policiaco ante las manifestaciones de su conducta que no nos agraden, siempre y cuando éstas no expresen hostilidad o desprecio hacia la Revolución. Y aún así, la actitud más sensata de nuestra parte sería la de la investigación, no la de la condenación apriorística.

Las nuevas generaciones están llenas de hombres que buscan afianzar su personalidad como individuos, ante un mundo que para ellos tiene todavía muchas más cosas nuevas que viejas. No confundamos simples características de la edad juvenil, con peligrosas manifestaciones contrarrevolucionarias. Creo que una lectura superficial de cualquier manual de sicología de adolescentes, podría convencernos de la certeza de estas observaciones.

¿Cuál será entonces el contenido político de la educación que debemos insuflar a esas nuevas generaciones? No puede ser otro que el que nos impone nuestra poderosa tradición revolucionaria. No sólo los más recientes hechos de ella, como los vinculados al proceso insurreccional, sino también los que aparecen junto a figuras tan atrayentes como las de Mella, Rubén y Pablo de la Torriente. Si bien no pueden existir dudas en cuanto al contenido, éstas sí pueden surgir en cuanto a las formas. Veamos más de cerca el asunto.

En primer lugar ¿de qué generación se trata?

Estamos pensando en quienes por su edad no llegaron siquiera a cobrar conciencia de la opresión del régimen batistiano, ni tampoco llegaron a protagonizar directamente acontecimientos tales como la intensa lucha ideológica de los años iniciales. Playa Girón, la crisis de Octubre, etc. ellos tienen una relativa desventaja con relación a las generaciones que les preceden. Es decir, la generación que se forma y se consolida en la lucha contra Batista y que alcanza su madurez en la lucha contra el imperialismo norteamericano, estableciendo así una continuidad protagónica entre el proceso insurreccional y el revolucionario (después de la toma del poder).

Otra es la que alcanzada de alguna manera por los últimos hechos del período insurreccional se forma y se consolida con el proceso revolucionario. Estos son los que hablan de los 62 km caminados, de las Escuelas de Milicias, los que se ufanan de haber estado en todas las movilizaciones, etc. Estas dos últimas generaciones han sellado una profunda alianza y su identificación espiritual es tal que apenas es posible encontrar diferencias entre sus puntos de vista. Estas dos últimas generaciones, conjuntamente, han de enfrentar la educación de esa nueva generación que despunta por señalar sólo una de sus zonas en los últimos años de los pre-universitarios. Ahora bien, ¿en qué forma hacerlo?

Responder a esta pregunta conllevaría al menos un artículo de las proporciones de éste. Podríamos contentarnos, dejando claro, por ahora, cómo no hacerlo. Esta relación pedagógica no podría establecerse nunca sobre la base de la exhibición presuntuosa de nuestros galones generacionales («ahora no tiene gracia, cuando Batista sí», «no han estado nunca movilizados»). No se trata de que no hablemos de ello cosa que hay que hacer, evidentemente sino de trasmitir ese ejemplo sin herir su sensibilidad. De otra manera pudiéramos provocar con nuestra torpeza una actitud de rechazo que perjudicaría la comunicación intergeneracional. Nuestras palabras entrarían entonces en oídos sordos, y aún nuestro ejemplo lo más importante correría el riesgo de caer al vacío.

Esto podría evitarse si creamos nuevos focos de referencia (es posible que las agresiones del imperialismo nos ayuden a resolver este problema), tales como el de los seguidores de Camilo y el «Che», las recogidas de café, la Escuela al Campo, etc., actividades éstas que contribuyen a formar el carácter en el sentido que la Revolución necesita. Esto no es aún suficiente, es cierto, pero nos indica en alguna medida los objetivos que debemos buscar.

Por otra parte, estas generaciones no solo han de educar a las nuevas, sino también han de hacerlo consigo mismas. A aquéllas se les educa para que sepan sustituir, a éstas para que se dejen sustituir. Esto no es un juego de palabras. No está diferido más que el necesario acondicionamiento mental para que cuando el reloj de la historia, o probablemente con más seguridad el de la biología, nos señale la hora del retiro, sepamos recoger el equipaje con dignidad y no haya ridículo e indigno abroquelamiento tras las posiciones.

La última observación

En Cuba las distintas generaciones que participan en el proceso revolucionario han reducido al mínimo sus contradicciones ante la gran tarea común impuesta por la construcción del socialismo.
Esta profunda alianza generacional ha sido realizada plenamente por los dirigentes de la Revolución en cuya vanguardia se agrupan hombres de diversas generaciones.

Como se ve, el tema es demasiado complejo y ofrece múltiples facetas. Aquí sólo hemos destacado las que consideramos esenciales. Las restantes quedan por razones de espacio, quizá, para otra ocasión.

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