Política en Cuba

Historia política de la recepción científica de una Pandemia

Por: José Gabriel Barrenechea

No cabe creer en el éxito de los planes de grupos cerrados, con intenciones y objetivos muy bien definidos, que manipulan nuestro mundo desde las sombras. Las Teorías de la Conspiración no sirven para explicarnos nuestra realidad. Esta supera, y superará siempre, la capacidad de cualquier individuo o grupo humano para conocerla lo suficiente como para alcanzar a que sus intenciones, y los planes organizados en su consecución, se cumplan al menos de manera limitada. A quien hace planes, le salen planazos (golpes con la parte plana del machete), decían en Cuba nuestros ancestros.

El asunto de imponer sus intenciones, y realizar sus planes conspirativos, por un individuo, o por una secta secreta, es aun más improbable, para una improbabilidad al cuadrado, cuando sobre una misma realidad interactúan además otros muchos individuos o grupos con intenciones y planes diferentes, y hasta contrastantes.

Los planes conspirativos para manipular la realidad nunca resultan porque nuestra capacidad para conocer esa realidad es, y siempre será, muy limitada, y porque no son sólo los conspiradores los empeñados en modificarla a su favor.

No obstante, sí es probable que sobre la marcha de los acontecimientos, diferentes y contrapuestos intereses lleguen a ponerse de acuerdo de manera tácita.

Hay en la Historia de la Ciencia suficientes ejemplos de hipótesis que se han impuesto a otras no por su mayor evidencia, sino por razones e intereses que sólo podemos catalogar de extra científicos. Y hablamos de los casos que hemos podido descubrir con el paso del tiempo, porque a menos que consideremos a la Ciencia a la manera de una nueva Religión, cabe sin duda la probabilidad de que la misma se levante sobre errores iniciales o imposiciones extra científicas nunca suficientemente comprobadas. Cual sugiere la obra de científicos como el físico austriaco Ehrenhaft.

El caso de lo sucedido con la Covid19 es un buen ejemplo de lo dicho. No sobre razones científicas se dio por sentada la hipótesis de que la enfermedad sin tratamiento especializado es de una letalidad mucho mayor a la de la gripe. A la vez que en el interés de alcanzar a sostener esa hipótesis se aceptó la subsidiaria de que se transmite por contacto directo con fluidos infectados, o gotas de saliva o nasales suficientemente voluminosas para estar bajo el imperio de la fuerza de gravedad, pero no por aerosoles.

En esencia se dio por sentado que el relativo escaso número de casos detectados en el foco de la enfermedad, Wuhan, constituían la mayoría de los infectados. Lo cual solo resultaba posible si la enfermedad hubiese tenido una inusual virulencia y morbilidad, al tiempo que una transmisibilidad media o baja (aunque aun así mayor a la de la gripe). Hipótesis las cuales el descubrimiento posterior de la existencia de grandes proporciones de enfermos que cursan la enfermedad sin manifestar síntomas debería haber puesto en cuestión.

En concreto, ya desde marzo-abril de 2020 nada en la evidencia llevaba a preferir la hipótesis de la mortalidad varias veces superior a la de los brotes de gripe, y su subsidiaria de la transmisibilidad media pero no por aerosoles, a algunas de las hipótesis alternativas. En especial a la de que la enfermedad es de una letalidad variable, en dependencia de la edad o la región en la que se viva, pero que en todo caso, sin tratamiento especializado, esa letalidad no llega en ninguna parte a superar el uno por ciento de quienes han estado en contacto con el virus, y que consecuentemente la proporción de quienes desarrollan formas graves de la enfermedad tampoco es muy alta.

Mucho menos nada en la evidencia nos lleva a preferir la hipótesis de la transmisibilidad media por contacto con fluidos o partículas sometidas a la gravedad, a la subsidiaria a la hipótesis principal alternativa mencionada en el párrafo anterior, de una altísima transmisibilidad en lo fundamental por aerosoles. Porque sin una muy alta transmisibilidad no podría explicarse ni la amplia extensión del virus por la población humana que señalan los estudios de prevalencia de anticuerpos, a pesar de las medidas de confinamiento y para la distanciación social adoptadas durante el último año en todo el planeta, ni tampoco la baja mortalidad supuesta en la hipótesis principal alternativa. Solo una transmisibilidad altísima explicaría el rápido colapso de los hospitales, a resultas de los escasos pacientes que de entre los contagiados llegan a manifestar síntomas, o aun estados graves.

De hecho la evidencia científica se inclina mucho más por esta segunda hipótesis alternativa que por la primera, ya desde el verano de 2020. Los resultados de un meta estudio de otros muchos completados por todo el planeta desde marzo, publicado en septiembre por la OMS mostraban que la prevalencia de anticuerpos a la enfermedad en la población global era muy alta, con lo que los cálculos de la mortalidad hechos en base a esos números y no al de enfermos confirmados hacían bajar el porcentaje de la misma por debajo de un 0,2%. A la vez que no pocos estudios, incluso de reputados ministerios de salud pública, respaldan la idea de la transmisión por aerosoles.

El que se prefiriera la primera hipótesis a la segunda alternativa, y el que en esencia se continuaran tomando decisiones en base a esa primera, como si ella fuera la cierta, o se insistiese en negar la transmisión por aerosoles, solo puede explicarse por una serie de razones e intereses extra científicos.

Lo primero es entender que la enfermedad llega en un momento histórico en que el Zeitgeist espera la llegada de una catástrofe pandémica como algo inevitable. En esa sensibilidad de estar a las puertas de una Plaga, en que se ha vivido más o menos desde los brotes epidémicos del cambio de siglo en el Sureste Asiático, en unas zonas más y en otras menos, pero en general en todo el planeta, resulta evidente que la primera enfermedad en aparecer iba a ser recibida como si de una nueva Peste Negra se tratara.

El descrédito de la idea del Progreso y la negativa a aceptar el basamento material del sostenimiento de la vida humana, en medio del espíritu irracionalista, antiilustrado y por tanto anticientífico de nuestra época, habrían de convertir a cualquier ocasión parecida en ideal para legitimar medidas fundamentadas en la siguiente idea: El crecimiento económico no es vital a la vida humana, así que si para salvar a una fracción del uno porciento tenemos que detener nuestra economía, pues muy bien. A fin de cuentas no somos inuits, ni siouxs, que abandonaban a los ancianos, porque de alguna manera, sin darnos cuenta de ello, hemos alcanzado ya el utópico Reino de la Libertad tras abandonar el de la Necesidad. O más bien, estamos por volver a alguna paradisíaca Edad de Oro de la que la satánica Modernidad intento alejarnos.

Es en esta atmósfera espiritual que en noviembre o diciembre de 2019 las autoridades chinas detectan un brote de una nueva enfermedad en la ciudad de Wuhan. Su reacción, por demás en sintonía con el secretismo inmanente a su sistema político, será la de tratar de ocultarlo. O al menos de no hacer ningún anuncio hasta estar por completo seguros de a qué se enfrentan. Son conscientes de que en caso de estar frente a una enfermedad de alta letalidad, se verían obligados a adoptar medidas con consecuencias graves para el crecimiento de su economía, fundamento de la estabilidad de su sistema político.

Sin embargo, Zeus dispone, pero es el Destino quien impone. Otros jugadores tienen interés en desacreditar a las autoridades chinas y su modelo político-social-económico. Son ellos quienes harán saltar las alarmas; y en el tono más apocalíptico.

Los primeros, a través de sus redes sociales y todavía en 2019, son algunos médicos chinos de no muy sólidas convicciones ideológicas, quienes comienzan a ver como sus hospitales se llenan de enfermos con síntomas y evolución no achacables a ninguna de las enfermedades en circulación. A principios de año es Taiwán, con sobrados motivos para no perder oportunidad de desacreditar a Pekín, y en específico bastante dejado de lado en la OMS por las presiones de China, quien le informa a esa organización que algo muy grave sucede en Tierra Firme. A continuación llegan los medios de comunicación globales, que lógicamente no van a dejar escapar ninguna oportunidad de encontrarle las cinco patas al gato chino, enemigo por principio de la Libertad de expresión y prensa sobre los que esos medios basan su existencia (pedirles una evaluación más objetiva de los asuntos chinos sería como habérsela pedido del nazismo a unos judíos cuyo país estuviese a punto de ser ocupado por la Wehrmacht). Por último se une la administración Trump, empeñada desde su misma asunción en un diferendo con el principal competidor de los Estados Unidos; ahora por demás en medio de un año electoral en el que siempre es bueno mostrarse fuerte, al menos por comparación al revelar todas las posibles debilidades del contrario.

Estos cuatro interesados son los que destacarán los hospitales colapsados en Wuhan, como evidencia suficiente para seleccionar una determinada interpretación de lo que ocurre. A partir de ese hecho, o más bien de la impresión que deja ese hecho concreto en la fantasía de las masas, sin ninguna otra evidencia concluyente a favor, se da por cierto que los detectados son la mayoría de los enfermos. Lo cual a su vez implica el estar ante una enfermedad de altísima letalidad (entre un tres y un cuatro porciento, si se calcula a partir de los reportes iniciales de infectados y de fallecidos liberados a regañadientes por China). Esta conclusión, dado que en realidad no suman tantos los contagiados a como debería esperarse si la enfermedad tuviese una alta transmisibilidad (la enfermedad circuló libre por el densamente poblado Wuhan hasta finales de enero, por al menos dos meses), tampoco se sostendría sin la asunción, también sin evidencia concluyente, de que el Covid19 tiene una relativamente baja velocidad de transmisión, o sea, que no se transmite a través de aerosoles (la probabilidad de ponerse en contacto con el virus es muy superior en caso de transmitirse por aerosoles, que por gotas de saliva o fluidos nasales dominados por la fuerza de gravedad).

Por tanto, la razón última de la negativa a aceptar la transmisión por aerosoles no es otra que la necesidad, dentro de la versión inicial interesada de lo que ocurre en Wuhan, de presentar a la enfermedad como de una letalidad preocupante, enfrentada sin embargo por las autoridades chinas con desidia.

La enfermedad, imponen los cuatro agentes interesados iniciales, es letal y de baja o media transmisibilidad, porque ello es vital para su interés en presentar al sistema político chino como un peligro para la Humanidad (sin duda lo es; pero aún lo es más el asumir conclusiones en contra de la evidencia, por intereses políticos).

No obstante, debe reconocerse que al tratamiento interesado del hecho de los hospitales colapsados por los cuatro agentes, y a su recepción histérica por unas masas ganadas por el espíritu apocalíptico de su época, hay que sumar un cálculo racional de posibilidades que siempre está presente en situaciones semejantes. Cuando las vidas humanas están en peligro, elegir creer en el peor escenario, para no errar por quedarse cortos, en caso de ser precisamente ese el caso y en cambio haber elegido uno más optimista, también lleva inicialmente a desechar sin evidencia la otra hipótesis alternativa, la de que es una enfermedad de baja letalidad, aunque altísima transmisibilidad.

Esta es en parte la explicación de la preferencia de la OMS, de un sector de la comunidad científica, y en general de los sectores más racionales de la Humanidad, por la hipótesis relacionada al peor escenario posible. Pero solo en parte, porque su insistencia en ella pasada la urgencia inicial, y cuando la evidencia se acumula en su contra, demuestra que también en este sector hay un importante componente de irracionalidad en la elección inicial.

Por tanto, la idea de que la enfermedad tiene una altísima letalidad, y una transmisibilidad media, se impone no de un examen científico de los hechos, sino del interés común de estos cuatro actores por demostrar que en China comunista se acaba el mundo, que como siempre tratan de ocultarlo, y que al no tomar a tiempo las medidas drásticas necesarias amenazan también al resto de a Humanidad. En conjunción con el real tratamiento secretista de las élites del Partido Comunista Chino de lo que ocurre en Wuhan; la histeria de las masas; y los cálculos de una minoría racional, al enfrentar la urgencia de una enfermedad que parece haberse escapado de control en su foco.

El porqué esa interpretación se mantiene en el tiempo, incluso entre la comunidad científica, cuando la urgencia inicial ha pasado y la evidencia en su contra se acumula, se explica sobre todo por la inercia de las ideas cuando han sido aceptadas por una absoluta mayoría. Las ideas no se aceptan solas, y su adopción conlleva todo un tinglado de otras ideas relacionadas, y sobre todo un ingente conjunto de decisiones concretas tomadas en base a las mismas, a las cuales habría que desechar con la idea original.

Pero también se explica por el surgimiento a su alrededor de un nuevo consenso tácito de interesados en su conservación, para cuando la enfermedad aparentemente abandona China y aterriza en el resto del mundo, sobre todo en el núcleo noratlántico de Occidente.

Cabe volver a señalar aquí que como ha quedado demostrado en ciertos estudios, y sobre todo en el metanálisis de esos estudios (sus enlaces ya citados aquí), la enfermedad posee diferentes letalidades en diferentes regiones, siempre resultando relativamente baja en menores de 70 años, aunque quizás podrían detectarse otras diferencias: por ejemplo, el que las poblaciones hayan estado expuestas a otros coronavirus, o los índices de sobrepeso en las mismas. Y son precisamente los núcleos europeo y norteamericano de Occidente, con una población masivamente envejecida, y quizás menos expuesta a infecciones, y por tanto con un sistema inmunológico menos adaptado a enfrentarlas, una de esas regiones en los cuales la enfermedad tiene un alto nivel de letalidad.

Ya en Europa, las muertes se acumulan con rapidez. Mientras que la proporción del número de detectados con relación al número de infectados reales en un determinado instante temporal debió ser muy baja en un inicio, dada la natural incapacidad de las estructuras de detección para comenzar a trabajar a plena capacidad desde un principio. Por lo que la mortalidad de la enfermedad parece en Europa ser incluso más alta que la de Wuhan. Y en verdad lo es, como los estudios posteriores sugieren, aunque nunca al nivel catastrófico de las primeras estadísticas europeas.

Así, en medio de un escenario todavía mucho más complejo y menos secretista que el chino, la peor hipótesis, la de una enfermedad de alta mortalidad termina por imponerse en los imaginarios del público. Sobre todo en los del público que más peso tiene todavía hoy en la conformación de la opinión global: el occidental. Ya que el pánico y la histeria del público en Sierra Leona o Wuhan tienen infinitamente menos relevancia que el del público europeo o americano; ese primer pánico e histeria carecerá de importancia mientras no consiga transmitirse y convertirse en el segundo.

Para cuando la enfermedad comienza a extenderse por los Estados Unidos ya la idea de la alta letalidad está tan asentada en los imaginarios colectivos, y hasta en la comunidad científica, que incluso a Trump le resulta imposible imponerle a sus seguidores la idea de que esto no es más que un “catarrito”. Con lo que sin duda el ex presidente no pretendía decir que no fuera a provocar muertes, sino que estas nunca llegarían ni remotamente al número de epidemias anteriores, al de una nueva Gripe Española. Que era como para entonces parecían concebirla parte de los medios y del público: lo de que ponía en peligro la subsistencia de la Humanidad no era extraño de oírse en marzo-abril de 2020.

Para esa fecha es que los nuevos agentes interesados toman el relevo en la campaña por hacer aparecer a la enfermedad de alta mortalidad y transmisibilidad más baja de la real.

Como hemos visto, los grandes medios globales en un primer momento habían adoptado esa hipótesis sobre todo en su guerra contra un archienemigo de su principio vital: la libertad de expresión. Pero también hubo otra razón, relacionada con las características intrínsecas a los medios: estos se encuentran más a gusto en lo que es noticia, y sin duda la de los hospitales abarrotados interpretada como de que un Apocalipsis se le encima al público, es más noticia que las especulaciones demasiado abstrusas sobre la real capacidad de detección de la enfermedad o los modos de su transmisión.

Este segundo motivo se conservará cuando el primero desaparezca, y es el que explica el que los medios conserven su misma cobertura tremendista de la Covid19. Que se mantengan como uno de los agentes interesados más eficientes en conservar la interpretación de la enfermedad como de alta mortalidad y baja transmisibilidad.

El segundo nuevo agente interesado es ahora paradójicamente Pekín.

Partamos de que es poco creíble que en China la enfermedad se detuviera en los límites de Wuhan. Algo imposible dada la masiva emigración de habitantes de esa ciudad (según ciertas fuentes la mitad de su población, unas cinco millones de personas) por fin de año lunar, y antes de que se la declarará en cuarentena total a finales de enero.

Lo que parece haber ocurrido realmente es que ya para entonces las autoridades chinas sabían que la enfermedad tenía entre su gente una mortalidad mínima, que por su transmisibilidad era incontenible, y que en todo caso eran precisamente los protocolos médicos aplicados en Wuhan los responsables de buena parte de los muertos en esa ciudad (algo que en menor o mayor escala parece haber ocurrido donde quiera que hubiese recursos para acoplar a respiradores artificiales, o inyectar interferón, por ejemplo). Así que esas autoridades decidieron aparentar que en su país la enfermedad estaba contenida por las “bondades” de su sistema centralizado y autoritario.

Cabe creer posible el hacerse algo así en China, porque de desentenderse de los brotes, las relativamente pocas muertes que estos provocarán podrían ser ignoradas. Mientras se dejaba que fueran achacadas a otras causas, en unas estructuras de base de atención de salud a las que convenientemente se les hubiese advertido de la conveniencia, para ellas mismas, de no ponerse a suponer Covid19 en cada paciente que llegara a sus manos. Tengamos en cuenta que hablamos de un lugar en que el confucianismo ha adaptado por 2500 años al ciudadano común a no cuestionar al Estado.

Un ocultamiento de tal magnitud en todo caso no es tan imposible en un lugar tan dominado por el secretismo, si tenemos en cuenta que incluso en lugares como Estados Unidos o Gran Bretaña, donde la enfermedad parece haber alcanzado la máxima letalidad, la mortalidad de 2020 no ha superado más que entre un 12-15% a la de 2019 (en Suecia, donde no se han impuesto las restricciones de otros países europeos, ese aumento no supera el 8%). Incuestionablemente un aumento mucho menor de la mortalidad en el caso chino pudo ser manejado por Pekín sin encender las alarmas.

A fin de cuentas, con el mundo lleno de Wuhans más asequibles, a diferencia de lo ocurrido al inicio de la epidemia, los medios no tendrían tanto intereses como en un principio para indagar lo que en realidad ocurriera al interior de China. La insistencia china en tomar represalias con los informantes iniciales, debe por tanto ser interpretada más que nada como una advertencia para posibles continuadores de esa actitud.

Desde esta posición, ahora tan desahogada, la dirigencia de China decidió volver en contra de Occidente lo que en un principio no había sido más que una campaña en su contra: ellos, por las bondades de su sistema autoritario eran capaces de controlar la enfermedad; los occidentales, por los defectos del suyo individualista, no.

Por cierto, como contrarréplica a la ofensiva mediática de Pekín a partir de abril, en Occidente comenzó a tomar fuerza la teoría conspirativa de que el virus y la Pandemia habían sido algo deliberado, y en todo caso con origen evidente en China. Lo cual era una respuesta lógica, dado el abismal contraste entre la incapacidad de manejo de la enfermedad por China al principio, y su aparente eficacia de solo par de meses después, para abril.

O sea, para abril, la hipótesis de una enfermedad de letalidad alta y transmisibilidad media (no por aerosoles) encuentra en China, contra quien iba dirigida en un primer momento, un importante promotor junto a los medios de comunicación de masas globales.

El tercer agente en esta segunda etapa es la política interna en los países a los que se extiende la epidemia. El más claro ejemplo en este caso es lo ocurrido en los Estados Unidos. Allí el aumento explosivo del número de casos, y de las muertes, es usado por la oposición a Donald J. Trump para atacar su candidatura a un segundo periodo en la Casa Blanca. La amplia oposición está interesada en identificar a la enfermedad como de muy letal, para así resaltar contra ese fondo preocupante el tratamiento laxo dado a la epidemia por el golfista presidente. Lo que incluye necesariamente tenerla como de una transmisibilidad no muy alta, en parte también porque, si la enfermedad no se transmite por aerosoles, se explica la utilidad de esas mascarillas que precisamente el presidente se niega a usar.

Algo parecido ocurre en casi cada país en que impere cierta política democrática, no importa si el gobierno es de derechas o de izquierdas: su oposición adoptará para sí el enfoque más tremendista de la enfermedad, para desde él conseguir desacreditar ante las masas la gestión gubernamental. Ocurre, es cierto, en el caso de la oposición nacional a la nueva derecha posfascista en el poder, como en el señalado arriba, y en el de Bolsonaro en Brasil, pero también en el de España, en donde un sector de la derecha, a pesar de las contradicciones ideológicas que conlleva para ella esa posición, en un primer momento critica al gobierno de coalición socialista-comunista por no adoptar ciertas medidas que limitan el derecho individual, con suficiente presteza.

No puede hablarse incluso de una actitud específica de la izquierda por las restricciones, y de la derecha en contra, si se observa que ha sido en Occidente el gobierno salvadoreño, muy de derechas, el que ha asumido la posición más restrictiva; mientras que el más racional y respetuoso de los derechos individuales lo ha sido por el contrario la socializada Suecia, modelo de políticos tan atacados desde la derecha como Bernie Sanders.

Pero no solo son los intereses de las oposiciones, por desacreditar la gestión de los gobiernos, quienes son vitales en el mantenimiento de la hipótesis más pesimista. También los gobiernos, y en general instituciones internacionales como la OMS, que habían dado por sentada en un inicio la visión menos optimista de la enfermedad, se aferran ahora a ella como todo aquel quien tras tomar una decisión de consecuencias profundas, teme haberse apresurado.

Se empeñan en darla por cierta porque temen en su fuero interno que las medidas restrictivas hayan metido a la Humanidad en una Depresión Económica, similar, o más profunda, que la de 1929. Observan aterrados el golpe mortal a las clases económicas independientes, pequeñas o medias, y rememoran las consecuencias de algo semejante entonces, solo subsanadas después por la más terrible y general guerra de la Historia Humana. Saben que a la larga, cuando la urgencia de la enfermedad pase, ese público que se ha mostrado tan afín a creer la versión más tremendista, los acusará de haberlos llevado hacia el peor escenario.

En conclusión: en el establecimiento y posterior conservación de la hipótesis de una relativamente alta mortalidad, y una baja transmisibilidad, cual la indisputada Verdad Científica, son esenciales los intereses extra científicos de un grupo de agentes políticos, no la evidencia. 

Mas esos intereses no responden a una bien planeada conspiración para manipular a la opinión y la comunidad científica, por un grupo de individuos o instituciones, muy bien identificados entre sí. En realidad es sobre la marcha de los acontecimientos que unos intereses en general divergentes llegan a coincidir en la promoción de esa hipótesis, en un momento u otro.

Es así como la administración Trump pasa de la postura apocalíptica inicial de ordenar el cierre de vuelos con Wuhan, antes que nadie, a calificar en febrero de “catarrito” a la enfermedad. O como ocurre exactamente lo contrario con China.

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