Política en Cuba

Ingeniería muy inversa

Por: Miguel Alejandro Hayes

La ingeniería inversa suele llegar más rápido al punto opuesto que la tradicional. Por lo general, se entiende más rápido un conocimiento ya terminado que cuando se tiene que construir (al menos, en apariencia).

Y es que comprender una teoría lleva mucho menos tiempo que lo que tomó elaborarla. Veinte años de investigación pueden comprenderse en unos meses. De hecho, el conocimiento puede funcionar como el trabajo: el trabajo pretérito (algún descubrimiento) en combinación con el trabajo vivo (el conocimiento en formación) dan un nuevo resultado de mayor valor, si se hace el uso correcto.

Justo el uso correcto es la clave. Desplazar hacia un extremo lo antes mencionado lleva a una práctica común en estos días: la combinación del mínimo de estudios, con la presunción del máximo de conocimientos.

La mayor parte del conocimiento viene de fuentes pasivas. Si bien comprender una obra, una idea, no puede tomar el mismo tiempo que tomó su elaboración, tampoco se puede ir al otro extremo de apenas emplear tiempo en su comprensión. Está en expansión un vicio de resumir escuelas, paradigmas, autores, ensayistas, pensadores en un par de oraciones.

Así, es común encontrarse con personas que, de una frase leída, de una pasadita, de suponer, pueden resumir todo. Este grupo es un subconjunto de esa mayoría que habla de libros que no lee, que no ha leído, que no leerá. Leer puede significar desplazar la vista sobre oraciones y ejercitar la capacidad de descifrar significantes, lo más primitivo posible, como quien verifica el buen uso la gramática.

Semejante proyección pudiera ser una de las tantas formas de existencia de los superfluo que caracteriza la pretendida posmodernidad de la modernidad, y lo es. Incluso puede llegar a ser inocuo, siempre que no se infiltre en los espacios de generaciones de ideas de avance social, donde ya, por desgracia, está. De hecho, se ha convertido la academia en un mecanismo reproductor de este fenómeno que acá nos ocupa.

Los tiempos académicos obligan a reducir clásicos, autores, escuelas, paradigmas, su riqueza, a un listado de puntos, de definiciones. No solo el estrechamiento del conocimiento actúa, sino que basta con que algún ejercicio de resumir falle, que algún eslabón con el atrevido honor de resumir a algún pensador falle, para que sea indetenible la tergiversación, por los años de los años (académicos).

Esa misma práctica se arrastra en la necesidad de publicación. Citas rápidas, frases para avalar. No es una decisión del académico, es una necesidad. Si no genera los productos acabados en tiempo, puede quedar atrás. Las estructuras presionan no a la lectura profunda y concienzuda, sino a la conclusión apresurada. Resultado: miles de páginas escritas sobre ideas que no se han estudiado lo suficiente.

Pero no es un problema, no al menos el que más preocupa a quien redacta. En realidad, el pecado mayor siempre es ignorar el pecado. Bastaría recordar a la seriada producción académica lo que está haciendo. No se le puede hacer creer que hizo un libro a quien generó solo un montón de páginas ordenadas.

En cambio, la ausencia del recordatorio situacionista, que sitúe en tiempo de espacio a las fábricas académicas, (de)forma. El resultado se puede ir de las manos. Pero la academia es tan solo uno de los lugares. Acá me ocupa el sujeto. Esos sujetos con entusiasmo de síntesis.

Los entusiastas de la síntesis, hijos de la ingeniería inversa mal aplicada, son, casualmente, los que más presumen de irreverencia epistemológica. Son los que convierten la sospecha en la incredulidad, la verificación científica en un acto de fe y el capricho en teoría. Estamos ante una especie de maestros de la deconstrucción, destructores con estilo, según se ven, de todo pronunciamiento. Los hijos alimentados con el transgénico intelectual.

Esta farándula intelectual va presumiendo de sapiencia rebelde e irreverente. ¿Y acaso no hay acto más reverencial, más servil, más sumiso, que asumir, que aceptar tal cual, todo aquel transgénico, un enunciado, un resumen, el conocimiento edificado en forma de enunciado reproducible?

El verdadero acto irreverente lo constituye el revelar el conocimiento que es propio de toda forma que entregue cápsulas, que resuma, que reduzca todo a un enunciado en clave de certezas. La irreverencia está ahí, en la propia formación del conocimiento y en la afrenta a sus autoridades, no en el acto performático de contraponer las doctrinas aprendidas a otras, presuntas, o no. No se es irreverente por enfrentar a una doctrina ajena, sino cuando no se está en una. 

Imagino que en lo que se hace bien la ingeniería inversa, ocurren estos resultados marginales.

También le puede interesar

irreverencia intelectual, irreverencia intelectual, irreverencia intelectual

Autor

Puede comentar acá

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto:
Ir a la barra de herramientas